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Portada del relato Susurros en el Bosque de Azoar
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Fragmento:


El viento ululó por los angostos pasillos de Kareth, la fortaleza olvidada en los mapas y en las plegarias, donde la piedra rezuma humedad y los ecos de palabras no pronunciadas aún llenan las cámaras. Había llegado ahí huyendo de mi pasado, aunque sabía bien que el pasado es un perro que sigue nuestro olor, sin cansarse nunca. Nadie viene aquí por voluntad; los que entran han sido arrinconados por algo peor.

Duración: 03:58

Susurros en el Bosque de Azoar
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El viento ululó por los angostos pasillos de Kareth, la fortaleza olvidada en los mapas y en las plegarias, donde la piedra rezuma humedad y los ecos de palabras no pronunciadas aún llenan las cámaras. Había llegado ahí huyendo de mi pasado, aunque sabía bien que el pasado es un perro que sigue nuestro olor, sin cansarse nunca. Nadie viene aquí por voluntad; los que entran han sido arrinconados por algo peor.

La luz de mi farol perfilaba el polvo en el aire, bailando como motas nerviosas. Cada paso mío despertaba a las sombras, y la memoria de la piedra me recordaba que no estaba solo. Los viejos grabados en la arcada principal—figuras serpenteantes y rostros devorados por la angustia—eran testigos, igual que yo, de la lenta putrefacción de la esperanza.

Entre las salas derruidas, los cuentos prohibidos toman forma. Hay quienes dicen que bajo Kareth vive algo, una consciencia extendida y rota, esperando. La llaman la Dama Gris, y a los niños se les advierte de no decir su nombre después del anochecer por temor a oír, en la penumbra, una voz que contesta. Yo, que nunca creí en cuentos, aprendí a temerla tarde, cuando ya es inútil aprender.

En el segundo nivel de la fortaleza sentí la primera mirada. No era un sonido ni una sombra tangible, sino el peso de una atención sin misericordia. Mi corazón latía una marcha rápida y, a cada paso, el rumor de voces indescifrables me perseguía como una capa rezumante de secretos sucios y antiguos.

Buscaba la biblioteca. Según los rumores, aún quedaban libros enteros, ocultos detrás de ladrillos falsos, resguardados de las llamas del purgatorio humano. Por eso vine a Kareth: la esperanza de hallar el único tomo capaz de redimirme, o al menos explicarme los terrores que me urdieron como soy.

Encontré la puerta de roble, hinchada y ajada de humedad. Empujé y chirrió como si una bestia suspirara aliviada. Dentro, la oscuridad era más densa. Entre los estantes, las pilas de libros caídos formaban islas a la deriva, y el olor a pergamino muerto era casi sofocante. Avancé, guiado por el hambre de respuestas y la superstición de que en ese lugar las preguntas importaban más que la cordura.

La vela parpadeó cuando, en un rincón, noté los ojos. Cuatro, quizá seis, redondos y húmedos como perlas rotas, detrás del polvo y los anaqueles. No eran animales, sino la promesa de que la soledad aquí era imposible. Sentí un frío que no era de este mundo; un susurro cuya comprensión era fatal. La voz, o su ausencia, hablaba en el margen de la imaginación:

—No puedes esconderte de lo que eres—.

Las palabras crecieron en mi pecho como una semilla podrida. Sabía de qué hablaba, aunque toda mi vida intenté olvidarlo.

El libro estaba en el altar de piedra, abierto por la mitad, las páginas negras de tinta y de algo más oscuro. Solo al acercarme noté que los caracteres serpenteaban y, al rozarlos, se deslizaban por mis dedos, como sangre derramada con rencor. Ni las historias de mi pueblo, ni los juramentos de mi madre, podrían haberme preparado para el fardo de una revelación inscripta con la necesidad de ser recordada.

La Dama me aguardaba, etérea en su ausencia. Sus dedos eran briznas de memoria, y su voz, el eco de todo aquello que negamos. Leí, y con cada línea reconocí mi rostro en las pesadillas de tinta. Ella devoraba mis remordimientos palabra por palabra, prometiéndome una redención fatua al precio de ser su eco, un susurro más en las cámaras de Kareth.

Cuando alcé la vista, sentí su mano en mi frente: gélida, inmensa, maternal. Comprendí entonces que no vine aquí por huir, sino porque nunca me había marchado. La oscuridad era mi herencia, y la Dama era todo lo que quedaba de mí, perfumando la piedra con mi nombre apenas recordado.

Al cerrar el libro, supe que los que buscan respuestas a veces encuentran voces sedientas, y pagan el precio de ser escuchados toda la eternidad.

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