Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Tras la puerta
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato El llamado del Lucentio
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


"El que camina contra la corriente", llamó la figura en voz apenas más alta que el susurro de las hojas. "Solo dos clases de hombres toman este atajo: quienes no temen a la muerte y quienes aún ignoran que caminan hacia ella".

Duración: 05:46

El llamado del Lucentio
-a / +A

En la brumosa penumbra de Finndenyl, donde las aguas fluyen en reversa y los robles se tuercen sobre sí mismos, apenas rozando el perfume olvidado de los viejos días, caminaba Galdric con la cabeza gacha. Sus botas, ajadas como la memoria, resonaban en el crepúsculo sobre guijarros grises, y su capa, remendada en cien ocasiones, colgaba a su espalda como un jirón de noche inacabada. A su diestra, la colina de Rosethyn recortaba su silueta contra el primer fulgor de las estrellas; a su siniestra, un río de aguas oscuras canturreaba himnos que, si uno escuchaba demasiado, robaban el habla o la lucidez.

No era el hambre ni el frío los que azuzaban sus pasos, sino algo más hondo, un impulso devastador que lo perseguía en sueños: la promesa susurrada por una voz sin rostro, que le aseguraba que, al Este, tras la Sima del Desvelo, alguien le esperaba—alguien para quien su vida, hasta ese momento trunca y mediocre, se tornaría indispensable. Así, Galdric cruzó el umbral de lo conocido y se internó en el halo tembloroso de una jornada imprevisible.

Pronto, la senda se desvaneció bajo una maraña de ortigas y espinas de luna. Los árboles cobraron formas imposibles; retorcían su madera como si intentaran huir del propio bosque, y sobre cada rama descansaban criaturas de plumaje dorado cuyos ojos resplandecían con la malicia de quien se ríe de los extraviados. Cuando Galdric tropezó por enésima vez, una silueta emergió detrás de una raíz nudosa. La figura, envolviendo su cabeza en un velo de pétalos rojos, llevaba colgado de la cintura un cetro de hueso y cuarzo.

"El que camina contra la corriente", llamó la figura en voz apenas más alta que el susurro de las hojas. "Solo dos clases de hombres toman este atajo: quienes no temen a la muerte y quienes aún ignoran que caminan hacia ella".

Galdric, que nunca se había sentido valiente, respondió, “La muerte y yo nos hemos cruzado tantas veces que ya no incluimos presentaciones”. Un destello fugaz asomó bajo el velo; tal vez fue una sonrisa.

“Te he estado esperando”, dijo la figura. “Llévame hasta el Lucentio. Mi nombre no importa, pero el tuyo resonará en los gritos y rezos de aquellos que sobrevivan esta noche”.

El Lucentio era palabra que Galdric solo había leído en los viejos volúmenes de la Abadía de Escarcha: una gema, un astro caído, un fragmento de lo divino encarnado en la tierra. Solo aquellos corrompidos por la profecía, o aún peores, la mencionaban en voz alta.

“¿Y si niego la petición?” Galdric preguntó, sintiendo la roca del destino agrandarse en su pecho.

“Entonces déjalo todo y mírate: un hombre sin propósito, una sombra entre sombras. O acepta, y las Estrellas Antiguas te darán un nombre que nadie olvidará”.

La elección era casi una trampa, pero la alternativa era más cruel que el peligro. Así, juntos, caminaron neblinosos corredores de helechos y líquenes que susurraban secretos de los dioses sepultados. A su paso, el aire se volvió espeso, preñado de historias sin dueño y promesas rotas. El Lucentio, decía la leyenda, solo se mostraba a quienes aceptaban sus propias heridas, a quienes no temían mirarse en el pozo de la renuncia.

Cruzaron la Cuenca de los Párpados Cerrados, donde cada pozo parecía un ojo dormido. El tiempo se deshilachaba allí; un paso podía consumir horas, o siglos. Al borde de la extenuación, divisaron la Puerta de Hierro, un arco fabricado por ninguna mano mortal, forjado—según el mito—por el primer albor y el último aliento del mundo.

Allí aguardaba un guardián cuya forma parecía fundirse con las sombras. “Sin el sacrificio adecuado, no pasarás”.

El velo de pétalos se inclinó. “El viajero está dispuesto”.

Galdric sintió una punzada en el corazón. Entendía, finalmente, que cada umbral exige un precio, y la vida que había llevado no valía por sí sola. Tenía que renunciar al único fragmento de sí que aún atesoraba: la memoria de quien amó antes del exilio.

Titubeó, pero el eco de la profecía rugió en su oído. Levantó la mano y, con un gesto que desgarró su alma, la sombra le arrebató ese último vestigio de luz. Sintió que ya no recordaría el rostro, ni la voz, pero sí la bruma, como una caricia triste.

La Puerta de Hierro cedió, y más allá aguardaba la cámara donde el Lucentio palpitaba, suspendido sobre un abismo de luz y armonías nunca antes oídas. El velo de pétalos se arrodilló y suplicó palabras de revelación cuyo significado escapaba a comprensión humana.

Galdric avanzó, acunando en su pecho el vacío, y tendió la mano. El Lucentio le habló con mil voces apagadas, le mostró la trama entrelazada de todos los sueños y pérdidas. Y le ofreció un trato: sobreviviría a su propio olvido y sería custodio de la gema—pero a costa de ser, desde ese instante, invisible para el mundo que había dejado atrás, memoria murmurada en leyendas y pesadillas.

Aceptó, y la luz del Lucentio —ardiente, piadosa, infinitamente cruel— lo reescribió. Cedió su nombre y su rostro a los archivos eternos, quedando solo su paso por los corredores del destino, guardián e invitado perpetuo de aquello que deslumbra y redime, y cuyo costo jamás termina de pagarse.

En los límites de Finndenyl, cuando el viento se arremolina y la luna recuesta su cabeza entre los sauces, los habitantes perciben a veces una silueta sin sombra recorriendo el sendero olvidado, y sienten, en el borde del sueño, una punzada de nostalgia y renuncia. Y así, la herida y la estrella siguen la danza, mientras los hombres sueñan con lo inalcanzable, sin saber—o tal vez sabiéndolo perfectamente—que a veces el sacrificio es el sendero más largo y más cierto hacia la propia verdad.

Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Tras la puerta
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.