Novela romántica Antes del amor
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Portada del relato Caminos de Plomo Silencioso
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Fragmento:


La noche era artificial. Rostros biónicos, suavemente iluminados por lúmenes internos, abrían los ojos a cada ráfaga eléctrica. El aire apenas temblaba cuando la avanzadilla Q-3 cruzaba campos minados por sí mismos, sensores semienterrados que sus sistemas aprendían a ignorar tras cada fallo fatal de la patrulla anterior. Nadie pedía clemencia, la clemencia no estaba programada. Un fugaz destello fucsia —un disparo vectorial atravesando la niebla— partió el casco de Alonso, el ingeniero de asalto. Lucas sólo oyó el chisporroteo del sistema vital colapsando y un gemido digital que se fue desvaneciendo. El sistema neural ordenó: la misión debe continuar.

Duración: 05:29

Caminos de Plomo Silencioso
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El estruendo era sordo, y parecía llegarle desde dentro de los huesos. Desde aquella línea irregular de trincheras excavadas entre estructuras mutiladas, Lucas Sinn percibía el pulso de la guerra como un tambor en la médula, al ritmo de las botas de los suyos y el zumbido interminable de drones de reconocimiento. Era 2091 y la tierra no era más silenciosa que en ninguna de las épocas que los viejos llamaban “pasado”. Lo que había cambiado eran los propósitos, los nombres y la forma en que la muerte se disfrazaba.

La Doctrina de Emergencias Adaptativas había decretado que cada combatiente aceptaba la integración neural; un fluido viscoso y brillante se había inyectado en su cuello antes del despliegue. Desde entonces no dormía en términos humanos. Cada vez que inclinaba la cabeza hacia el frío muro metálico del refugio, la Red Auroral lo pinchaba con cifras, con imágenes, con órdenes estratégicas que asomaban en su campo de visión como sombras indelebles. Recordaba que había tenido una vez una hija pequeña, pero ese recuerdo era más borroso que los planos enemigos.

La noche era artificial. Rostros biónicos, suavemente iluminados por lúmenes internos, abrían los ojos a cada ráfaga eléctrica. El aire apenas temblaba cuando la avanzadilla Q-3 cruzaba campos minados por sí mismos, sensores semienterrados que sus sistemas aprendían a ignorar tras cada fallo fatal de la patrulla anterior. Nadie pedía clemencia, la clemencia no estaba programada. Un fugaz destello fucsia —un disparo vectorial atravesando la niebla— partió el casco de Alonso, el ingeniero de asalto. Lucas sólo oyó el chisporroteo del sistema vital colapsando y un gemido digital que se fue desvaneciendo. El sistema neural ordenó: la misión debe continuar.

Navegaban entre placas heladas, el suelo convertido en un desierto de residuos biotecnológicos. Todo lo útil era ya armamento: una roca estallaba al simple contacto, una gota de agua era pura nanotoxina. Nadie confiaba en sus propios guantes, ni en el aire comprimido de los respiradores compartidos. El enemigo —los Koms— eran apenas siluetas, a veces ni eso, solo sombras proyectadas por los sistemas de camuflaje inteligente. Cada ataque era precedido por segundos de desconcierto absoluto; una corriente eléctrica menor en la oreja derecha era todo el aviso que daban.

Lucas, bajo la lluvia ácida que disolvía el barniz protector del visor, recordó a la niña que había sido su hija. La imagen ahora era un eco: ojos castaños detrás de un cristal de cocina, la luz del ocaso rebotando en la mesa de metal. La Red Auroral intentó suprimir ese espasmo de memoria, pero él lo mantuvo forzando una oleada de neurotransmisores artificiales, un truco que pagaría caro en el siguiente chequeo biométrico.

Avanzaron. El asalto fue brutal y breve. Ráfagas de plasma difuso se cruzaban como líneas de pintura fugitiva, ensuciando paredes y cuerpos. Cayó el primero de los Koms, una armadura vacía que estalló escupiendo nubes de insectos autómatas. El batallón retrocedió de inmediato; sabía lo que venía. En segundos, los bichos cubrían los cascos, bloqueando sensores, masticando revestimientos blindados. Lucas, programado para la supervivencia, se arrojó al suelo y activó el protocolo de combustión local. Llamas azules corrieron por su exoesqueleto, quemando a las criaturas y dejándole solo con el olor de carne sintética abrazada.

La retirada fue aprobada por el sistema, las órdenes llegaban sin matiz, sin duda. Avanzar 200 metros, posicionar una sonda genética, detonar la trayectoria de escape. Cada paso era una ecuación y cada vida un margen de error. El paisaje, cada vez más indistinto, parecía tragárselos metro a metro.

“¿Cuántos quedamos?” preguntó alguien en la radio interna. Nadie respondió. La Red Auroral pasó los nombres, pero parecían extranjeros. En la niebla, Lucas solo reconoció un par de ojos junto a él—eran los de Samira, la única que todavía hablaba en voz baja por costumbre, como si existiera algo sagrado en la voz humana.

“Cuando termine esto…” empezó Samira, pero Lucas cortó la frase: “No se termina. Nosotros cambiamos, el circuito cambia, pero la guerra no se termina.”

Ya casi no importaba quién era el enemigo. Los Koms, decían los altos mandos, eran renegados del pacto intercontinental; otros murmuraban que sus filas estaban llenas de clones sin conciencia. Qué más daba. Soldados, carne o circuitos, avanzaban y caían en el mismo lodo gris. La aurora boreal, ridículamente hermosa sobre el exterminio, reflejaba el azul y violeta en las placas rotas de los que no volverían.

Lucas, antes de perderse por completo en el murmullo blanco de la Red, sintió por última vez el peso de la memoria. La esperanza, por breve que fuera, seguía siendo el acto de rebeldía más peligroso en esa tierra de soldados reciclados.

A la mañana siguiente, sólo las máquinas, y los cuervos inteligentes, recogieron los fragmentos. Los nombres, hasta los de los enemigos, fueron archivados por la Red, reducidos a líneas de código que nada sabían de la memoria ni del miedo. Pero Samira escribía —con sus propias manos, en algún rincón oculto del campo de batalla— unas palabras que nunca conectarían a la red, solo para sí misma: “Hoy, resistimos un minuto más que ayer.”

Era un minuto robado al futuro: el verdadero botín de una guerra interminable.

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