Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
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Portada del relato Sábanas húmedas
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Fragmento:


Marco, detrás de la puerta, masculla un insulto, no se sabe si para ellas, para el gobierno, o para sí mismo. Hace días que no trae otra cosa que gritos. Inés no quiere escuchar ni una sola palabra más. Espera un tipo de milagro absurdo que no llegue, tal vez una llamada que cambie el ritmo de todo, una noticia en la televisión, un apagón total. Se odia a sí misma por esa esperanza quieta y clandestina.

Duración: 04:02

Sábanas húmedas
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"Yo no quiero salir", dice Inés, sentada al borde de la cama. Se ha puesto la camiseta más vieja y menos favorecedora que encontró en el sucio armario; el algodón cuelga como una piel marchita. El reloj de la pared, encima del radiador que no funciona, marca una hora imposible: 3:40. La noche avanza en las calles de la ciudad, poblada de sonidos viscosos y luces bajas, y adentro, su hija Carla deja que el agua de la ducha corra, ruido que se mezcla con el temblor de sus dientes. Hace frío, pero la humedad de la casa se siente como sudor seco en las paredes.

Marco, detrás de la puerta, masculla un insulto, no se sabe si para ellas, para el gobierno, o para sí mismo. Hace días que no trae otra cosa que gritos. Inés no quiere escuchar ni una sola palabra más. Espera un tipo de milagro absurdo que no llegue, tal vez una llamada que cambie el ritmo de todo, una noticia en la televisión, un apagón total. Se odia a sí misma por esa esperanza quieta y clandestina.

Carla aparece envuelta en una toalla que no le cubre nada. Tiene el cabello pegado a la frente y los ojos, como su madre, demasiado abiertos. "¿Vamos de verdad?", pregunta, aunque sabe la respuesta. En el barrio, salir de noche es una moneda al aire y el único supermercado que admite su tarjeta de ayuda cierra en cuarenta minutos. Sabe que si no van, mañana no desayunan nada salvo agua de la canilla y quizá, si Marco no lo ha gastado, un paquete de galletas húmedas.

"Sólo vamos hasta la esquina", susurra Inés, pero son palabras para sostenerse, no para convencer. A Marco le enfurece que salgan, pero no se va a levantar de la cama. Desde hace semanas solo se mueve para buscar otro vaso de vino barato y para amontonar botellas sobre la mesa que fue de madera y ahora es de ceniza y polvo. La noche anterior, Inés intentó dejarle uno de los panfletos que reparten en el hospital —“Ayuda para quienes sufren violencia familiar”—, pero él ni lo vio.

En el pasillo apretado entre los muebles que algún vecino les prestó, tropiezan con la sombra larga del gato. El animal hace semanas que no sale por miedo a los petardos y los perros, duerme en la caja de los zapatos. Intentan no mirarse en el espejo rajado junto a la puerta: allí, sus cuerpos parecen aún más agotados, deformados por la línea cruenta del vidrio.

En la calle, el aire huele a fritura y a lluvia estancada. Caminan rápido, Carla se aferra al brazo de su madre como si alguien pudiera arrancarla de allí. Dos hombres sentados bajo un toldo las miran, no dicen nada, pero tampoco hace falta. Alguien grita desde una ventana cerrada del séptimo piso. Un coche pasa despacio, los faros las bañan de luz sucia.

En el supermercado las luces blancas lastiman los ojos. Hay una fila larguísima y el guardia de seguridad, encorvado, parece un perro cansado de ladrar. Inés elige pan de molde y leche, observa los precios como si pudiera convertir algo más con una sola mirada. Carla intenta buscar algo dulce, un consuelo diminuto, pero la mano de la madre en su hombro la devuelve al silencio.

El hombre delante de ellas tiene las uñas comidas por la mugre y compra una sola lata de cerveza. "¿Tan chica y tan despierta?", murmura mirándola a Carla, pero nadie responde. Un globo de plástico rojo, enganchado en la góndola, se suelta y asciende lento. Por un segundo parece que alguien podría reír. No ocurre.

Cuando vuelven, la soledad parece multiplicada. La casa huele a detergente viejo y vino. Marco no está visible, pero su presencia pesa en el aire, una amenaza disuelta pero constante. Inés apila el pan y la leche en la mesa y Carla se mete en la cama, con la toalla mojada todavía bajo la espalda. A las cuatro, la oscuridad ya no es negra, apenas un respiro a punto de romperse. Inés contempla el techo astillado, escucha los sollozos que Carla intenta ocultar. Afuera, un trueno anuncia la llegada de otra lluvia, y adentro, la esperanza se rinde, minuto a minuto, como una gota persistente en la madera podrida.

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