Black Bird Academy: Amor a la muerte
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Tras la puerta
Portada del relato Llaves Prestadas y Puertas sin Bisagra
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Cierra la puerta, recuerda: “nunca uses la misma dos veces”. El pasillo ahora se estira y se pliega sobre sí; las luces en el techo giran en torno a un punto invisible y sientes, apenas un instante, vértigo y promesa, pues las puertas nuevas que se forman en ese corredor improvisado son de materiales de otra naturaleza: papel, aire, agua, un vidrio empañado por el aliento de un recuerdo aún no vivido.

Duración: 05:37

Llaves Prestadas y Puertas sin Bisagra
-a / +A

En la inercia de la madrugada, cuando los únicos testigos son una lámpara de escritorio y la muy probable ficción de una luna fuera de la ventana, me decido a escribirte –a ti, lector que aún no despierta del todo a la posibilidad de que la historia ya lo incluya, con todos tus recuerdos de otros libros e incluso la certeza senil de que jamás abandonarás tu propio mundo por mucho que la literatura te insista, una y otra vez, en sus artes de contrabando.

Supón, entonces, que recibes un sobre marrón sin sello ni remitente aparente, en el que encuentras una llave traslúcida y una nota redactada a la ligera, en un castellano de caligrafía tambaleante: “Elige bien la puerta. Nunca uses la misma dos veces.” Firmado: N. —quien podría ser Nabokov, Newton o Nadie. Tú, que miras la nota, no sabes si reírte o buscar la cerradura más cercana, pero aquí es donde la historia ya te tiene del cuello: miras alrededor y las puertas, que hasta hace un segundo estabas seguro que llevaban al baño, al dormitorio o al rellano del edificio, empiezan a perder el ánimo por sostener su identidad. Todas palpitan. Todas poseen, súbitamente, sed de ser la equivocada.

Abres la primera con la llave y entras en lo que reconoces, sí, como el salón de tu infancia, el tapete persa marrón aún con la mancha de coca-cola de 1987, los juguetes de plástico apilados como una ofrenda arqueológica. Pero sabes que esto es un simulacro. Al fondo, tu madre—tan joven que parece una extra del pasado, voz lejana—te pregunta si ya cenaste. El eco de tu respuesta, ese sí automático, se repite en las paredes como si el tiempo fuese agua y tú, la piedra que ya nunca más cambiará de sitio. No puedes quedarte aquí, y tampoco puedes explicarte cómo has llegado realmente.

Cierra la puerta, recuerda: “nunca uses la misma dos veces”. El pasillo ahora se estira y se pliega sobre sí; las luces en el techo giran en torno a un punto invisible y sientes, apenas un instante, vértigo y promesa, pues las puertas nuevas que se forman en ese corredor improvisado son de materiales de otra naturaleza: papel, aire, agua, un vidrio empañado por el aliento de un recuerdo aún no vivido.

La segunda puerta te arroja a un párrafo: estás, literal, metido entre líneas. Las palabras flotan extrañamente a tu alrededor—tibias, palpitantes, cada una un mundo potencial. Frases inconclusas gravitaban hacia ti, ansiosas de sentido: “La casa era grande, pero su corazón pequeño y ruidoso...”, “Bajo cada petroglifo, una llave...”, “Tu propio nombre, escrito en la pared más lejana, al lado de otro que no reconoces”. ¿Puedes saltar de frase en frase? ¿Eres tú el lector aún, o ya sólo una palabra más, esperando la visita de otros ojos al pasar la página?

Pero aquí es donde la trama, como suele ocurrir incluso en los sueños buenos, empieza a doblarse sobre sí. Porque entre mundo y mundo empiezas a advertir grietas. Estás tentado a pensar, con una mezcla de terror y alivio, que las casas que cruzas no son sólo lugares, sino posibles versiones de ti mismo. La casa de las palabras quiere quedar inscrita para siempre en algún libro polvoriento. La casa de tu infancia quiere que te sientes a mirar la televisión una vez más, aunque el único canal transmita la memoria de los días repetidos. Hay, por supuesto, la casa cerrada, la que no tendrás llave nunca—aunque oigas risas y música al otro lado.

Al abrir la tercera puerta, de metal oxidado y bisagras chirriantes, una voz—mi voz, si acaso me crees autor aquí—te detiene. “¿Adónde creíste que ibas?” pregunta, y tú te das cuenta de que no fue azar que tomaras esta llave, ni inocente el deseo de seguir cruzando. Porque todas las casas están habitadas. No solo por tus recuerdos o tus posibilidades, sino por los fantasmas de quienes escriben, quienes leen, quienes buscan puertas entre un mundo y otro.

Pasas, tembloroso, a un vasto vestíbulo donde las llaves cuelgan del techo como frutos de cristal. En las paredes, retratos giran en marcos de papel, mostrando rostros que se transforman si los miras demasiado —de niño, a anciano, de alguien amado, a completo desconocido—y te preguntas si no eres, también tú, apenas otra versión en la galería de una casa inencontrable. Notas algo más: cada casa se deshace en el momento en que la atraviesas, como si el verdadero acto de viajar entre mundos fuese también condenar cada umbral a la extinción.

Te detienes. La tentación del infinito —casas, puertas, mundos, relatos—pide sentido, o al menos resolución. Pero una nota, clavada a la puerta por la que aún no te has atrevido a pasar, advierte: “La última llave no abre nada. Te deja encerrado.” Debajo, la inicial: N. ¿O quizás ahora una T? ¿O será siempre una letra anterior a tu propio alfabeto?

En este punto, te digo —me digo, nos decimos—que la única salida es aceptar la travesía, jugar el juego: más llaves, más puertas, más casas, hasta que el relato, exhausto de sí mismo, te deje sentado, como ahora, en tu propio cuarto, bajo una lámpara artificial y una luna de probabilidad incierta. Y descubrirás entonces que en alguna bolsa, inexplicablemente, guardas una llave translúcida. ¿Para qué puerta? ¿Cuál mundo? ¿Cuál relato? Mi consejo, por supuesto, es: elige bien, pero tampoco demasiado.

Fin —o lo más parecido a un fin que puede alcanzarse en una casa donde toda salida es apenas otra historia empezando.

Black Bird Academy: Amor a la muerte
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Tras la puerta

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.