Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato El Reloj de las Esquinas
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Fragmento:


El propio título del relato —cualquiera de los cinco al inicio, prefiera usted lector el que prefiera— ejerce sobre la narración un poder extraño: cada uno podría hacer de estos párrafos un sendero distinto, un mapa en cuya cartografía caben ríos de tinta, puertos de memoria, acantilados donde el pensamiento resbala. Si alguna vez ha sentido usted no ser personaje, ni siquiera autor, sino sólo sombra cernida sobre la página, puede que entienda mi dilema. A fuerza de escribir, y esta es la verdad que cada palabra roza sin atreverse a decirlo, lo escrito acaba escribiéndome.

Duración: 04:06

El Reloj de las Esquinas
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Una sutil vibración, casi desoída, martilla el cristal. El reloj sobre la chimenea presta el primer latido, un pulso breve, persistente. Lo miro desde el otro lado de la mesa y, apenas guiñando los ojos, juro que lo veo escribiendo: no las horas, sino las frases que aún no he podido componer. Pienso entonces —a veces pienso con demasiada insistencia— si acaso los relojes no serán cronistas de lo que no se dice, guardianes del silencio que nos separa a los que escribimos de quienes, valientes o distraídos, leen.

Quisiera explicar dónde inicia este relato, pero dudo que el punto de partido exista. ¿Dónde termina la sala? ¿En qué momento la mesa se convierte en una barca arrastrada por la marea, y mis papeles se tornan peces blancos bajo el tragaluz? Algo en la textura de la tarde, quizás, me obliga a reemprender la búsqueda, aunque, y lo confieso con una sonrisa leve, la búsqueda es en sí misma el hogar.

El propio título del relato —cualquiera de los cinco al inicio, prefiera usted lector el que prefiera— ejerce sobre la narración un poder extraño: cada uno podría hacer de estos párrafos un sendero distinto, un mapa en cuya cartografía caben ríos de tinta, puertos de memoria, acantilados donde el pensamiento resbala. Si alguna vez ha sentido usted no ser personaje, ni siquiera autor, sino sólo sombra cernida sobre la página, puede que entienda mi dilema. A fuerza de escribir, y esta es la verdad que cada palabra roza sin atreverse a decirlo, lo escrito acaba escribiéndome.

Por ejemplo: la señora que barre el umbral de la casa enfrente. No existe sino en la tinta con la que la imagino, y, sin embargo, su escoba deja un eco que parece arrastrar los nombres inconclusos de mis posibles lectores. Tal vez ella, con cada movimiento, limpia también el polvo de mis ideas, ordenando el desorden minucioso del relato. Ella no sabe que la observo —en realidad no la observo, le concedo existencia desde la carencia, la bordo en el margen mismo de mi distracción— pero, ay, ¿no es acaso esto el oficio del que escribe? Dar vida a destellos y dejarlos marchar, hilvanando el relato para otros, que son fantasmas o dioses en otras salas.

Algunas tardes, en mitad de una frase, percibo con terror y júbilo que lo que escribo podría desvanecerse si el lector parpadea. Que el sentido pende de un hilo tan frágil como el vaivén del tic-tac que vuelve, ahora más nítido. ¿Es la ficción un muro o un puente? ¿Quién decide de qué lado del texto permanece el yo que firma, ese nombre debajo de la dedicatoria con fecha acaso falsa?

Tengo miedo a veces de que la auténtica autora no soy yo, sino ese vestigio de mí que reconstruyen quienes leen. Porque a cada línea, a cada párrafo, renuncio un poco más a la soberanía sobre la historia, cediendo, como si de un don se tratase, la potestad a otras manos, otros ojos, otras casas. Si usted se alza ahora en la silla, girando el cuello para escuchar la lluvia o el bullicio en su calle, sepa que ya forma parte de este relato. Usted lee, sí, pero también lo escribe, de un modo secreto, porque su atención es la pluma invisible con la que lo ficcionado ocurre.

Me atrevo a terminar con una pregunta, porque no hay conclusión válida en este arte de desfondar significados. ¿No será que toda historia es sólo una carta enviada, sin remite, a una habitación donde el reloj nunca marca la hora prevista? Que lo importante, lo verdaderamente importante, es el temblor mismo de la mano que escribe sabiendo que en el fondo lo importante es el intento, el aire arrugado, la posibilidad abierta.

Y si en este preciso instante usted deja de leer —cierra el libro, apaga la lámpara, se hunde aún más en el sillón— el relato desaparece, como desaparecen las nubes al volver la luz al salón. Todo esto queda entonces suspendido, esperando de nuevo la vibración, ese martillo sutil del reloj de las esquinas, para renacer en ojos distintos, en otro sueño, en el mismo papel donde lo posible y lo escrito, y este decir de la propia escritura, vuelven a encontrarse.

Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
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El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)

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