La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabían, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olía a vino...
El viento en las Tierras Abolladas llevaba siempre consigo el olor rancio de las costras viejas de sangre y cerveza. Nadie lo notaba más allá de los muros de Garbón, la ciudad que solo soñaba por encargo y en la que los deseos con frecuencia ves...
El rugido del crepúsculo deshilacha los muros, pero en la aldea de Gálif, la noche es sólida y huele a hierro frío. Las hogueras mueren pronto aquí; es costumbre ancestral no tentar a las sombras, ni dejar que las historias se enfríen en los l...
El viento llegaba del sur, cargado con la humedad de la mar y una extraña fragancia, como de flores putrefactas ocultas entre algas y osamentas. Nadie en el pueblo de Yarisal dormitaba bien cuando la niebla bajaba a los Bajíos: ni niños ni ancian...
Antes de que la luna roja se alzara sobre los picos fracturados de Jorram, la taberna de la Fronda Dorada ya era un hervidero de murmullos mezclados con el humo de brasas viejas y el olor agrio del vino mediocre. A un rincón, donde la llama titilan...
El hedor a sangre era lo primero que notabas en Niraleth, mucho antes de que tus botas tocaran el empedrado antiguo, mucho antes de ver la niebla apagada que se enredaba entre los pilares caídos y las gárgolas decapitadas. En Niraleth, la verdad n...
En el crepúsculo de una era rugosa, cuando las fronteras entre la fe y la traición eran más tenues que las brumas del Vath, Saren de Komagh se recogía la melena atigrada junto al fuego moribundo. Los hombres y mujeres de la caravana dormían dis...
Beric sospechaba que algo iba mal cuando pidió una cerveza y el posadero se la sirvió con una inclinación que apenas podría haber hecho menos obvia su total incomodidad si se hubiera afeitado la cabeza y tatuado “¡Estoy incómodo!” en su cal...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. Sabía que al cruzar la esqu Leer más...
Había una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. Leer más...
La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nom Leer más...
Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oída en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios Leer más...
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupi Leer más...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. Sabía que al cruzar la esqu Leer más...
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