Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Powerless (edición especial limitada)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
La inspectora gitana
La grieta del silencio
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Portada del relato El eco tardío
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Fragmento:


Sentada junto a la mesa, observó su reflejo en el vaso de agua. Tenía el cabello recogido en un moño apretado, la expresión permanente de fatiga en los pómulos y los ojos opacados por el peso del tiempo. La carta era breve, apenas cuatro líneas escritas con la torpeza de quien ha olvidado cómo dirigirse a otro: "Selma, no sé si debí escribirte pero no tengo a quién más. Estaré en el banco del parque a las cinco. No lo repensaré más. Si vienes, hablamos. Si no, lo entenderé." Sin firma, aunque no la necesitaba.

Duración: 05:21

El eco tardío
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La luz de la tarde penetraba oblicua por las ventanas del tercer piso, manchando el suelo en franjas temblorosas que no alcanzaban a calentar el aire cargado. Selma sostuvo la carta en sus manos temblorosas, leyendo el remitente por enésima vez sin atreverse a romper el sello. En la cocina, la vieja radio escapaba de la estática sólo para traicionar canciones conocidas, como si el pasado intentara filtrarse a través de esas letras para instalarse otra vez en la pequeña sala.

El teléfono había sonado esa mañana, mucho antes de que llegara el cartero. Nadie habló del otro lado, pero de alguna manera Selma supo que era Milo. Llevaba cuatro años sin verlo, desde que la fábrica donde ambos trabajaban cerró las puertas y la marea del desempleo los empujó a sitios distintos: ella a cargos ocasionales en casas ajenas, él a la deriva de la ciudad donde las promesas se multiplicaban como espejismos.

Sentada junto a la mesa, observó su reflejo en el vaso de agua. Tenía el cabello recogido en un moño apretado, la expresión permanente de fatiga en los pómulos y los ojos opacados por el peso del tiempo. La carta era breve, apenas cuatro líneas escritas con la torpeza de quien ha olvidado cómo dirigirse a otro: "Selma, no sé si debí escribirte pero no tengo a quién más. Estaré en el banco del parque a las cinco. No lo repensaré más. Si vienes, hablamos. Si no, lo entenderé." Sin firma, aunque no la necesitaba.

Se levantó para buscar su abrigo. La alfombra crujió bajo sus pasos y, al abrir la puerta, el aire la golpeó con el olor del asfalto tibio y la humedad de un verano dilatado. En el vestíbulo, la señora Grant —vieja vecina, aún mejor para enterarse que para ayudar— le dirigió una mirada curiosa. Selma inclinó la cabeza sin decir palabra, tragándose la pregunta que la otra mujer estaba a punto de hacer pero nunca se atrevía a formular del todo.

La ciudad parecía suspendida: el ruido de los autos, perezoso; los niños en las esquinas, sentados sobre los escalones, como esperando una señal. Selma tomó la avenida principal, evitó mirar los escaparates que habían cambiado de dueño mientras ella perdía lo poco que tenía, y apretó el paso cuando divisó el parque. El banco estaba libre, salvo por Milo, sentado con los hombros recogidos, girando entre sus manos una gorra ajada.

Al acercarse, Milo levantó la cabeza. Sus facciones mostraban la misma fatiga que la de Selma, los surcos de la incertidumbre acumulada en el entrecejo y la boca. Ninguno habló durante unos minutos; fue ella quien finalmente rompió el silencio:

—Creí que no volvería a saber de ti.

Milo sonrió, una mueca más que un gesto verdadero.

—No pensé que me animaría a buscarte. Pero últimamente las paredes se me cierran y no encuentro a quien recurrir.

Selma se sentó a su lado, un espacio prudente entre ambos, y miró las manos de Milo, cicatrizadas por mil oficios.

—Dijiste que querías hablar. Aquí estoy.

Él bajó la mirada.

—He pedido trabajo en todos lados. Me prometieron algo en la fundición pero, después de hacerme ir semanas, contrataron a otro. Hoy me echaron del albergue. Hace días que duermo en las estaciones. No es sólo por mí; Saffron también está en problemas.

Selma frunció los labios al oír el nombre. Saffron era la hermana menor de Milo, siempre saltando de un desastre a otro, y siempre alguien debía recoger los pedazos.

—No tengo mucho —admitió Selma—. Apenas llego a fin de mes con las limpiezas y los turnos en la lavandería. Pero puedo intentar...

Milo negó con la cabeza, interrumpiéndola.

—No vengo a pedirte eso. Pero tú… tú recuerdas cómo era antes, ¿no? Antes de que todo esto se viniera abajo.

Selma contempló el parque: los arbustos raquíticos, los cestos repletos de basura, el vendedor de helados dormitando detrás de su carrito vacío. ¿Cómo explicarle a Milo —o a sí misma— que a veces la memoria es el peor enemigo?

—Recuerdo más de lo que quisiera.

Milo inspiró hondo.

—Hace tiempo pensaba que si luchaba lo suficiente algo cambiaría. Pero uno se cansa, Selma. Uno va cediendo pedazos de sí hasta no saber qué queda. Primero mis cosas, luego mi casa, y ahora… ahora temo que lo siguiente sea mi dignidad.

Selma lo miró, viendo en él la imagen reflejada de su propio agotamiento.

—No somos los únicos. La gente vive así cada día, balanceando en el filo de lo posible, tragándose las ganas de gritar.

El silencio cayó de nuevo, mientras la tarde se volvía naranja y las primeras sombras invadían el parque. La ciudad seguía su curso indiferente, arrastrando consigo a miles como ellos.

—Podríamos intentarlo juntos —dijo finalmente Milo—. Buscar algo, algún trabajo, algún lugar. No para resolverlo todo, pero para no estar solos.

Selma observó el remolino que hacía el viento con las hojas caídas, el gesto cansado de Milo, y pensó en todo lo que no podía cambiar. Pero sí podía elegir no dejar que otro día se hundiera en la resignación.

—Está bien —respondió, casi en un susurro—. Lo intentamos. Pero solo si tú prometes no desaparecer otra vez.

Milo asintió, los ojos brillando bajo el brillo tenue del alumbrado público.

—No lo haré —dijo—. Esta vez no.

Juntos, se levantaron del banco y comenzaron a caminar despacio, sin destino aún, bajo los faroles que encendían la noche y las cicatrices que, aunque invisibles, continuaban marcando sus pasos.

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