HabÃa una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. ...
En el corazón de los Nueve Reinos, donde las montañas sangran oro y los rÃos arrastran anillos de olvido, se alzaba la Torre de Raigmore; negra como el carbón y tan afilada como la satisfacción de un contable tras las fiestas de impuestos. Nadi...
Delante de la catedral consumida por hiedras sangrantes, Lyrisin se detuvo, respirando el aire agrio que flotaba sobre el Lago Perennal. TenÃa la mano enguantada envuelta en los pergaminos antiguos que durante meses la habÃan conducido, página tr...
HabÃa una vez, mucho antes de las eras sobre las que la gente canta, una tierra que nadie recordaba en los cuentos junto al fuego. AllÃ, al norte de los más septentrionales mapas, donde los corceles temen correr y los cuervos caen dormidos, yacÃ...
--- En las postrimerÃas del año 179 del Ciclo de los Reinos Marchitos, cuando las primeras nieves caÃan lacias sobre las vastedades de Okayrel, la vida se acurrucaba, rezongando, bajo el hielo y la penumbra. Los fuegos de los antiguos baluartes ...
La dazleja, ese curioso crepúsculo que se derramaba como vino rancio sobre la llanura de Arelath, nunca llegaba con la rapidez ni la suavidad con la que uno espera la noche. HabÃa brutalidad en la forma en que el sol se recostaba, mezquino, rasgan...
Las brasas del último fuego murmuraban recuerdos en la gran sala de piedra, allà donde la luna cortaba la oscuridad en delgadas filigranas. Nadie dormÃa en Tarneth la noche del anuncio. Desde la ventana alta, Elsin observaba el bosque inmóvil: u...
La sala del trono olÃa muy levemente a violetas y, quizá, a fracaso. Suelo de obsidiana, columnas que parecÃan retorcidas por un dios borracho: asà era la decoración preferida del rey Melquinor, un hombre que consideraba el brillo opulento, y c...
En la larga estepa donde la hierba azul le llegaba a la cintura y el viento parecÃa susurrar nombres olvidados, Rein aprendió a caminar sin dejar huellas. Su clan de nómadas, conocidos como los Filamentados, vivÃa cruzando los mil caminos de la f...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. SabÃa que al cruzar la esqu Leer más...
La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nom Leer más...
La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabÃan, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olÃa a vino Leer más...
Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oÃda en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios Leer más...
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupià Leer más...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. SabÃa que al cruzar la esqu Leer más...
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