Fragmento:
¿Qué hace una conciencia cuando se disfraza de piel ajena? ¿O debería preguntar: quién se cura a sí mismo cuando ya no tiene cura? Agujas. Las primeras palabras que me aprendes son agujas, echadas debajo de una sábana apretada en torno a mis rodillas. Hay un reloj con números del revés, corroído alrededor de su ombligo; ese reloj podría ser el día que me convertí en mentira. Un susurro en la puerta. No, apenas una brisa, o el aliento de una madre con un hijo desconocido. El hijo es maniquí y la madre recorta a su propio crío con tijeras oxidadas, bordando sangre apócrifa.
Duración: 03:31
¿Qué hace una conciencia cuando se disfraza de piel ajena? ¿O debería preguntar: quién se cura a sí mismo cuando ya no tiene cura? Agujas. Las primeras palabras que me aprendes son agujas, echadas debajo de una sábana apretada en torno a mis rodillas. Hay un reloj con números del revés, corroído alrededor de su ombligo; ese reloj podría ser el día que me convertí en mentira. Un susurro en la puerta. No, apenas una brisa, o el aliento de una madre con un hijo desconocido. El hijo es maniquí y la madre recorta a su propio crío con tijeras oxidadas, bordando sangre apócrifa.
Quebramos cronologías. Sara espera en el pasillo. Dice: “Salí de mí hace siete años, o podría ser mañana”. Su lengua envuelve palabras que no llego a oír, papel mojado, inscripciones en cuadernos encontrados entre hedores de oscuros armarios. Yo era aquel armario. Esperaba vaciarme de todo. Espero aún. El narrador se pregunta por qué sigue aquí, a punto de recitar su última escena, pero las escenas se dispersan con cada pestañeo.
El espejo. Vuelvo al espejo fisurado esa mañana. ¿Fue realmente una mañana? El tiempo era sin nombre, margarita de pétalos arrancados a mordiscos. Veo mi rostro, pero detrás está tu rostro. Me doy vuelta. Tu levantaste una taza y dijiste: “Nunca debiste abrir la puerta azul”. ¿Qué había detrás de la puerta azul? Recuerdo el zumbido, los insectos que borraban la memoria con sus patas diminutas. Te marchaste a escribir la carta de ruptura que leeríamos juntos meses después.
Todo duele de formas inverosímiles. La vergüenza de un hijo ficticio metido en el cuerpo de su madre que es también su hermana que es también una tapicería vieja con olor a sexo y orina infantil. Llamamos a eso linaje. Nos sentamos al borde de la bañera, las uñas carcomidas, los párpados cosidos. No hay agua. Deslizamos cuchillas sobre la cerámica, grabando nombres de futuras amantes.
Hace años, la cuidadora me dijo que todo era cuestión de orden. “Haz una lista. Aunque sea de tus errores.” Comienzo:
- Entré en casas ajenas sin avisar.
- Copié vidas que jamás me correspondieron.
- Amé a quien nunca estuvo aquí.
Ellos se ríen, siempre hay alguien que se ríe.
Entre sueños, despierto en las sábanas de plomo, donde germinan raíces de tu cabello. Bebo lágrimas robadas a mujeres que solo conozco por la manera de pronunciar sílabas rotas. La ciudad es un torso abierto, sangrando semáforos intermitentes. Por debajo de la piel, pactamos olvidar. Pacto: mirar el pecho de otro, imaginar su infancia torcida.
En la lámpara, esa lámpara que tú cubriste con mantas contra el polvo, alguien respira. Yo. Tal vez me escribo mientras me leo. Duermo con la cabeza sobre un libro abierto a la página equivocada—siempre la equivocada. Nombres, nombres, nombres, y ninguno es el tuyo. El narrador se desintegra antes del final justo cuando le crees. Odié eso de mí: la costumbre de ser dudosa, poca, harina dispersa en el piso sucio.
El relato terminaría aquí, pero los cuerpos no terminan. Siguen buscando los frascos perdidos en los armarios. Las uñas rayando el espejo para reescribir el pasado, para devolver la carne a la madre, al hijo, a quien nunca fue amado.
Y si vuelvo a abrir la puerta azul, tal vez esta vez no seas tú quien espera en el hueco, sino yo misma, recién aprendida, sin nombre, titilando en la penumbra. Quizás respire. O finja.
Pero quién nota la diferencia.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.