Fragmento:
Cuando la historia empieza, es con la llegada de un nuevo forastero, uno con hambre en los ojos y cicatrices en el alma. Se llama Renik, antiguo sacerdote de la Rosa de Carna, que buscó en los templos la redención y terminó asfixiado por los lutos y el exilio. Llega a Torvarn requerido por las deudas y los fantasmas, una vida perseguida por hermanas muertas y juramentos rotos, y más aún, por un destino al que ha huido demasiadas veces.
Duración: 06:28
En las fronteras deslavadas del reino de Torvarn, donde la niebla nunca dormía y los caminos eran devorados por raíces retorcidas, apenas persistía el concepto de esperanza. El sol apenas rozaba el suelo en las aldeas, cuyo nombre los mapas ya no recordaban, y donde las madres cantaban a sus hijos con voces quebradas y canciones hechas más de advertencias que de arrullos. En este mundo de tierra reseca y ruinas musgosas, dentro de un torreón que se alzaba tan alto como para desafiar a los propios dioses, vivía la Casa de los Lathren, cuyas puertas chirriaban con el peso de los años y de los secretos.
La última descendiente legítima, Lady Meristral Lathren, nunca fue vista de día. Dicen los campesinos que se alimenta solamente de la lluvia que resbala entre las piedras y del miedo destilado en los sueños de quienes tienen la desgracia de vivir bajo su sombra. Su piel, blanca como hueso soleado, resplandece al anochecer, y su cabello pálido cae en cascadas que parecen tejerse con la escarcha de los inviernos pasados. Cada año, cuando los cuervos empiezan a tejer nidos en los tejados, la casa recibe a un invitado—el emisario del Rey, cargado con impuestos y precauciones, siempre cambiante, siempre sentenciado a no regresar.
Los aldeanos hábiles murmuraban que en el torreón aún latía el corazón de un dios olvidado, atrapado por la primera Lathren a golpe de juramento y daga. Por ello, la tierra circundante no daba frutos, salvo hongos venenosos y raros lirios negros. A quienes cruzaban el bosque de Malhaz, les aguardaba la tentación de los caminos tintados con neblina, y a menudo desaparecían, para regresar solo como susurros arrastrados por el viento.
Cuando la historia empieza, es con la llegada de un nuevo forastero, uno con hambre en los ojos y cicatrices en el alma. Se llama Renik, antiguo sacerdote de la Rosa de Carna, que buscó en los templos la redención y terminó asfixiado por los lutos y el exilio. Llega a Torvarn requerido por las deudas y los fantasmas, una vida perseguida por hermanas muertas y juramentos rotos, y más aún, por un destino al que ha huido demasiadas veces.
El primer encuentro entre Renik y Lady Meristral ocurre en el invernadero muerto del torreón. Se enfrentan entre estatuas decapitadas y raíces que asoman por baldosas rotas. Ella lo observa con una mezcla de desprecio y curiosidad, como quien encuentra una grieta en un espejo centenario. Él intuye de inmediato el peso que la rodea, y sabe que, al igual que él, la Dama está marcada por una culpa imposible de expiar.
En las noches, Renik sueña con árboles que sangran y voces que le prometen absolución a cambio de su último recuerdo feliz. En las mañanas, los murmullos de los sirvientes, pálidos y amorfos, llenan los salones, deslizándose como humo entre las habitaciones nunca tocadas por la luz. Nadie recuerda la última risa sincera, ni el último nacimiento en la comarca. El tiempo, en aquellos parajes, es un estanque turbio donde nadie osaba mirar demasiado profundo.
La Dama Meristral deambula entre realidades fracturadas. Hay veces en que sus ojos adoptan la negrura más profunda, como si se asomara al abismo del que nunca ha escapado del todo. Sabe que el forastero trae una llave, aunque no reconoce la cerradura. En susurros, la casa le advierte de lo que puede despertar si los hambrientos de alma reciben, siquiera por accidente, su alimento favorito: el arrepentimiento humano.
Una tarde, mientras la lluvia ahoga las últimas flores del invernadero, Renik y Meristral comparten pan duro y vino agrio. Cada palabra es un duelo, cada silencio una promesa rota. Ella le revela la verdad del torreón: en el sótano en espiral, bajo siete cerrojos, duerme el corazón eterno del dios caído, envenenado por todos los juramentos rotos, y vinculado a cada generación Lathren. Si el corazón escapa, limpiará la tierra con una tempestad de carne y sombra. Pero si continúa latiendo, el estancamiento de la región persistirá, una muerte lenta que ahoga toda esperanza.
Renik, tentado por la promesa de redención y un fin a su exilio, propone un trato: usará el conocimiento prohibido que aún atesora—una liturgia de sangre y verdad—para sellar al dios para siempre, a cambio de ser liberado de la maldición que lo asfixia. Meristral, dudando entre salvar a su pueblo y condenarlo, accede, confiando en la desesperación más que en la fe.
Esa noche, la casa gime como un animal herido. Los sirvientes se esconden en rincones oscuros y los cuervos huyen del techo. Renik y Meristral, armados de dagas y reliquias enfermas, descienden por la escalera en espiral, acompañados solamente por ecos y el olor de la sangre antigua. Siete puertas, cada una marcada por el nombre de una traición: madre, hermano, amante, hijo, fe, patria, y esperanza.
La ceremonia es una agonía de memoria. Renik pronuncia palabras prohibidas, cortándose cada vez que menciona su propio nombre, y Meristral arroja sus recuerdos más queridos al vacío, uno por uno, hasta quedar tan hueca como el eco de sus pasos. Al final, el corazón palpita, brillando como carbón encendido, y la sombra que lo envuelve se levanta, hambrienta y cruel, mostrando los rostros de todos los Lathren muertos y recordando a los vivos lo que nunca podrán expiar.
La criatura ofrece a Renik la salvación última: el olvido absoluto, la desaparición de todo dolor, a cambio de su humanidad restante. El sacerdote, por un instante, acepta la tentación. Pero Meristral, con lágrimas negras surcando sus mejillas, le susurra un nombre que solo él recuerda—el de su hermana muerta. Renik cae, arrodillado, y lo rechaza, optando por el sacrificio. Clava la daga en el corazón del dios, liberando un torrente de oscuridad que lo consume, y, en ese momento, el torreón tiembla y la tierra vibra hasta las raíces del mundo.
Cuando el sol finalmente llama a la puerta del amanecer, todo ha cambiado. El torreón existe aún, aunque desgarrado y desierto. La niebla se disipa muy lentamente, como un velo de luto. Los Lathren se han ido para siempre; los aldeanos, desmemoriados, despiertan con la vaga sensación de haber sido liberados de una pesadilla que nunca sabrán contar. Y en lo alto de la colina, donde las sombras eran más densas, una campanilla blanca florece, la primera en siglos.
Solo los cuervos recuerdan la promesa, y vuelan en círculos. El resto del mundo, como casi siempre, olvida.
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