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Fragmento:


El imperio se hallaba fragmentado en feudos de poder, villas custodiadas por matronas celosas y senadores envueltos en túnicas esmeralda, jurando fidelidad mientras envenenaban copas en las cenas. Livia sabía que la Sibila citada en el mensaje era la misma de Cumas, cuya voz había dictado oráculos en delicados papiros que aún reposaban, enrollados como serpientes, en el santuario interior. Las rencillas nocturnas en el Senado ahora tenían el aroma dulce y amargo de la traición.

Duración: 05:45

La Rosa Inmolada
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La escarcha aún gobernaba la orilla del río Tíber cuando los mensajeros enlutados llegaron a la villa de Livia Aelia. Sus sandalias resonaban suavemente sobre los húmedos mosaicos mientras portaban en alto un pliego lacrado con cera púrpura: la señal inconfundible de que traían palabras del mismísimo Emperador. Livia, desde la ventana principal, sujetó el ribeteado tapiz que cubría su vestido de lino, conteniendo el resuello; había aprendido, en los años de peste y exilio, que la fortuna de Roma era tan indecisa como la bruma matinal fuera de sus muros.

Cuando la recibieron en el atrio, los mensajeros no alzaron la mirada. Ella rompió el sello con manos firmes, aun cuando su alma vacilaba bajo el peso de la intemporal advertencia inscrita, en latín apretado: “Cumene spectat. Parati simus.” La Sibila observa. Estemos preparados. Livia palideció. Este mensaje solo se usaba en las horas más oscuras, cuando las líneas de la historia, hiladas por hilos invisibles, amenazaban ceder bajo una nueva mano.

En esta Roma, el Imperio había dado un giro cruel; fue Julia Domna, años atrás, la que logró sobrevivir a todos sus enemigos. Se erigió Emperatriz, gracias a un concilio secreto de filósofos, comerciantes y centuriones descontentos, instituyendo el Edicto de Aurora, que entregó a las mujeres el derecho a heredar tierras y legiones. La historia había girado en torno a su estandarte de oro y ónice. Ahora, generaciones después, la sangre de Julia seguía firme en el trono, pero las amenazas venían no solo de las tribus germánicas, sino de las propias entrañas de Roma.

El imperio se hallaba fragmentado en feudos de poder, villas custodiadas por matronas celosas y senadores envueltos en túnicas esmeralda, jurando fidelidad mientras envenenaban copas en las cenas. Livia sabía que la Sibila citada en el mensaje era la misma de Cumas, cuya voz había dictado oráculos en delicados papiros que aún reposaban, enrollados como serpientes, en el santuario interior. Las rencillas nocturnas en el Senado ahora tenían el aroma dulce y amargo de la traición.

Emprendió viaje esa noche, asistida por un cortejo de esclavos libertos y dos amazonas armadas con lanzas recurvadas. Su destino: una villa cerca de Cumas, donde la Sibila aguardaba con el oráculo más inquietante en siglos. Atravesaron campos cubiertos por la escarcha tardía de una primavera caprichosa, y los olivares parecían ejércitos de espectros verdes custodiando secretos milenarios. En cada villa por la que pasaban, las mujeres la reconocían por el broche de ónice de su familia y murmuraban bendiciones contra los malos augurios.

Un atardecer rojo como vino viejo saludó el arribo de Livia al templo. Allí le esperaba la sacerdotisa, mujer de edad indefinible, con ojos hilados en tiza y sombra, y el cabello enmarañado de guirnaldas y ceniza. No habló hasta que la noche se apoderó del lugar con el sigilo de un felino.

“El imperio arde,” susurró la Sibila, el oráculo temblando entre sus dedos. “La historia giró una vez, y puede girar de nuevo. Hay un emisario en camino desde el Averno, llevando un pacto traidor entre el occidente y el oriente. Si no se elige entre la corona y el cuchillo, la línea de Julia se extinguirá por mano propia antes de que los hunos crucen el Danubio. Hay que sellar el destino con sangre de la misma sangre.”

Aquella noche, sumida en sueños fragmentados, Livia vio la caída de Roma, no entre llamas, sino entre lazos de seda; legiones enteras jurando lealtad no a una causa, sino a linajes enfrentados, hijos volviéndose contra madres, los pueblos sometidos erigiendo estandartes en nombre de antiguas diosas resucitadas. El alba la encontró decidida: debía buscar a su sobrino Marco, ordenado por la Emperatriz a vigilar la frontera con el norte y, según rumores, dispuesto a unir su suerte con los herejes alejandrinos.

En el trayecto se le unieron otros peregrinos del poder: una joven escriba de la Galia, envuelta de cicatrices; un liberto egipcio con la marca de los cultos solares al cuello; y un senador exiliado que había perdido hijos y honor en un solo año. Juntos, tejieron una red de intrigas, salvando, traicionando y amando a su paso por las colinas y las marismas. Se veían como los protagonistas de una epopeya reinventada, donde los héroes ya no se definían por el acero, sino por el ingenio y la memoria.

Al hallar a Marco, lo encontró leyendo a Lucrecio bajo una acacia retorcida. Discutieron largo sobre el deber, el amor y la inevitable podredumbre de los viejos dioses revestidos con nuevos nombres. Livia le entregó el mensaje de la Sibila y, juntos, urdieron una trampa para el emisario traidor: fingieron una alianza matrimonial entre Marco y la hija bastarda de la Emperatriz del Este, mientras preparaban legiones leales en la sombra y falsificaban cartas con sellos imperiales.

El desenlace llegó en una noche tempestuosa. En los banquetos donde se decidiría el futuro, las copas tintineaban, pero las dagas brillaban más. El emisario fue desenmascarado en medio del fragor, mientras recitaba juramentos en griego arcaico, y el pacto traicionado fue quemado ante el Senado reunido. La Emperatriz, informada por Livia, recompensó a su sobrina con tierras y honores, pero a un precio: su nombre quedaría para siempre ligado a la Sangre de la Niebla, ese linaje que —según algunos— había distorsionado para siempre la ruta del Imperio.

Muchos años después, cuando la Pax Julia alumbró una era de matronas guerreras y senadores acallados, Livia visitaría de nuevo el templo de Cumas. La Sibila la recibiría en silencio, le ofrecería una copa de vino añejo, y juntas recordarían aquel momento en que la historia, girando sobre sí misma, eligió una aurora distinta.

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