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Portada del relato Tras la puerta azul
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Fragmento:


El reloj marcaba las 3:46 de la madrugada. No era capaz de dormir, ni lo había intentado en realidad. Afuera, el viento, con la insistencia de una madre impaciente, golpeaba el viejo ventanal. En la penumbra, intentó ordenar los hechos. Los últimos días eran un borrón: llamadas sin respuesta, voces distorsionadas, y la certeza de que alguien le vigilaba, pisándole los talones como una sombra fétida.

Duración: 04:00

Tras la puerta azul
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Había aprendido, desde temprano, a mantener la mente en blanco cuando la situación lo exigía. No era tanto una habilidad como un mecanismo de defensa: su madre, Lidia, siempre decía que el cerebro era como un ático, guardaba lo que tú decidías llevarle. Y Gabriel ahora, acostado sobre una cama ajena en esta habitación que olía a barniz y sudor, meditaba si no habría metido en su ático cosas imposibles de olvidar.

El reloj marcaba las 3:46 de la madrugada. No era capaz de dormir, ni lo había intentado en realidad. Afuera, el viento, con la insistencia de una madre impaciente, golpeaba el viejo ventanal. En la penumbra, intentó ordenar los hechos. Los últimos días eran un borrón: llamadas sin respuesta, voces distorsionadas, y la certeza de que alguien le vigilaba, pisándole los talones como una sombra fétida.

El primer aviso fue la fotografía. No supo quién la dejó sobre su escritorio en la oficina, apenas envuelta en una carpeta de plástico transparente. Una foto sencilla: él saliendo de su edificio, la fecha marcada en la esquina inferior, apenas doce horas antes. No había notas, ni firmas, ni sellos. Solo esa imagen y lo que implicaba: alguien le observaba. Le estremeció la idea, pero no se lo mencionó a nadie.

Dos noches después, llegó el papel amarillo con una sola frase garabateada: “No estás solo, Gabriel. Tampoco seguro”. La letra, difícil de leer, como la de alguien que aprendió a escribir bajo amenaza. Había una sonrisa torcida en el dibujo que acompañaba la frase, y eso era lo peor: quién tendría el tiempo, la obsesión, para hacer algo así.

A partir de ahí, fue como hundirse en arenas movedizas. Empezó a oír ruidos en el pasillo del edificio a la noche; sombras quietas tras la ventana, cosas fuera de lugar en su apartamento. A las preguntas de sus compañeros de trabajo respondió siempre de modo cortante, a medio camino entre la negación y el hastío. Su jefe le insinuó que tomase un par de días libres. Él mintió y dijo que tenía gripe. Y si bien hubiera sido más fácil marcharse lejos, algo le ataba a esa ciudad, a esa rutina y, sobre todo, a la duda: ¿por qué él?

Miró al techo de la habitación alquilada, tratando de escuchar algo más que el silencio denso pegado a las paredes. Siguió repasando. El llavero encontrado en su bolso, uno que nunca había visto pero que llevaba la insignia de un hotel a cinco manzanas de su oficina. El teléfono móvil que vibró dos veces a las tres de la mañana, sin que nadie respondiera al otro lado. El presentimiento de que el verdadero peligro no venía de afuera, sino que estaba germinando en su propia mente: la sensación de haber visto a ese desconocido antes, sin que la memoria ofreciera ayuda.

Por la ventana vio pasar la luz mortecina de un coche, recortando figuras sobre la pared, que se desvanecieron en segundos. Imaginó por un instante que todo era fruto de un colapso, una concatenación de miedos. Pero cuando el picaporte giró suavemente —no había duda, alguien lo estaba intentando desde el pasillo— sintió un escalofrío helado recorrerle el espinazo.

Se incorporó, tanteando debajo de la almohada la navaja que se había obligado a portar. Al otro lado, la puerta pareció latir, cediendo levemente ante el peso del silencio contenido. El corazón le retumbaba en el pecho como un tambor de guerra, y entonces oyó la voz, apenas un susurro ronco:

—Gabriel… ¿Por qué huyes de ti mismo?

Lo siguiente fue una ráfaga de imágenes: las manos en la garganta, el sabor metálico de la sangre, la cara del hombre —o era la suya propia reflejada en un espejo?— y, finalmente, la certeza absoluta de que el monstruo siempre ha estado dentro, aguardando el momento de salir.

La habitación quedó sumida en el mismo silencio con que empezó la noche. Aún olía a barniz y sudor, y un eco lejano recorría el pasillo: el eco de alguien que, después de tanto huir, ha decidido enfrentarse —por fin— a la peor de todas sus pesadillas.

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