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Portada del relato Sombras de un viajero
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Fragmento:


Una noche, mientras explora los pasillos, Elías encuentra una puerta azul que nunca había notado antes. Está ligeramente entreabierta y, tras ella, sólo hay una luz pálida y brumosa. Avanza, empujado por una mezcla de temor y curiosidad, y descubre un jardín extraño. Un lugar donde los árboles crecen hacia abajo, enraizando en la niebla, y pequeños relojes de péndulo cuelgan en lugar de frutos de sus ramas invertidas. El sonido de los relojes es tenue, como la música de un río lejano, pero inmediatamente comprende que miden el tiempo de sus pensamientos.

Duración: 04:16

Sombras de un viajero
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Al principio, antes de la primera conciencia, sólo había un fulgor difuso. De esa luz antigua emergen, a veces, certezas y dudas, formas y vacíos que se rozan sin acabar jamás de mezclarse, como el humo y el viento. En uno de esos márgenes de la realidad, existe un hombre llamado Elías. Quizá más que un hombre, es el trazo que una mano indecisa deja en un papel desconocido; quizá sólo ha cerrado los ojos y está soñando que es él mismo.

Elías habita en una casa donde las paredes cambian de sitio mientras él duerme. No tiene ventanas: las habitaciones se abren en corredores que giran en espiral, descendiendo hacia habitaciones cada vez más oscuras y silenciosas. El techo nunca está allí donde recuerda haberlo visto la noche anterior. Cada objeto parece sugerirle una historia diferente sobre el origen de ese mundo doméstico y voraz.

Una noche, mientras explora los pasillos, Elías encuentra una puerta azul que nunca había notado antes. Está ligeramente entreabierta y, tras ella, sólo hay una luz pálida y brumosa. Avanza, empujado por una mezcla de temor y curiosidad, y descubre un jardín extraño. Un lugar donde los árboles crecen hacia abajo, enraizando en la niebla, y pequeños relojes de péndulo cuelgan en lugar de frutos de sus ramas invertidas. El sonido de los relojes es tenue, como la música de un río lejano, pero inmediatamente comprende que miden el tiempo de sus pensamientos.

En el centro del jardín se encuentra una fuente, pero el agua no fluye: está detenida en el instante mismo de su caída. Al mirarse en la superficie inmóvil, Elías no ve reflejado su rostro, sino una galería de figuras que lo observan en silencio. Son él mismo en distintos momentos, distintas edades y emociones, dispersas en los pliegues de la memoria o en lluvias que nunca cayeron. En cada reflejo, un pequeño gesto se repite: un parpadeo, una sonrisa tenue, una lágrima detenida antes de comenzar su camino por la mejilla.

Elías se pregunta el significado de esa multiplicidad fragmentada. Se arrodilla ante la fuente y susurra una pregunta simple: “¿Quién soy entre todos estos?” El eco de su voz se disuelve en la niebla, y, por un momento, le parece escuchar muchas voces diferentes respondiendo, solapándose entre sí, pero todas incompletas.

De repente, siente la presencia de alguien a su espalda. Al volverse, no encuentra una figura humana, sino una criatura hecha de palabras, construida con frases imprecisas y sombras de ideas, como si los pensamientos reprimidos de una multitud hubiesen tomado forma corpórea. La criatura le sonríe con labios de tinta y le ofrece un espejo pequeño, ovalado, en cuya superficie no hay imagen alguna.

“¿Por qué buscas respuestas donde sólo hay preguntas?” le inquiere la criatura de palabras. “Más allá de cada versión de ti, hay otra pregunta, y cada respuesta es sólo un puente a un nuevo abismo.” Elías siente el vértigo del infinito temblar en su pecho, pero duda en marcharse. El jardín le seduce con la calma de sus relojes y la promesa de un sentido posible.

Mientras soporta la mirada vacía del espejo, Elías experimenta una transformación sutil: la casa, el jardín, los reflejos y hasta la criatura comienzan a replegarse sobre sí mismos, convirtiéndose en símbolos de algo más grande. Comprende de pronto que no hay centro, ni frontera definida entre su mente y el universo; que cada pregunta es la infancia de otra, y que las respuestas son hijos pronto huérfanos.

Cuando cree que todo se disolverá, una campana invisible resuena. Elías descubre en sus manos la llave que nunca supo que tenía, y que ahora necesita: una clave que sólo encaja en puertas que nadie ha sabido construir. Y en ese último instante entre el ser y el dejar de ser, siente la posibilidad remota, incluso dichosa, de elegir continuar cruzando umbrales, aunque no haya promesas de destino, sino sólo el asombro y el temblor de la próxima pregunta.

Al final, cuando la luz vuelve a difuminarlo todo, Elías no recuerda si fue un hombre, un pensamiento, o un sueño de alguien más. Pero, tras la última puerta, aprende que las preguntas no son trampas, sino jardines: allí donde el tiempo escurre, como agua quieta, en los espejos de todos nosotros.

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