Fragmento:
Caminaba ahora hacia una promesa rota, arrastrando las botas como quien arrastra los pecados. Había jurado a su hermana no volver a jugar con arte arcana, no prestar oído al conjuro ni dejar que su alma fuera el ancla para ningún otro pacto oscuro en las ruinas del Viejo Reino. Ella no cumplió la promesa. Ella nunca cumplía.
Duración: 05:24
El hedor a sangre era lo primero que notabas en Niraleth, mucho antes de que tus botas tocaran el empedrado antiguo, mucho antes de ver la niebla apagada que se enredaba entre los pilares caídos y las gárgolas decapitadas. En Niraleth, la verdad nunca se pronunciaba con palabras; se grababa en las cicatrices. Liris la sabía bien. Barriendo con la vista la plaza mayor, reconoció las grietas que la luna hilvanaba en la piedra y el rumor sordo de pasos no humanos arrastrándose entre los arcos, alimentando el miedo como mendigos hambrientos.
A pesar de ser aún joven para sus estándares, Liris ya portaba más cargas de las debidas. Su cota de malla, ennegrecida por cenizas antiguas, resonaba con el latido espectral de un acero que no olvidaba su historia. Tenía un rostro severo y una mirada que rozaba la locura: la consecuencia inevitable de años de trato con lo innombrado. Del cinturón colgaba la daga de Vidrion, mortífera para todo aquello cuyas venas no portaran sangre humana.
Caminaba ahora hacia una promesa rota, arrastrando las botas como quien arrastra los pecados. Había jurado a su hermana no volver a jugar con arte arcana, no prestar oído al conjuro ni dejar que su alma fuera el ancla para ningún otro pacto oscuro en las ruinas del Viejo Reino. Ella no cumplió la promesa. Ella nunca cumplía.
El encargo llegó en forma de carta, sellada con lacre azul: “Regresa a la ciudad cuando caiga la sombra más larga. Allí me hallarás, donde el eco llora.” Releyó las palabras como se reza una profecía, desmenuzándolas en busca de veneno o verdad.
El eco, pensó, era fácil de encontrar en Niraleth, pero el llanto ya no era privilegio de los vivos. Los muertos la miraban desde los umbrales. Los vivos evitaban su sombra. La ciudad era una herida, y su alma, la sal.
Sigilosa, mantuvo la mano en la empuñadura de la espada, sintiendo la vibración cuando el aire tembló. De las sombras emergieron criaturas de formas rotas, miembros doblados en ángulos imposibles y alientos hilados con hilos de magia. Iban a por ella; iban, porque la calleja estaba marcada para la caza esa noche. Liris alzó la hoja. Sintió un escalofrío de poder recorrer la empuñadura: la magia atrapada en el metal rugía por libertad.
No hubo compasión en la batalla. El primer adversario cayó aferrándose a la garganta hendida, la sangre derramándose sobre los adoquines consumidos por musgo. Otro intentó deslizarse por la espalda, pero la daga de Vidrion danzó a ciegas, guiada por un instinto profundo, y encontró el costado. Cada vez que la sangre ajena tocaba su hoja, Liris sentía el leve susurro de una lengua sin nombre acariciándole el oído.
Al terminar, quedó de rodillas entre cuerpos templados por la muerte, y no supo si su respiración era un sollozo o un juramento. Levantó entonces la vista hacia la torre de los Olmos, donde antiguamente los hechiceros del reino pronunciaban el amanecer de una nueva era. Ahora, la torre era ocupada por otra clase de habitantes.
Avanzó, con el eco de los pasos de su niñez persiguiéndola. Nadie la detuvo; la ciudad reconocía a sus hijos desheredados. Subió los escalones gastados por generaciones de pies ambiciosos. En la cámara superior, encontró lo inconcebible: no a su hermana, sino a un hombre envejecido, el mismo que había jurado proteger a ambas cuando el mundo aún guardaba esperanzas. La barba gris, los ojos quemados por recuerdos y la presencia de alguien que había manejado más el poder que la compasión.
Hablaron en susurros, conscientes de que la magia escuchaba. Hablaron de pactos olvidados, de deudas que solo la sangre podía saldar. El hombre traía noticias espectrales: la hermana de Liris había abierto la puerta sellada en el Mausoleo de los Cuervos, y lo que había liberado ahora tenía hambre de carne, alma y sueños.
Liris sintió, como una punzada en las sienes, la vieja sed de poder. El hombre le ofreció la elección: buscar a su hermana y sellar la brecha, o abandonar para siempre la ciudad al destino que ella misma había precipitado. Se miraron, dos reflejos de una historia que solo conocían los que han perdido demasiado.
Según descendía de la torre, la luna la observaba con ojos de testigo. Atravesó las criptas donde los hechiceros reposaban, atravesó el frío sudor de la piedra donde los cuervos anidaban en bocas abiertas de estatuas extraviadas. Siguió el rastro del conjuro roto, percibiendo en el aire el hedor a ozono y la vibración latente del caos.
Halló la brecha. Era un resquicio de pura oscuridad; no la ausencia de luz, sino la negación absoluta de existencia. Su hermana estaba al filo, contemplando lo imposible con ojos devorados por el abismo. “¿Por qué, Liris?” murmuró, con la voz de todos los muertos de Niraleth.
Y Liris no encontró respuesta. Solo tenía la daga, el juramento, y la certeza absoluta de que la magia siempre toma lo que exige, o algo más.
El combate allí fue distinto. Palabras antiguas, pronunciadas con la lengua de los fantasmas, formaron un círculo de acero y sortilegio alrededor de ambas. El destino no tenía favoritos: sangre, dolor, sacrificio.
Cuando la brecha se cerró, solo una sombra cayó al piso de la cripta, acunada por la sangre y el arrepentimiento.
Niraleth no cambió. Pero en la piedra, donde antes sólo había cicatrices, ahora también había un nombre grabado: el de quien mantuvo la promesa rota, pagando el precio que nadie desea saldar.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.