Fragmento:
Afuera, el edificio resonaba con los ruidos típicos de la madrugada: la tubería vieja suspirando, el portero automático vibrando bajo una brisa lejana. Marian trató de regular su respiración, en sincronía con el tic-tac ahogado del reloj de pared. Miró el pequeño relieve plateado al reverso de su móvil, como si allí pudiera encontrarse un escudo. Sólo necesitaba una noche de descanso, una sola. Pero desde hacía días, lo más parecido al sueño era una vigilia rota por sobresaltos y mensajes extraños, todos desde un número oculto. Nunca insultos, nunca amenazas directas. Mensajes de una precisión quirúrgica, detalles de su vida: la taza azul que había roto la semana pasada, el libro olvidado en el metro, la mancha de vino tinto en la alfombra. Miradas de alguien mucho más cerca de lo imaginable.
Duración: 04:53
Nunca había sentido tanto frío en el apartamento, aunque fuera pleno julio. Marian apretó la manta contra su pecho mientras oía el viento colarse bajo la puerta, pero sabía que lo que helaba el aire no era el clima. El mensaje aún parpadeaba en su móvil, una línea única y cruel: “Estás sola, pero yo te veo”. Ella no contestó. Cerró el teléfono y apagó todas las luces, menos la del salón, donde la lámpara de pie arrojaba sombras irregulares sobre el suelo de madera.
Afuera, el edificio resonaba con los ruidos típicos de la madrugada: la tubería vieja suspirando, el portero automático vibrando bajo una brisa lejana. Marian trató de regular su respiración, en sincronía con el tic-tac ahogado del reloj de pared. Miró el pequeño relieve plateado al reverso de su móvil, como si allí pudiera encontrarse un escudo. Sólo necesitaba una noche de descanso, una sola. Pero desde hacía días, lo más parecido al sueño era una vigilia rota por sobresaltos y mensajes extraños, todos desde un número oculto. Nunca insultos, nunca amenazas directas. Mensajes de una precisión quirúrgica, detalles de su vida: la taza azul que había roto la semana pasada, el libro olvidado en el metro, la mancha de vino tinto en la alfombra. Miradas de alguien mucho más cerca de lo imaginable.
El reloj marcó las tres. Alguien subió despacio la escalera exterior, debajo de su ventana. Un sonido arrastrado, casi innecesario de identificar porque Marian lo conocía desde la infancia: el miedo tiene sus propias melodías. Se levantó, envuelta en la manta como una túnica, y se dirigió a la cocina, encendiendo solo una luz tenue. Revisó la cerradura: inclinada, intacta aunque le pareció más vulnerable que nunca. Se preparó un té entre manos temblorosas. Volvió al teléfono. Otro mensaje: “Sé lo que piensas hacer”.
Marian dejó caer el móvil; vibró en el suelo como un insecto herido. Miró el ventanal del salón, convencida, solo por un segundo, de que había un rostro en el reflejo. Nada. Solo su propia silueta distorsionada. Pero luego, el más leve golpe en la puerta: tres toques suaves, rítmicos, demasiado familiares. La ansiedad le presionó el estómago como una garra. Había cambiado dos veces la cerradura ese mes. Había instalado una cámara —que ahora mostraba solo estática.
Marcó el 112, pero borró el número antes de pulsar enviar. ¿Qué podía decir? Que alguien le hacía saber que estaba ahí, sin más pruebas que una colección de mensajes y su propia paranoia creciente. En la pantalla, otra notificación: un archivo de audio. Pulsó play con el pulgar, acercándose el teléfono al oído. Era su propia voz, hablando despacio, como en trance: “No es real. No es real. No es real”. No recordaba haberlo grabado nunca.
El viento golpeó con fuerza y la ventana del pasillo se abrió de golpe, dejando entrar hojas secas y un olor a tierra húmeda. Marian se acercó y, al cerrar el marco destartalado, vio de reojo la sombra de una figura en la acera, quieta entre dos faroles averiados. Tembló, preguntándose si la figura estaba ahí o solo en su mente. No importaba. El efecto era el mismo, lo sabía por experiencia. La presión en el pecho, el sudor frío, el sinsentido de la autoconversación nocturna.
Volvió a la sala. El móvil vibró de nuevo; esta vez era una llamada entrante: número oculto, como siempre. Dudo entre contestar o no, presa de un miedo irracional a una voz desconocida. Finalmente contestó, y al otro lado solo se oyó una respiración lenta, profunda, imitando la suya. Marian se quedó inmóvil, el teléfono pegado al oído. Quizo gritar, pero de sus labios solo salió un susurro: “¿Qué quieres?”. Una risa baja, artificial, contestó. Después el silencio y el clic final de la llamada.
Se derrumbó en el sofá, sin poder llorar. Recordó la última terapia, la conversación interrumpida con la psicóloga sobre la importancia de distinguir realidad de imaginación. Pero la psicóloga había muerto hace una semana, accidente de tráfico en una calle desconocida. Marian fue a buscar la libreta de notas, revisando los apuntes escritos con letra pequeña. Entre dos páginas halló, con espanto, una nota recortada: “Te lo advertí. Nadie más podrá ayudarte ya”.
La televisión se encendió sola. Parpadeó en la pantalla una imagen congelada: ella, durmiendo en el sofá, la noche anterior. Una cámara oculta en algún rincón. El terror la golpeó sin piedad; buscó a tientas el teléfono, pero al deslizar el dedo para marcar otro número, una última notificación emergió: “La próxima vez que apagues la luz, me sentaré contigo a esperar el amanecer”. Marian sintió, detrás suyo, el leve hundimiento del sofá. Y supo, antes de atreverse a mirar atrás, que ya no estaba sola.
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