Fragmento:
Cada tarde, cuando el sol era solo una línea difusa en el horizonte, Emél recorría las calles empedradas con un farol de papel, recogiendo los murmullos que la brisa apartaba de los aleros. Era un trabajo solitario, porque nadie salvo los niños y los locos, como solían decir algunos, podía o quería escuchar los murmullos. Estos murmullos eran recuerdos fugaces, sueños mal terminados, promesas rotas y risas de esas que solo se oyen al caer la nieve. Emél los recogía con el mismo cuidado que otros recogen mariposas, y los guardaba en pequeños frascos de vidrio en su taller.
Duración: 04:58
Había una vez, en la frontera invisible entre el día y la noche, un pueblo que no figuraba en los mapas ni era reconocido por los calendarios. Se llamaba Lirbiana, y aunque quienes lo habitaban podían atravesar sus calles de memoria incluso a oscuras, nadie podría indicar a un forastero cómo encontrarlo. En Lirbiana los relojes no daban las horas: daban recuerdos. La gente, en lugar de decir “son las tres”, decía “es la hora del primer beso perdido” o “el momento exacto de la carta nunca enviada”. Y en ese lugar tan singular empezó la historia de Emél, un hombre ya cercano a la adultez, pero con los huecos en el corazón aún tibios por todas las infancias que no supo despedir.
Cada tarde, cuando el sol era solo una línea difusa en el horizonte, Emél recorría las calles empedradas con un farol de papel, recogiendo los murmullos que la brisa apartaba de los aleros. Era un trabajo solitario, porque nadie salvo los niños y los locos, como solían decir algunos, podía o quería escuchar los murmullos. Estos murmullos eran recuerdos fugaces, sueños mal terminados, promesas rotas y risas de esas que solo se oyen al caer la nieve. Emél los recogía con el mismo cuidado que otros recogen mariposas, y los guardaba en pequeños frascos de vidrio en su taller.
Aquel taller era el corazón del pueblo, aunque muy pocos lo sabían. Allí descansaban infancias extraviadas: soldaditos de plomo con ojos desvaídos, peonzas que no recordaban girar, diarios con los nombres de amores nunca confesados, y gotas de sal de lágrimas invisibles. Los adultos pasaban de largo, apurados por hacerse cargo del tiempo, fingiendo que jamás habían conocido los juegos ni los secretos del corazón inquieto. Pero algunos, muy de vez en cuando, tocaban a la puerta del taller de Emél, apretando en el puño una llave oxidada o un medallón con la fotografía de un niño que eran ellos, allá lejos. Y Emél les recibía, sin juicio ni preguntas, y les invitaba a pasar.
Una noche de viento y humo, llegó a la puerta una mujer de cabellos color ceniza y ojos profundos como la tristeza de una partitura inacabada. Se llamaba Vera y cargaba un reloj de bolsillo que no marcaba ninguna hora. “Se ha extraviado mi nombre”, le dijo, y su voz era como una melodía apenas recordada. “No me recuerdo cuándo empecé a olvidarme de mí misma. Solo sé que, entre citas, facturas y promesas de un futuro que nunca llega, mi nombre se ha vuelto invisible”.
Emél la invitó a sentarse entre los objetos polvorientos de su taller. Sacó un frasco redondo y lo sostuvo a contraluz: dentro agitaba su leve bruma el eco de un susurro infantil, apenas audible. “Escucha”, le dijo Emél. Y en ese susurro Vera reconoció la carcajada de una niña, el sonido de la lluvia un sábado por la tarde, la emoción de un plan secreto para fugarse al circo, la punzada de la primera mentira y la ternura de una abuela contándole cuentos para dormir.
Durante unos minutos, el mundo quedó suspendido. El taller, tan lleno de olvidos y evocaciones, se iluminó suavemente como si la luna se colase a través de todos los tejados a la vez. Vera lloró, pero aquellas lágrimas eran distintas: no eran ni de tristeza ni de alegría, sino de una especie de reencuentro. Cuando terminó el susurro, su reloj de bolsillo marcó una hora por primera vez en años. “Es la hora de volver a jugar”, sonrió Emél, y Vera asintió, limpia de una tristeza antigua.
No tardó en correrse la voz de que, en el taller de Emél, los adultos que hubieran perdido su nombre o su motivo para sonreír podían intentar recuperarlo. Llegaban al anochecer, discretos y casi avergonzados, para buscar la caja con sus juguetes favoritos, la carta que nunca pudieron enviar, la música medio olvidada que alguna vez volvió un día gris en una promesa de aventuras. En el taller, los adultos podían recordar cómo era vivir con la piel abierta a la sorpresa y el corazón dispuesto al asombro.
Unos volvían al mundo renovados y otros, simplemente, se daban permiso para cerrar los ojos unos minutos, convencidos de que seguía siendo posible asombrarse, incluso aunque la vida, afuera, empujara a empujar y olvidar. Para todos, el taller era un suspiro de tregua: una tregua frente a la prisa, frente al olvido, frente a la obligación de ser siempre mayores.
En la frontera de la infancia y el mundo adulto, Emél seguía cada noche recogiendo murmullos. Sabía que, aunque nadie podía retroceder en los calendarios ni en los caminos, sí era posible rescatar, siquiera por un instante, la promesa intacta de lo imposible. Allí, en el pueblo que no figuraba en los mapas, los adultos aprendían a recordar que nunca, bajo ninguna circunstancia, está prohibido volver a jugar.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.