Una sutil vibración, casi desoída, martilla el cristal. El reloj sobre la chimenea presta el primer latido, un pulso breve, persistente. Lo miro desde el otro lado de la mesa y, apenas guiñando los ojos, juro que lo veo escribiendo: no las horas,...
Levanté la hoja: una página blanca pulsando luz mortecina contra mis costillas eyectadas. Inscrito, ya siendo, el relato me saluda con los ojos de Mutis, galleta de opio en la garganta, inclinándose sobre una Underwood fantasmática que nunca aca...
Ahora mismo escribo y no sé si soy yo. Tal vez sea la mano y no la mente, acaso un relámpago pálido que serpentea a través de los músculos, nervio por nervio, queriendo contar algo. ¿A quién se lo cuento? No me es posible responder. Hay un le...
Caminaba bajo la lluvia perenne —siempre la lluvia, como un comentario marginal que no se atreve a tocar el argumento— mirando los charcos que, en la ciudad arqueada, tienen vocación de espejos. Era tarde de domingo, como cualquier otra, y mis ...
En algún sitio, en medio del texto en el que comienzo a escribir estas líneas, estoy sentado. Pero no así, como quien se recuesta en una butaca para saborear sus propias palabras, sino como un actor inseguro en el umbral de una escena escrita por...
En la inercia de la madrugada, cuando los únicos testigos son una lámpara de escritorio y la muy probable ficción de una luna fuera de la ventana, me decido a escribirte –a ti, lector que aún no despierta del todo a la posibilidad de que la his...
Trémula lámpara que cuelga tal médula impregnada de aire rancio, temblorosa, aquí, justo donde los dedos se arrinconan contra sí mismos, el jadeo lentamente creciendo como un musgo sobre superficies pulidas, repitiendo. Hay un espejo. No de los Leer más...
Piezas de tiempo colgaban del techo cuando entré en la peluquería, como si alguien hubiese decidido que la gravedad era una sugerencia más que una ley. Dos sillas de barbero giraban solas en la penumbra, atadas a la pared con cadenas de caucho ag Leer más...
La noche recoge en su vientre los fragmentos disueltos del vapor amarillo que sube, como en sueños malhumorados. Hay un hombre –no lo hay– que camina; a la vez arrastra sus propias piernas echadas de mercurio, y éstas le devuelven la mirada, s Leer más...
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