Edición limitada de la novela Anatema.
La inspectora gitana
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Portada del relato El Lienzo de las Noches Rotas

Duración: 05:30

El Lienzo de las Noches Rotas
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En las postrimerías del año 179 del Ciclo de los Reinos Marchitos, cuando las primeras nieves caían lacias sobre las vastedades de Okayrel, la vida se acurrucaba, rezongando, bajo el hielo y la penumbra. Los fuegos de los antiguos baluartes titilaban peligrosamente bajos, como si la oscuridad hubiera encontrado en el tiempo un aliado invisible, un cómplice que le susurraba que era hora de llamar a los suyos. Había sido un año de hambruna, de guerras domésticas y pactos desleales, y el corazón de los hombres estaba tan baqueteado como la corteza del haya bajo el hacha del leñador.

En aquel confín del mundo, tras el Paso del Susurro, vivía una estirpe desdeñada, los Menhirianos, nacidos bajo la vigilia de piedras ciclópeas, guardianes de saberes vetustos. No rezaban ya a los dioses del día —pues sabían sus nombres y la historia de sus caídas— sino a la piedra misma, a los sílex sin esculpir que los ancestros montaron en círculos. A la cabeza de su clan estaba la Dama Ecraniel, tan severa como la escarcha y tan clemente como la sombra bajo un alero en verano. Sabía lo que se avecinaba; los oráculos, en noches de luna negra, murmuraban del regreso de las Huestes Innombrables, esas presencias antiguas que una vez estrangularon el sol y enseñaron a los hombres a temer a la noche.

Una noche, mientras la nieve escurría lenta por los nervios de la fortaleza, el viento trajo un lamento que tensó el rostro de los vigías. Era la llamada del Oso Ancestral, un sonido que no portaba bestia conocida sino el presagio de un quebranto antiguo. Los ancianos acudieron a Ecraniel y juntos desenterraron el Hueso de Bronce, una reliquia, sí, pero también llave y testamento. La voz de la Dama fue grave: “Nuestros sueños ya arden. El Ciclo quiere cerrarse”

Ecraniel ascendió la empinada Torre de Niebla para consultar con el oráculo de las Aguas Estáticas. La superficie del estanque no devolvía imagen alguna, solo una honda negrura jalonada de murmullos. Una mano surgió, pálida, de la profundidad y tomó la suya. El frío la embistió y, al abrir los ojos, vio el pasado y el futuro entrelazados: ejércitos marchando por bosques envenenados, hermandades de sangre traicionadas, una corona de huesos rotos sostenida bajo un cielo enfermo de rayos púrpura.

Al despertar, comprendió el precio: habría de abandonar la fortaleza y buscar en la Ciudad Sin Sombra la fuente de la perturbación. Reunió a un pequeño séquito: Gavres el Silente, un soldado exiliado de los Reinos de la Marea; Mirrael, doncella tatuada con símbolos de ceguera; y Shovran, el niño desfigurado al nacer que portaba en la frente un tercer ojo azul como la medianoche. Partieron al alba, cuando los lobos aún no reclamaban su tributo.

Las sendas no eran amables. El bosque de Fionhyl guardaba aún memorias de la última guerra: cuerpos petrificados por antiguas magias y árboles que sangraban resina negra, como si la madera llorara la muerte de los suyos. Una noche, alrededor de una débil hoguera, Gavres relató la historia del nacimiento de la Oscuridad No-nombrada, de cómo los dioses extraviaron sus nombres y abandonaron a los hombres en pos de cantos más allá de la luna. El aire se volvió pesado y Shovran, presa de un trance, habló en lenguas olvidadas, profetizando que en la Ciudad Sin Sombra encontrarse con el rostro de sí mismos invertido les robaría algo que jamás recuperarían.

Y así fue que arribaron a la linde de la ciudad prohibida. Era un lugar sin aristas, como tallado por la amnesia de milenios de abandono, y sus torres se curvaban en espirales imposibles. Las sombras aquí eran amos, no siervos, fluyendo como humo denso por calles desiertas, arañando a los intrusos con promesas de visiones y locura. En el corazón de la Plaza del Olvido aguardaba un ente vestido con vestiduras tejidas con chillidos, su rostro envuelto en vendas de tiempo. Era el Custodio de los Ciclos, recordando y olvidando en igual medida.

El Custodio les habló del verdadero origen de la Oscuridad: no era un ente, sino una herencia, la memoria de todos los pecados, deseos y terrores de los primordiales, una costra bajo la piel del mundo. Cuando los hombres la olvidaban, ella crecía, y cuando se la recordaba, reclamaba su tributo. Solo enfrentando la terrible verdad de lo que había sido desterrado, pagando en carne y recuerdos, podían los Menhirianos intentar restaurar el precario equilibrio.

Ecraniel, frente a la visión del destino, ofreció su vista a cambio del regreso de la luz. Sus ojos se nublaron de inmediato y en ese instante las sombras retrocedieron, abrumadas por una pena tan antigua que solo los dioses sabrían nombrar. Mirrael, herida de muerte, bañó el suelo de la plaza con sangre y salmos, atando los nombres de sus acompañantes al ciclo recién girado.

Cuando los primeros rayos mutilados del amanecer exploraron la ciudad, el grupo estaba roto pero no derrotado. Habían conquistado la Oscuridad no con espadas, sino a través de la entrega y el descubrimiento de los pecados propios. Y así aprendió el mundo que la luz, como las piedras de su cuna, es gentil pero implacable, y que toda sombra es solo el reino de los recuerdos no dichos.

Así terminó aquel viaje, y aunque ningún canto la describe del todo, dicen que una nueva piedra fue añadida al círculo de Menhirianos, y que en las noches de luna negra, bajo la nieve, aún se oye el eco de una promesa: que mientras alguien tenga el coraje de mirar adentro, aunque pierda la vista o la vida, la Oscuridad jamás será total.

Edición limitada de la novela Anatema.
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