Black Bird Academy: Amor a la muerte
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
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Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Portada del relato El susurro de la rosa negra
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Fragmento:


Al alba, preguntó por la florista. Todas las aldeas pobres mantienen una para funerales y bodas. La pequeña Selma tenía apenas once años, pero respondió, seria: “Nadie me pidió una rosa negra, señor. Esas solo crecen en historias, y aquí casi no hay historias felices”. Con el testimonio de la niña, la hipótesis de un forastero cobraba forma.

Duración: 06:19

El susurro de la rosa negra
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El 3 de enero de 1872, el investigador Sigvard Hallenborg cabalgaba lentamente a través de los espesos bosques de Dalarna. El invierno había cubierto el paisaje de un manto de hielo y silencio. En su bolsa de cuero llevaba la carta curtida que lo había traído de Estocolmo: “Apareció una tumba sin nombre en la capilla de Gudhjem y, junto a ella, una rosa negra fresca, aunque en Bornholm no florecen en esta estación”. Firmaba sólo con la inicial “E”.

El frío entumecía sus manos. Había aprendido a desconfiar de todo y de todos. Nadie en su profesión, ni siquiera en las altas esferas policiales, hablaba de rosas negras con ligereza. El último místico de Estocolmo había muerto quemado por los rumores; una acusación de brujería podía ser más letal que el frío nórdico. Pero la carta mencionaba a una tumba y cierto “secreto del convento”. Eso bastaba para aguzar su instinto.

No encontró hospedaje en el pueblo hasta después de oscurecer. La posadera, matrona de voz ronca y manos grandes, bajó la voz cuando él preguntó por la capilla. Nadie iba allí después del último entierro, hacía apenas cinco días: un sacerdote luterano al que se decía que tocaba el violín en las noches de tormenta. “No hay rosas negras aquí, señor”, murmuró ella con palpable incomodidad.

Esa noche, Sigvard se mantuvo alerta, escribiendo notas a la luz de una vela que chisporroteaba. “Si la tumba apareció de la nada —anotó—, alguien la ha construido o alguien ha vuelto”. El viento logró colarse por las rendijas, trayéndole un vago dolor de cabeza. Más tarde, ya casi dormido, creyó escuchar pasos en la escalera: lentos, indistintos, tal vez sólo un gato. O tal vez no.

Al alba, preguntó por la florista. Todas las aldeas pobres mantienen una para funerales y bodas. La pequeña Selma tenía apenas once años, pero respondió, seria: “Nadie me pidió una rosa negra, señor. Esas solo crecen en historias, y aquí casi no hay historias felices”. Con el testimonio de la niña, la hipótesis de un forastero cobraba forma.

Se dirigió a la capilla justo antes del mediodía. El camposanto, petrificado bajo la hojarasca helada, mostraba su amarga verdad: una tumba reciente, de mármol gris, sin inscripción. A su lado, parcialmente cubierta de nieve, la rosa negra lucía irreal. No era de cera ni de trapo; era auténtica. La recogió con delicadeza: ni una sola espina, pero sí una fragancia intensa, como tinta y tierra húmeda. Sabía que debía hacerse a un lado para observar: el asesino o el perpetrador de aquel misterio volvería, como todos lo hacen, a contemplar la escena de su crimen.

Alrededor, ni un solo pie se marcaba en la escarcha. Volvió la vista a la capilla y, en ese preciso momento, el tañido de una campanilla le estremeció. Alguien, o algo, se movía dentro del templo. Empuñó su navaja—la pistola era demasiado aparatosa para estos parajes—y empujó la puerta de madera, que se abrió con un suspiro.

El interior olía a incienso y a tiempo detenido. En el suelo, un capelo carmesí manchado de sangre. Sobre el altar, un libro abierto: la “Crónica de los Secretos”, manuscrito medieval del convento que una vez hubo en la isla. Vio un nombre subrayado en tinta fresca sobre la página: “E. V. Langstrup”.

En ese mismo instante, algo crujió a su izquierda. Una figura encapuchada, esbelta y envuelta en atuendo de luto, sostenía entre las manos un rosario ennegrecido. Los ojos, celestes pero enrojecidos de noches sin acaso sueño, le observaron intensamente.

—No tema, Sigvard Hallenborg —dijo la voz, femenina, muy joven, con un dejo de cansancio y autoridad—. No he venido a detenerle. He venido a revelar la verdad.

Él, siempre atento a los silencios, no replicó de inmediato. Tuvo la firme convicción de estar ante la remitente de la carta.

—¿Y cuál es esa verdad? —preguntó, deslizándose entre los bancos de madera.

Ella le tendió una página arrancada de la crónica. En ella, una ilustración grotesca: la silueta de una mujer que sostenía en una mano una rosa negra y, en la otra, un cuchillo.

—No hubo crimen —susurró ella—. Al menos, no reciente. Ni el sacerdote fue asesinado, ni la tumba es de quien todos creen.

El investigador miró la página, las letras manchas de sangre.

—Entonces, ¿a quién pertenece la tumba?

—A mi madre —la joven desvió la mirada—. La última prioreza del convento, muerta hace exactamente veinte años. El sacerdote intentó ayudarla, pero la condena hacía tiempo que había sido dictada: ella sabía el secreto de la rosa negra. Su cuerpo fue olvidado, y ahora, con la llegada del invierno, quise reparar el honor de la familia.

Sigvard contempló el símbolo: la rosa, en la leyenda del convento, era fabricada con pigmentos venenosos extraídos del hinojo y el hollín; servía como señal para los iniciados, pero también para los traidores. Su aparición era un juramento silencioso de lealtad, o una advertencia letal.

La joven —E. V. Langstrup, comprendió él— rompió el silencio:

—La verdadera muerte de mi madre está en los archivos del convento. Ella conoció cosas que el obispo temía. Por eso, he traído la rosa, para anunciar que la línea de las guardianas sigue viva.

Sigvard vio, en la determinación de sus palabras, que no había asesinato reciente. Pero también intuyó que dar parte a las autoridades renovaría el rumor, el miedo, el ciclo sin fin de culpa y persecución.

Durante unos minutos no dijeron nada. A través de las vitrinas de la capilla, la luz de la mañana iluminaba la tumba sin nombre.

Finalmente, Sigvard tomó la rosa, la depositó sobre el altar y cerró el libro de la crónica. Se giró hacia ella y musitó:

—La historia se encarga mejor a la noche y a los vivos, no a los muertos. Esta vez, el secreto está a salvo.

Al salir, el viento arremolinó la nieve, cubriendo las huellas de ambos. Al día siguiente, el pueblo apenas recordaría la figura del investigador y la joven de luto. Quedaría sólo el leve aroma de la rosa negra, envuelta en el misterio que une el tiempo, el miedo y la memoria: la eternidad de los secretos.

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