Fragmento:
Hay una grieta en el suelo del dormitorio de Hélène, una línea tan delgada que podría confundirse con la sombra que lanza una aguja olvidada. Hélène la descubrió una madrugada, cuando la ciudad dormía bajo la quietud densa del verano y su pensamiento flotaba, disgregado, entre la idea del sueño y la persistencia de la vigilia. Se arrodilló frente a la grieta, como alguien que busca alivio en el ritual de una plegaria. Al acercar el oído, creyó oír algo, un leve murmullo, como el roce de mil páginas, infinitamente pequeñas y apiladas una sobre otra en lo más oscuro.
Duración: 04:19
Hay una grieta en el suelo del dormitorio de Hélène, una línea tan delgada que podría confundirse con la sombra que lanza una aguja olvidada. Hélène la descubrió una madrugada, cuando la ciudad dormía bajo la quietud densa del verano y su pensamiento flotaba, disgregado, entre la idea del sueño y la persistencia de la vigilia. Se arrodilló frente a la grieta, como alguien que busca alivio en el ritual de una plegaria. Al acercar el oído, creyó oír algo, un leve murmullo, como el roce de mil páginas, infinitamente pequeñas y apiladas una sobre otra en lo más oscuro.
La grieta, pensó, era la vecindad entre dos mundos. No mundos distintos, sino lados posibles de una sola moneda lanzada al aire que, sin decidirse a caer, permanece girando eternamente. Era tentador dejarse llevar por la simplicidad y decir que un mundo era el de los vivos y el otro el de los muertos, pero Hélène había leído demasiado a Pessoa y a Kierkegaard para caer en tal romanticismo. No: los dos lados eran versiones de sí misma, ella y otra ella, otro pensamiento, otras decisiones pero idéntica conciencia, que a veces —solo a veces— sentía que la observaba a través de sus propios ojos.
Las noches siguientes, la mujer procuró dormir boca abajo, con el oído a la grieta. Tenía el presentimiento de que, si lograba sintonizar la frecuencia sutil de aquella fractura, podría escuchar más claramente. Así transcurrieron semanas. Aprendió, poco a poco, a distinguir palabras en el susurro indeciso: frases sueltas (“toca tus labios para saber que existes”) y nombres extraños (“Anatole, el que siempre se marcha antes de llegar”). ¿Eran recuerdos que ascendían, como burbujas, desde el fondo de sí misma? ¿O mensajes cruzados por otra Hélène, atrapada en el revés de su propia realidad?
En las tardes, cuando la luz caía oblicua, Hélène arrojaba objetos sobre la grieta, casi impulsivamente: una moneda, un botón, un pétalo marchito. Nunca los encontró después. Más aún, con cada objeto perdido, percibía una ligereza creciente, como si el acto de perder la posesión de aquellos signos mínimos fuera también soltar ataduras, permitir que su identidad se destejiera, una trama de la que los hilos pueden ser removidos sin que el tejido se resienta, hasta el momento en que una sola hebra, retirada, precipita el desmoronamiento final.
Un mediodía, Hélène, sentada de espaldas al ventanal, dejó caer a la grieta una hoja en blanco. No era solo una hoja, sino la promesa de una carta que no había escrito y que posiblemente no escribiría nunca. Esa noche soñó —o creyó soñar— que la otra Ella recogía la hoja del otro lado del umbral, la observaba con reconocimiento y comenzaba a escribir en ella, pero la tinta formaba palabras que Hélène no podía leer, y que solo podía intuir como significados ya vividos, eternamente repetidos en los meandros del pensamiento.
¿Por qué le importaba tanto la grieta? ¿Por qué atender los susurros y abandonarse a su vértigo? ¿Era la nostalgia de una originalidad que nunca había tenido, o la intuición de que toda frontera es, en verdad, una invitación al cruce, un llamado a la traición del propio ser? Hélène supo, con amargo placer, que jamás podría sellar la grieta ni dejar de escucharla. O, peor aún, que la grieta era ella misma, y lo que oía era el eco de su voz multiplicado por la infinidad de sus yoes posibles, en universos donde había elegido el té en vez del café, el exilio en vez de la reconciliación, el recuerdo en vez del olvido.
Al final, sentada ante la lámpara —que manchaba el aire con un círculo dorado—, Hélène sonrió al saber que era irrelevante si la grieta era real o imaginaria. Había aprendido a habitar la duda, a aceptar la simultaneidad de opuestos, la danza de las posibilidades. Cerró los ojos y vio, no la oscuridad, sino un caleidoscopio de escenas, historias ramificadas donde cada decisión generaba un mundo, cada grieta era una puerta, cada sombra guardaba una promesa.
En ese instante, la grieta —cansada de ser observada— decidió, finalmente, soñarla a ella. El mundo se replegó sobre sí mismo, mientras el murmullo de las páginas seguía, incesante, hasta que todo se resolvió en la música sutil de una posibilidad interminable.
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