Fragmento:
Unos pasos más y la niebla se abrió, cediendo paso a los restos de una campana de bronce hendida, caídas sobre las piedras rotas de un altar abandonado. Había signos tallados, antiguas runas que hablaban de un pacto hecho en la más cerrada oscuridad, en cuya fragua mismo se había sellado la condena de su linaje. Allí aguardaba—lo supo por una punzada en las entrañas—la portadora del sortilegio. El miedo no menguó su marcha. Garedin era hijo de reyes caídos, pero aún conservaba el temple y la testarudez de quienes saben que la voluntad es lo único que puede torcer el curso del destino.
Duración: 05:42
La niebla danzaba, espesa y blanca, entre los robles centenarios de Tor Erylth, cubriendo el suelo como la seda de una araña colosal y olvidada por los dioses. El silencio era penetrante, roto sólo por el lejano ulular de una corneja cuyas alas parecían dividir la niebla en hilos fluctuantes. Aquella mañana, la quietud ocultaba movimientos sutiles en la penumbra, pasos amortiguados por añosas hojas. A través del musgo y las raíces retorcidas, avanzaba Garedin Aramor con la espada rota en bandolera, un haz de resoluciones antiguas apretándole el pecho más que la coraza de cuero que vestía. El bosque no le era extraño; en otro tiempo, cuando las guerras aún eran canción de bardo y no pesadilla de vivos, fue pista de caza para él y sus hermanos de armas. Ahora, caminaba solo, y no sólo por el precio que pendía sobre su cabeza, sino porque había hecho un juramento que sólo él podía cumplir.
El sendero que recorría se abría a tramos entre claros donde la luz gris filtraba apenas los contornos de menhires cubiertos de líquenes. Sabía que allí dormitaba el límite entre lo que los hombres podían comprender y aquello que pertenecería siempre al reino de lo Otro. Garedin se detuvo, percibiendo un cambio en la presión del aire. Un susurro, discreto como la brisa entre las hojas, le erizó la piel. Era la canción del Velern, los guardianes incorpóreos del Bosque Negro, las sombras de antiguos dioses que aún reclamaban sangre por viejas afrentas. No se volvió, pues todos los hombres sabios sabían que para cruzar Tor Erylth sólo cabía avanzar recto, mirando de frente y guardando absoluto silencio.
Unos pasos más y la niebla se abrió, cediendo paso a los restos de una campana de bronce hendida, caídas sobre las piedras rotas de un altar abandonado. Había signos tallados, antiguas runas que hablaban de un pacto hecho en la más cerrada oscuridad, en cuya fragua mismo se había sellado la condena de su linaje. Allí aguardaba—lo supo por una punzada en las entrañas—la portadora del sortilegio. El miedo no menguó su marcha. Garedin era hijo de reyes caídos, pero aún conservaba el temple y la testarudez de quienes saben que la voluntad es lo único que puede torcer el curso del destino.
El susurro cobró voz, la niebla girando y contrayéndose hasta formar contornos de mujer—alta, de extraños ojos de esmeralda, vestigios de ramas y brea en su cabello negro. "Viniste, como estaba escrito", susurró la figura, y su voz era como agua surgiendo de los dientes de la tierra. "¿Traes la espada?"
La pregunta era una trampa, pero Garedin no vaciló. Desenvainó la hoja rota, dejándola brillar mustia bajo la pálida luz. El metal estaba corroído, como si un veneno hubieses roído su poder antiguo. "Traigo el recuerdo de lo que fuimos", replicó, y aunque supo que enfrentaba una condena, alzó la cabeza. "Y traigo la voluntad de cambiar lo que hemos de ser".
La mujer inclinó apenas el rostro, estudiándolo. "Las sombras rugen con hambre. El precio que buscas exigir quebrará tu corazón, caballero sin trono". Extendió la mano, un gesto a la vez invitación y amenaza. "Cruza el umbral, si así lo deseas. Pero entiende que no habrá retorno, ni redención para quienes osan trastocar los juramentos viejos".
Garedin dudó, sintiendo la presión fría de los ojos que lo observaban entre el follaje. "Hace siglos fui testigo de la promesa de mi sangre. Vine a romperla, o a reforzarla con mi muerte", susurró, avanzando. El aire cambió al cruzar entre los menhires, clavándole aromas de tierra húmeda, resina y un vago perfume a fuego recién apagado.
En el claro, el tiempo se suspendió, y la mujer se mostró en toda su estatura, envuelta en un fulgor sombrío. "Si anhelas liberar tu linaje, deberás ofrecer algo de igual peso. No existe hechizo sin trueque, ni libertad sin pérdida". La espada se vibró en su mano, temblorosa. "¿Qué entregarás, Garedin?"
Él no vaciló. "Mi nombre."
Las palabras se deslizaron suaves, y la niebla pareció absorberlas. Sintió como si una parte de sí, cálida y real, se arrancara al ser pronunciadas. Sintió el vértigo de no saber quién era, la soledad absoluta, la pérdida dolorosa y sin remedio de la Identidad—aquel fuego tenue que lo habría guiado entre sombras y tentaciones. Pero con ese sacrificio, la espada en su mano brilló con renovado fulgor, y el metal fragmentado se fundió, la hoja completa nuevamente. La runa del pacto ardió sobre el acero restaurado, y la mujer sonrió apenas.
"Sólo quienes renuncian a sí mismos pueden reescribir los pactos", dijo, en voz melodiosa. "Vete, Caballero sin Nombre. Tu linaje será libre de esta condena, pero el mundo viejo no te recordará, y tu destino quedará abierto como herida fresca entre los hilos del tapiz".
Garedin—ya desprovisto de nombre, despojado de promesas y pasado—salió del claro, la espada nueva en su mano y un vacío creciente en el pecho. Caminó por Tor Erylth, entre raíces y ramas, sin que la niebla lo tocara. Y cuando el sol perforó la mañana, se supo libre y maldito, eco y canción de un sacrificio tan antiguo como la propia magia.
Detrás de él, la mujer se desvaneció, deshaciéndose en neblina, mientras el bosque susurraba, satisfecho. Porque la deuda había cambiado, y en los anales del mundo, un hombre sin nombre se habría de convertir, con el tiempo, en leyenda, aunque jamás recordaría quién fue, ni en nombre de qué sacrificó todo lo que era. Y así, cuando los hombres volvieran a hablar de juramentos y pactos, recordarían que el mayor precio jamás es oro, sino la sombra de uno mismo, perdurable en los sueños del bosque y en el silencio de lo olvidado.
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