La ciudad no duerme. No, no como dicen los turistas, atónitos frente a las fachadas goteantes de lluvia, ni como entienden los que corren de oficina en suburbio y se pierden al alba en callejuelas. La ciudad respira; el humo de sus pulmones inunda ...
Desde antes del grito primero, antes de la frontera y el hierro envejecido, dormía bajo el monte la ciudad sumergida, su nombre tejido de olvidos y ceniza. Los aldeanos sólo la señalaban con gestos: una mueca torcida, el roce involuntario de la m...
En el crepúsculo de una era rugosa, cuando las fronteras entre la fe y la traición eran más tenues que las brumas del Vath, Saren de Komagh se recogía la melena atigrada junto al fuego moribundo. Los hombres y mujeres de la caravana dormían dis...
En la ciudad nadie mira arriba. Nadie nunca lo hace—demasiadas luces abajo, demasiados peligros al ras del suelo, y demasiado miedo a encontrarse con algo que no debería estar allí, porque cuando uno vive en una ciudad como esta, las alturas cul...
Suena el timbre del tranvía a medianoche, ese tintineo desgastado que vibra en los huesos de la ciudad y que pocos, muy pocos, logran escuchar desde sus apartamentos clavados en el concreto como uñas. Nora camina por la avenida arbolada, las sombra...
Laniel nunca se acostumbró al temblor de la atmósfera cuando las cinco lunas se desanudaban sobre los campos de Korlis. Desde la atalaya de piedra blanca, observaba cómo la tempestad ferrosa rompía la quietud de la noche. Había sabios que decía...
Había una antigua taberna en el extremo sur del Mundodisco llamada El Susurro del Oso, cuya especialidad no era la cerveza agria, como podría suponerse, sino el arte de escuchar conversaciones que jamás debieron ser escuchadas. El suelo estaba tan...
El cobre de su lámpara arañaba apenas la neblina del callejón. Donde las losas se confundían con la sombra, Marías sentía el temblor oculto de la ciudad, la respiración contenida entre ladríos saturados de agua y promesas de moho. Había deja...
Beric sospechaba que algo iba mal cuando pidió una cerveza y el posadero se la sirvió con una inclinación que apenas podría haber hecho menos obvia su total incomodidad si se hubiera afeitado la cabeza y tatuado “¡Estoy incómodo!” en su cal...
En la larga estepa donde la hierba azul le llegaba a la cintura y el viento parecía susurrar nombres olvidados, Rein aprendió a caminar sin dejar huellas. Su clan de nómadas, conocidos como los Filamentados, vivía cruzando los mil caminos de la f...
En el reino de Kravnos, allí donde las colinas eras tan antiguas que sus lomos ocultaban tumbas hasta para los dioses olvidados, una costumbre perversa germinó en la corte de Nharon: la Subasta de las Almas. Nadie recordaba si el primer contrato fu...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. Sabía que al cruzar la esqu Leer más...
Había una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. Leer más...
La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nom Leer más...
La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabían, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olía a vino Leer más...
Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oída en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios Leer más...
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupi Leer más...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. Sabía que al cruzar la esqu Leer más...
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