Se mira al espejo. No el novelista, ni el lector abriendo este libro (o petición, o lo que diablos sea este artefacto), sino yo: Laurence Sterne. No estoy seguro en qué polvorienta biblioteca, en qué biblioteca digital, en qué párrafo exactamen...
Una sutil vibración, casi desoída, martilla el cristal. El reloj sobre la chimenea presta el primer latido, un pulso breve, persistente. Lo miro desde el otro lado de la mesa y, apenas guiñando los ojos, juro que lo veo escribiendo: no las horas,...
Levanté la hoja: una página blanca pulsando luz mortecina contra mis costillas eyectadas. Inscrito, ya siendo, el relato me saluda con los ojos de Mutis, galleta de opio en la garganta, inclinándose sobre una Underwood fantasmática que nunca aca...
Ahora mismo escribo y no sé si soy yo. Tal vez sea la mano y no la mente, acaso un relámpago pálido que serpentea a través de los músculos, nervio por nervio, queriendo contar algo. ¿A quién se lo cuento? No me es posible responder. Hay un le...
Caminaba bajo la lluvia perenne —siempre la lluvia, como un comentario marginal que no se atreve a tocar el argumento— mirando los charcos que, en la ciudad arqueada, tienen vocación de espejos. Era tarde de domingo, como cualquier otra, y mis ...
En algún sitio, en medio del texto en el que comienzo a escribir estas líneas, estoy sentado. Pero no así, como quien se recuesta en una butaca para saborear sus propias palabras, sino como un actor inseguro en el umbral de una escena escrita por...
En la inercia de la madrugada, cuando los únicos testigos son una lámpara de escritorio y la muy probable ficción de una luna fuera de la ventana, me decido a escribirte –a ti, lector que aún no despierta del todo a la posibilidad de que la his...
Nadie ve el rascacielos azul reflejado sobre el parabrisas. Nadie, quizás salvo aquel hombre encorvado que, treinta y dos minutos antes de que estalle la bomba, cambia de acera con un ligero temblor en la mano. Porque esa clase de vibraciones —la Leer más...
1. Fragmento de la casa despierta, cinco y treinta y seis. La claridad flota, danza sobre una mesa barnizada. El agua en el vaso apenas tiembla. Afuera, los gorriones, adentro, el reloj gime. Todo permanece, nada espera. En el alféizar hay u Leer más...
Nadie ve el rascacielos azul reflejado sobre el parabrisas. Nadie, quizás salvo aquel hombre encorvado que, treinta y dos minutos antes de que estalle la bomba, cambia de acera con un ligero temblor en la mano. Porque esa clase de vibraciones —la Leer más...
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