Fragmento:
Había una vez, mucho antes de las eras sobre las que la gente canta, una tierra que nadie recordaba en los cuentos junto al fuego. Allí, al norte de los más septentrionales mapas, donde los corceles temen correr y los cuervos caen dormidos, yacía el Reino de Zhalaed. No existía parecer de bondad o malicia en sus brumas: sólo el invierno inflexible, tejido con espinas y susurros que decían ser la voz de dioses exiliados. Durante siglos, la sangre de los reyes se heló azul bajo sus pieles, y sus súbditos cubrieron monumentos de piedra con secretos, no nombres.
Duración: 04:25
Había una vez, mucho antes de las eras sobre las que la gente canta, una tierra que nadie recordaba en los cuentos junto al fuego. Allí, al norte de los más septentrionales mapas, donde los corceles temen correr y los cuervos caen dormidos, yacía el Reino de Zhalaed. No existía parecer de bondad o malicia en sus brumas: sólo el invierno inflexible, tejido con espinas y susurros que decían ser la voz de dioses exiliados. Durante siglos, la sangre de los reyes se heló azul bajo sus pieles, y sus súbditos cubrieron monumentos de piedra con secretos, no nombres.
En palacio de mármoles negros, entre espejos en los que no se reflejaba nada sino otros espejos, nacieron la princesa Ganneth y el príncipe Myr. Su madre, la reina Sira, era silenciosa y pálida, el padre, Voric, nunca regresó de la última cacería de la Aurora; solo la esperanza tenue acompañaba los pasos de los pequeños por los corredores infinitos del castillo. A menudo, Ganneth soñaba una voz que le decía que era elegida para salvar a su gente, pero el precio sería devastador. Por la noche, se acercaba a las ventanas más altas y Allí veía, siempre lejanas, las luces violetas sobre la Niebla del Dios Lobo.
Myr, el más inquieto, hablaba con los fantasmas del castillo. Aprendió, cuando aún era un niño, que el espíritu de la antigua magi Vaedara rondaba la sala azul, lamentándose en un idioma viejo de otros mundos. Un día, mientras jugaba a evadir las miradas severas de las nodrizas, halló tras un tapiz un pasaje oculto. Allí, sumido en penumbra y ecos, encontró a Vaedara, o lo que quedaba de ella: una sombra alta, con corona de ramas y manos largas que no tocaban nada.
—Si quieres el poder para salvar a tu hermana —susurró Vaedara, acercándose y desviando las corrientes heladas con su forma—, deberás robar la Joya de la Luna Muda, oculta en el fondo del Río de las Promesas Rotas. Pero todo poder exige dolor, y cada joya, una vida.
Myr no dudó. Nunca había dudado: la sangre de reyes nos niega el lujo de vacilar, así le había susurrado su madre. Aquella noche, bajo el firmamento sin estrellas, Myr envolvió su cuerpo en pieles encantadas, llenó un odre con vino fuerte, y descendió hasta el río, una grieta negra que partía las llanuras de Zhalaed. El agua, fría como el lamento de un viudo, le habló en mil lenguas, cada gota una promesa rota, cada curva una mentira de antaño.
Bajo la superficie, justo donde la corriente se volvía sepulcro, Myr encontró la joya: una perla gris, mayor que su puño, que palpitaba al ritmo de su propio miedo. Escuchó gritos dentro de su sangre al tomarla, y cuando subió a la orilla, los ojos le lloraban una oscuridad que no cesaría jamás.
Al regresar, Ganneth comprendió que algo se había roto y sellado al mismo tiempo en el espíritu de su hermano. Myr ya no soñaba, pero las noches de Zhalaed eran menos hambrientas, las cosechas menos crueles. Sin embargo, cada vez que la Aurora volvía, una figura lobo caminaba entre los campos, olfateando los pecados ocultos bajo la nieve. El pueblo comenzó a temer a sus salvadores; cada regalo del río parecía exigir un sacrificio nuevo.
Años después, cuando murieron la Reina y los últimos consejeros fieles al linaje, Ganneth gobernaba sola, pero era su hermano quien rondaba las cuevas prohibidas, hablando con las cosas que reptan y cazan en la niebla. Pronto, sólo ellos dos quedaban en palacio. La profecía murmurada a Ganneth en sueños cobraba forma: para salvar al reino, para mantener la joya oculta y silenciar los balidos de la Niebla del Dios Lobo, ella debería entregar lo que más amara. ¿Era su vida suficiente?
Aquella noche, mientras las estatuas en el salón lloraban lágrimas de escarcha, y los gritos en el Río de las Promesas Rotas se convertían en aullidos, Ganneth decidió. Abrazó a su hermano, besó su frente, y le susurró el nombre del dios olvidado. Así fue como la sangre real de Zhalaed desapareció de la faz del mundo: en un silencioso sacrificio, ante un lobo, un río y el sueño de una joya.
Y la niebla cerró su puño gélido sobre la tierra, sellando secretos, pero prometiendo que, donde hubiera amor y traición, y donde la luna no cantara, siempre hallarían eco los nombres de aquellos que pagaron el precio del poder.
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