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Portada del relato La igualdad de las sombras
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Fragmento:


Durante semanas ese fenómeno se repitió. En las fachadas de los autos, en los charcos, detrás de las copas de vino en los restaurantes semivacíos a los que acudía con la esperanza de algún encuentro verdadero, siempre veía cómo su otro yo –ese reflejo– actuaba con libertad. A veces bailaba, a veces lloraba, a veces dormía mientras Ema, la real, apenas sentía el embotamiento de la rutina, las preguntas pequeñas y los silencios densos de los días adultos.

Duración: 04:09

La igualdad de las sombras
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Ella se llamaba Ema. Ema, que caminaba por las calles con el paso de quien no pregunta al tiempo, se detenía cada cierto tramo a observar las vitrinas: buscaba el reflejo de sí misma, pero nunca lo encontraba del todo. Se preguntó alguna vez si había un error óptico, si la luz la ignoraba, o si era ella la que, a fuerza de olvidar algún detalle esencial de su propia existencia, se volvía borrosa ante el mundo. En la ventana de una pequeña tienda de flores, en donde los tulipanes parecían flotarle en el cristal, Ema se enfrentó al eco pálido de su rostro y descubrió una extraña diferencia en su gesto. Su reflejo sonreía cuando ella no.

Durante semanas ese fenómeno se repitió. En las fachadas de los autos, en los charcos, detrás de las copas de vino en los restaurantes semivacíos a los que acudía con la esperanza de algún encuentro verdadero, siempre veía cómo su otro yo –ese reflejo– actuaba con libertad. A veces bailaba, a veces lloraba, a veces dormía mientras Ema, la real, apenas sentía el embotamiento de la rutina, las preguntas pequeñas y los silencios densos de los días adultos.

Una tarde, interrogándose por esta desconexión, Ema decidió seguir un orden minucioso. No haría un solo gesto sin mirar a la vez a su reflejo. Se cepilló el cabello frente al espejo, se lavó los dientes, leyó a media voz un poema aprendido en la infancia. El reflejo siempre pero siempre, tomaba decisiones distintas. Giraba la cabeza cuando Ema la inclinaba, miraba hacia la derecha cuando ella miraba a la izquierda. Sin embargo, lo más inquietante vino al atardecer, cuando una línea de sol cruzó su habitación y el reflejo le habló, le susurró algo incomprensible.

Trató de moverse, de comprobar si había caído en el sueño. La experiencia era de otra materia, de una densidad que rozaba la realidad con esa electricidad de lo irreal. Llamó a su mejor amigo, Tomás, para contarlo. "¿Alguna vez has notado que tus ideas se anticipan a ti mismo, como si alguien te dictara lo que vas a pensar?" él le respondió, y Ema comprendió que la pregunta encerraba una trampa mayor.

Al día siguiente, Ema decidió no salir de casa. Sentía vértigo ante la posibilidad de dejarse capturar por la vida de su reflejo. Se sentó junto a la ventana, observando la ciudad. Veía, en las otras ventanas, otros cuerpos, otras sombras, hombres y mujeres que, como ella, permanecían atentos a un punto fijo fuera de sí. Supo entonces que todos están divididos en la vida: lo que ocurre y lo que se piensa; la idea de sí mismo y el eco que esa idea produce. Ningún espejo da la imagen completa, ningún recuerdo acuerda con exactitud lo sucedido.

En la radio –ese rumor ajeno que llenaba las habitaciones de su niñez– escuchó una voz hablar del multiverso, de realidades paralelas. Pensó que, quizá, su reflejo no era una duplicación simple, sino una bifurcación invisible en la trama del ser. En algún lugar, la Ema reflejada poseía la valentía, la espontaneidad, las palabras que ella ahorraba por miedo.

La tarde fue avanzando y en su reflejo vio que la figura del espejo se alejaba. Fue apoderándose de las sombras de la habitación, girando, buscándose en los objetos, hasta quedar inmóvil en la penumbra. Notó entonces que no saber si ella era la original o la copia no cambiaba nada. Ni la certeza ni la duda la rescatarían de la grieta sobre la que se sitúa toda conciencia adulta: vivir en la sospecha permanente de que nada de nosotros es definitivo.

En el último momento del día, Ema apagó la luz, quedó en la oscuridad total, preguntándose si su reflejo, en el otro lado del cristal negro, haría lo mismo. ¿Se apagaría? ¿O seguiría viviendo allí para siempre, pensando sin cesar, esperando, como ella, el instante en que todo encaje, al fin, dentro de la conciencia incomparable de lo vivido y lo soñado?

Nada respondió. Aunque, acaso, desde algún pliegue remoto, sintió una risa débil, la suya o la otra, marcando la irónica certeza de estar siempre siendo observada, en el único teatro donde el público y el actor son el mismo, y ningún aplauso marca el final de la función.

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