Antes de que la luna roja se alzara sobre los picos fracturados de Jorram, la taberna de la Fronda Dorada ya era un hervidero de murmullos mezclados con el humo de brasas viejas y el olor agrio del vino mediocre. A un rincón, donde la llama titilante de una lámpara apenas se atrevía a rozar los contornos de su figura, la hechicera Lirienne removía despacio el líquido de una copa, la mirada distante, los cabellos como un río nocturno cayendo sobre su cota de escamas. Frente a ella, una sombra de hombre, corpulenta pero angulosa, se mantenía inmóvil —solo su voz, áspera por la distancia y el polvo acumulado de los caminos, rompía el espacio que entre ambos amenazaba con crecer.
—Te he seguido tres días y tres noches —dijo el hombre, apoyando la empuñadura de una espada vieja contra la mesa—. Dicen que puedes romper un corazón con solo mirarlo.
Lirienne sonrió, agotada y peligrosa—. Y tú, ¿has venido a ofrecer el tuyo, o a pedirme que rompa otro?
—He venido a comprarte, bruja. Por siete monedas de obsidiana y la mitad de las caricias del infierno.
Un silencio poblado de ecos lejanos—aullidos, tal vez, del viento o de algo más antiguo—se extendió entre ambos. Lirienne golpeó la copa, atraída a regañadientes por el magnetismo oscuro de la oferta.
—¿A quién quieres ver morir?
El hombre se inclinó, el verde tóxico de sus ojos grabándose en el recuerdo de ella como un veneno que no se olvida—. A un dios—susurró—. O a una sombra tan vieja que se ha hecho pasar por uno.
Y en esa respuesta ardió algo vivo, algo que arrastró a ambos fuera del círculo protector de la taberna y hacia la noche en la que solo los desesperados y los monstruos se atrevían a caminar.
El bosque de Karnath era un laberinto de raíces y lamentos, más allá del cual la realidad cedía terreno a lo inexplicable. Los árboles, altos y torcidos como manos de gigantes muertos, trenzaban la sombra hasta hacer imposible el paso de la luz. Lirienne y el hombre, que respondía solo al nombre de Marrek, avanzaron en silencio, guiados por una brújula bruñida con huesos de roedor y la promesa de una muerte poderosa.
Cada noche, mientras acampaban entre las ruinas cubiertas de moho, Lirienne escuchaba el zumbido de un conjuro pasado, algo no del todo muerto en su interior; cada amanecer, Marrek afilaba su vieja espada y la miraba con la paciencia de un verdugo o un penitente.
A la quinta noche, al pie de una escalinata cubierta de líquenes que se retorcía hacia el corazón del bosque, encontraron la primera señal: un círculo de piedras, cada una tallada con runas idénticas a las cicatrices que Marrek llevaba en el pecho desnudo.
Lirienne apoyó la mano sobre la piedra más cercana; sintió un calor agrio, un eco de plegarias antiguas.
—Aquí murió alguien con poder —dijo ella en voz baja.
—Aquí comenzó la mentira que ahora me devora —respondió Marrek, y apretó el puño hasta que la sangre manchó la empuñadura de su espada.
Era la señal que ambos esperaban. El camino se torció hacia abajo, en cada curva el aire era más denso, la oscuridad más intencionada, casi tóxica. Pronto Lirienne comprendió que se adentraban en las tripas de algo que había nacido para devorar a los vivos y recordarse mal entre los dioses.
No hablaban mucho. Solo los actos importaban: Lirienne trazaba runas de fuego en el aire cuando alguna criatura intentaba devorarlos —bultos leprosos sin forma fija, aulladores hechos de hambre y niebla—, y Marrek, con la precisión de quien ha matado tantas veces que la culpa ya es solo un vago eco, abría vientres y cercenaba extremidades fantasmales sin pestañear.
Al séptimo día, llegaron a una cámara de pared curva e irregular que olía a hueso quemado y esperanza corrompida. En el centro, colgando de hilos de sangre como una marioneta olvidada por los dioses, aguardaba la Sombra: una amalgama de bocas, dientes, ojos y lágrimas negras.
Marrek avanzó primero, la espada en alto, y la Sombra habló con todas las voces de todos los que había devorado:
—¿Crees que puedes matarme, hijo de la traición y el ansia?
Lirienne sintió su piel hervir; los ojos de la Sombra la atravesaban, resucitaban sus miedos, sus deseos de destrucción y ternura. Todo el bosque parecía plegarse, esperar el desenlace como si la misma tierra necesitase la respuesta.
Marrek no respondió con palabras. Corrió hacia la Sombra, y Lirienne, por primera vez en años, sintió miedo verdadero: por él, por ella, por todos los fragmentos de sí mismos que iban a perder en las fauces de lo imposible.
Fue una batalla sin testigos, una danza donde magia y metal se entrelazaron alrededor de la muerte. Lirienne rugió con palabras que le desgarraron la garganta, ríos de fuego hendiendo el aire. Marrek cortó y sangró y gritó nombres que no eran suyos, la espada relampagueando, cada tajo arrancando un trozo de mentira a la Sombra.
Solo cuando la Sombra se retorció finalmente en el suelo, humeante y jadeante de odio y dolor, Marrek cayó de rodillas, exhausto, sus ojos tan vacíos como la cueva misma.
Lirienne se acercó—lenta, temblorosa—y le tendió la mano.
—¿Y ahora? —dijo.
Marrek alzó la mirada. No era el hombre que había entrado en el bosque.
—Ahora —susurró—, vivimos con lo que hemos destruido.
Y en la noche que siguió, bajo la luna roja, no hubo certezas ni redención, solo el temblor persistente de dos supervivientes, y la oscuridad, animal paciente, aguardando su próximo festín.
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