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Fragmento:


Bajó las escaleras con urgencia, casi tropezando, pues el llamado esa noche era un trueno en vez de una melodía. Los Vigilantes del Umbral la observaron, sus cascos de obsidiana sin abrir ni un resquicio para mostrar emociones. Los cruzó, contando en silencio los latidos de su corazón—una vieja superstición, un conjuro para no perderse antes de la puerta.

Duración: 04:40

Ecos bajo la ceniza eterna
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La dazleja, ese curioso crepúsculo que se derramaba como vino rancio sobre la llanura de Arelath, nunca llegaba con la rapidez ni la suavidad con la que uno espera la noche. Había brutalidad en la forma en que el sol se recostaba, mezquino, rasgando el cielo con jirones de carmesí y añil, y cuando las últimas manchas de luz huían, los antiguos salían de debajo de las rocas para ser testigos de lo que traía la oscuridad.

Maiola, la arisin, descendía la escalinata espiralada de la Torre de la Disonancia, el manto azul de su cargo arrastrando polvo y susurros. Por siglos los suyos habían interpretado el canto discontinuo del Vástago: unos decían que era el viento; otros, el aliento de un dios muerto encerrado bajo tierra. Maiola, desde niña, lo había escuchado con otra clase de oídos. El Vástago no cantaba. Gritaba.

Su gente no quería oírlo. Había comodidad en la rutina y los rezos vacíos; cada vez menos recordaban por qué el canto existía y por qué la ciudad crecía perenne en torno a la Torre y sus ruinas. Las viejas historias decían que, en los tiempos primeros, la luz temía a los hombres y por ello la oscuridad les enseñó a mirar en su seno. La verdad, como tantas otras, era más afilada y menos indulgente: la ciudad fue construida como un tapón sobre la herida del mundo.

Bajó las escaleras con urgencia, casi tropezando, pues el llamado esa noche era un trueno en vez de una melodía. Los Vigilantes del Umbral la observaron, sus cascos de obsidiana sin abrir ni un resquicio para mostrar emociones. Los cruzó, contando en silencio los latidos de su corazón—una vieja superstición, un conjuro para no perderse antes de la puerta.

Empujó las planchas grabadas, y la cámara se abrió ante ella. El aire era distinto. No húmedo ni seco, sino denso, portador de presagios. Allí, en el círculo de piedra negra, yacía el Instrumento. Nadie sabía de verdad cuándo fue dejado allí. Parecía un arpa rota, cubierta de musgo y escamas endurecidas, con cuerdas que a veces vibraban solas, incluso en ausencia de viento. Y esa noche, el Instrumento sangraba.

No era metáfora — gotas negras resbalaban por la madera, evaporándose en el aire sin dejar rastro. Maiola se arrodilló frente al arpa-máquina, rezando los versos prohibidos que su abuela le enseñó en secreto. Y entonces, el Instrumento habló, no con música sino con palabras. Crueles, antiguas, pétreas.

—Has venido, hija del miedo— dijo la voz, que era todas las voces y ninguna.

Maiola tragó saliva. No debía contestar. Pero los años de hábito y la tenacidad de la desesperación la impulsaron.

—¿Por qué sangras?

Un chasquido sacudió los muros. El polvo vibró e, inesperadamente, la sombra de Maiola se alargó a su espalda, densificándose hasta que los Vigilantes retrocedieron. Todo olor, todo color, se extinguió salvo el rojo oscuro del líquido que aún manaba del Instrumento.

—Porque a cada luna cortas un hilo más— respondió la voz—. Porque tu gente olvida y busca respuestas en la tierra, en vez de en el aire. Porque has permitido que el segundo juramento se fracture.

Maiola apretó los puños. El segundo juramento. Tan poco se recordaba ya de los cuatro, de la promesa hecha cuando los humanos recibieron la llama negra y comprendieron que la realidad podía desgarrarse si afinaban las palabras correctas. El Instrumento era testigo y guardián. Su sangre, la señal de que el equilibrio se rompía.

—No soy yo quien olvida. Yo aún escucho— susurró, la voz quebrándose por el peso de generaciones, de nombres olvidados y miradas hechas ceniza.

—Tú eres la última arisin. Si olvidas, solo quedará el rugido.

El Instrumento dejó de sangrar. Una brisa cargada de memorias barrió la cámara. Afuera, los tambores del motín lejano hacían eco en la ciudad. La oscuridad que salía de la Torre esa noche no era la usual. Sus contornos tenían filo, y su hambre, una sola dirección.

Maiola se alzó, temblorosa. Se acercó al arpa y cortó, con su propio dedo, una de las cuerdas bañadas de resina carmesí. La nota que surgió fue pura, casi inocente, pero la vibración desparramó ondas en el aire que hicieron que los Vigilantes cayeran de rodillas. Lo que había dormido, ahora despertaba. El mundo, tal y como lo conocían, temblaría o se erguiría más alto que nunca.

Salió de la cámara, sabiendo que esa decisión la marcaría, que el precio aún no estaba claro. Pero también supo que en el dolor de la cuerda rota estaba el principio de una nueva melodía. Una que, quizá, permitiría a su gente ver, al fin, lo que la oscuridad intentaba enseñar desde la noche de los tiempos.

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