El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. Sabía que al cruzar la esqu...
En la ciudad de Umbría los edificios viejos nacían como líquenes entre el neón y las arterias de concreto, y aún conservaban sus cicatrices de otra era: frontis carcomidos, aldabas enojadas. Era octubre, y el olor a castañas asadas se mezclaba...
No había nacido en la ciudad, pero no podía recordarse en otra parte que no fuera esta marea de tejados y humo reclamando el horizonte. Se llamaba Alina, aunque poca gente se molestaba ya en preguntar nombres. En cambio, preguntaban la hora, pregu...
Había una puerta oculta detrás de la puerta principal de la Antigua Biblioteca de la ciudad. Nadie sabía de su existencia salvo quienes despertaban susurrando su nombre en sueños —Wilfrid, ahora quinto año entre los estudiosos del pulmón de ...
La ciudad no duerme. No, no como dicen los turistas, atónitos frente a las fachadas goteantes de lluvia, ni como entienden los que corren de oficina en suburbio y se pierden al alba en callejuelas. La ciudad respira; el humo de sus pulmones inunda ...
En la ciudad nadie mira arriba. Nadie nunca lo hace—demasiadas luces abajo, demasiados peligros al ras del suelo, y demasiado miedo a encontrarse con algo que no debería estar allí, porque cuando uno vive en una ciudad como esta, las alturas cul...
Suena el timbre del tranvía a medianoche, ese tintineo desgastado que vibra en los huesos de la ciudad y que pocos, muy pocos, logran escuchar desde sus apartamentos clavados en el concreto como uñas. Nora camina por la avenida arbolada, las sombra...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. Sabía que al cruzar la esqu Leer más...
Había una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. Leer más...
La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nom Leer más...
La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabían, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olía a vino Leer más...
Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oída en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios Leer más...
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupià Leer más...
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