La niñera
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Portada del relato El susurro tras la puerta
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Fragmento:


Anna era buena ignorando los problemas: los pensamientos y sensaciones que no cuadraban los arrinconaba tras la lógica de lo mundano. Pero la noche, las noches, son como un sótano húmedo donde todo lo que se ha empujado durante el día encuentra espacio para crecer. Y así, lo que comenzó como pequeñas alteraciones se fue volviendo una coreografía cruel: fotos desplazadas de los marcos, un mensaje de voz distorsionado en su móvil (“¿Estás ahí?” con la voz burbujeante como agua a punto de hervir), letras borradas en mensajes antiguos.

Duración: 05:26

El susurro tras la puerta
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Anna no solía dormir con la ventana abierta. No desde que se mudó al apartamento del tercer piso, ese edificio blanco y viejo que se alzaba como un diente roto en la hilera de casas renovadas. Había aprendido, a golpe de insomnio y pequeños ruidos inexplicables, que por las noches la calle se transformaba en algo espeso, donde los gritos eran frecuentes y los murmullos parecían ingresar reptando bajo la puerta. Aquella noche de septiembre, sin embargo, la ventana abierta no fue una desidia, sino un desafío mudo a sí misma. Si algo tenía miedo de entrar, que lo hiciera. A su alrededor, el aire olía a polvo caliente y a promesas no cumplidas; los radiadores traqueteaban levemente, y si uno prestaba mucha atención, escuchaba el tic-tac obsesivo de un reloj escondido en algún lado.

No estaba segura de cuándo exactamente comenzó todo. Podía rastrear los primeros indicios a una mañana anodina, preparando café, cuando advirtió que sus zapatos estaban movidos de lugar. No mucho —unos centímetros, tal vez un par de pasos más cerca de la puerta—, pero lo suficiente como para torcer una rutina. Pensó en gatos callejeros, en temblores menores de tierra, en fallos de su memoria cada vez más saturada. Pero, con los días, los pequeños cambios se acumularon: el correo abierto dos veces, la fruta con mordeduras diminutas como si un niño la hubiera probado a escondidas, la sensación de ser observada desde el reflejo del horno.

Anna era buena ignorando los problemas: los pensamientos y sensaciones que no cuadraban los arrinconaba tras la lógica de lo mundano. Pero la noche, las noches, son como un sótano húmedo donde todo lo que se ha empujado durante el día encuentra espacio para crecer. Y así, lo que comenzó como pequeñas alteraciones se fue volviendo una coreografía cruel: fotos desplazadas de los marcos, un mensaje de voz distorsionado en su móvil (“¿Estás ahí?” con la voz burbujeante como agua a punto de hervir), letras borradas en mensajes antiguos.

Se convencía de que era paranoia, pura fatiga. Pero a veces encontraba cabello largo y oscuro en la bañera (ella era rubia y de pelo corto). En varias ocasiones, al regresar del trabajo, encontraba olor a humo de cigarro cuando, en verdad, nadie fumaba dentro de aquel edificio. Había días en que miraba su propio reflejo y le costaba reconocerse —no por envejecimiento o cansancio, sino porque al fondo de su propio rostro juraría haber visto a alguien más.

Había algo tras la puerta, lo supo una noche de lluvia, a mitad de una sesión de trabajo remoto. El insomnio la había empujado a revisar una y otra vez las cerraduras, el gas, la nevera, los mensajes de texto sin leer. El ruido —ese leve susurro, apenas más denso que el viento— venía, inconfundible, desde el umbral. Se quedó quieta, midiendo su respiración, los dedos rígidos sobre el teclado. El susurro se calló. Pero en la mañana, la manilla de la puerta estaba fría y mojada, como si alguien hubiera entrado de noche dejando un rastro que sólo los muy atentos podrían percibir.

Nunca se atrevió a contarle a nadie, aunque en el trabajo alguien notó que sus uñas se acababan en diminutos muñones de piel enrojecida. “Estrés”, dijo ella, aunque el estrés no debería dejarte con la impresión de que tu casa está llena de presencias invisibles que te testean cada noche. El apartamento se sentía cada vez más extraño, menos propio: una sombra cruzaba, sin verla, el vidrio empañado del baño; la voz en el contestador decía su nombre a media tarde, mientras el sol se retiraba tras los andamios oxidados.

Intentó poner trampas: un vaso en el borde de la cocina cayó y se rompió, pero nunca supo si fue por un temblor o porque algo —alguien— lo tumbó. Hizo marcas discretas en la pared, con tinta invisible que sólo ella podría ver, y por la mañana aparecían falsas, tachadas, duplicadas. Ningún amigo aceptaba quedarse a dormir. Cuando llamaba a su hermana, sentía el retardo de la línea como un latido frío, y se preguntaba si la voz al otro lado era realmente la de Laura.

Todo se precipitó una noche en la que Anna supo, por fin, que no podía fiarse ya ni de sí misma. En la penumbra, guiada por el reflejo de los semáforos, bajó las escaleras descalza, nariz partida por el miedo y el frío. Bajó los tres pisos, buscando huir y al mismo tiempo deseando ver, por fin, lo que la vigilaba desde alguna rendija. No recordaba en qué momento la calle había quedado tan vacía; los coches parecían disfrazados de bestias dormidas, y el eco de sus pasos la seguía, duplicado. Caminó sin mirar atrás, sin saber si huía de un monstruo externo o de la grieta creciente en su propia mente.

En medio de la avenida desierta, su móvil vibró: un mensaje nuevo. Era un audio, de su propio número. La voz (su voz), sin temblor: “No te escondas. No te busques, no sirve. Estoy aquí, siempre estoy aquí.”

De pronto, comprendió algo simple e irrebatible: no había nadie en el apartamento, nadie excepto ella. Nadie había movido sus cosas. Nadie entraba ni salía. Y la certeza más cruel se encajó bajo su esternón: cada desorden, cada pelo, cada palabra grabada era suya. Lo que vigilaba a Anna era, sobre todo, la parte de sí misma que se negaba a abandonar el apartamento, la parte que susurraba de noche y la miraba, paciente, desde el fondo del espejo.

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