Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Novela El calendario del amor
Edición limitada de la novela Anatema.
La chica del lago
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato El eco de la niebla
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Fragmento:


Una noche, mientras trataba en vano de leer las cartas delante de la ventana, percibió en el reflejo del cristal un movimiento: alguien, o algo, permanecía tras ella. Se giró de inmediato; solo la penumbra y el silente respaldo del sillón. Sin embargo, la certeza permanecía clavada detrás de sus córneas; el miedo era real. Al día siguiente notó que la cortina estaba corrida unos centímetros de más, algo que juraba jamás hacía. Intentó convencer a su mente de que era solo la fatiga, pero la sensación de vigilancia empezó a crecer dentro de ella como hiedra venenosa.

Duración: 04:24

El eco de la niebla
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El insomnio llegó como una marea inesperada, lamiendo los márgenes de la conciencia de Elena a las tres de la madrugada. Sentada en la oscuridad de su apartamento, escuchaba el tictac pegajoso del reloj y la ciudad lejana, distante, irreconocible desde el undécimo piso. No podía entender por qué, desde hacía semanas, los sueños ya no la visitaban. Era como si alguien hubiera arrancado la parte más íntima de su mente y hubiese dejado una jaula abierta. Oía ruidos pequeños, apenas susurros, crujidos en la madera, el ascensor, vehículos, pero todos parecían mensajes codificados, una conversación de la que estaba siendo excluida.

Comenzó con pequeñas cosas: la taza de café que no recordaba haber dejado sobre la mesa, el libro de registros laborales abierto en la página equivocada, una prenda mal puesta en el vestidor. Luego, cartas antiguas de su padre, ausente hace décadas, llegaron a su buzón sin remitente. Cada sobre, sellado con una cera color añil, traía consigo una frase corta y enigmática: “La niebla solo se disipa para quien no la observa”, “El reflejo, a veces, es más verdadero que la imagen”. El temor hacía que la interpelara en voz baja en los pasillos del apartamento, notando a sus vecinos más silenciosos de lo habitual, como si todos supieran algo que a ella se le escapaba.

Una noche, mientras trataba en vano de leer las cartas delante de la ventana, percibió en el reflejo del cristal un movimiento: alguien, o algo, permanecía tras ella. Se giró de inmediato; solo la penumbra y el silente respaldo del sillón. Sin embargo, la certeza permanecía clavada detrás de sus córneas; el miedo era real. Al día siguiente notó que la cortina estaba corrida unos centímetros de más, algo que juraba jamás hacía. Intentó convencer a su mente de que era solo la fatiga, pero la sensación de vigilancia empezó a crecer dentro de ella como hiedra venenosa.

Elena decidió instalar cámaras en la entrada y el pasillo de su pequeño departamento. Revisó cada grabación con obsesiva atención hasta que, en la tercera noche, algo saltó a sus ojos: una figura indistinta, envuelta en sombra, parpadeaba justo al filo de la cámara cada madrugada. Solo quedaba en el metraje como una interferencia, apenas unas milésimas de segundo. Revisó el contenido decenas de veces, congelando la imagen en busca de detalles, pero todo era borroso, casi líquido, como un error de edición. ¿Y si era ella? ¿Y si su mente, privada de sueños y secuestrada por el insomnio, empezaba a conjurar enemigos donde no los había? La posibilidad la recorría como un veneno dulce.

Un día, al despertar, Elena encontró su propio diario manuscrito sobre la cama, abierto en una página reciente donde jamás recordaba haber escrito. “No escuches susurros”, decía con su propia letra temblorosa, “hay recuerdos que no quieren ser vistos”. El resto de la jornada fue un borrón de ansiedad. Decidió, finalmente, visitar a un terapeuta, el doctor Ricardo Vera, cuyo despacho era tan minimalista y ordenado que le provocaba angustia. En la tercera sesión, el doctor le propuso una técnica de recuperación de recuerdos a través de la hipnosis; Elena, agotada y derrotada, accedió.

Durante la regresión, imágenes invisibles emergieron. Un hombre de espaldas, la infancia y una puerta cerrada en su antigua casa. Una voz quedó clavada en su mente: “Recuerda solo lo necesario, Elena, no despiertes los fantasmas”. Al concluir, docenas de pequeñas memorias comenzaron a florecer con intensidad: noches de lluvia, el olor a pólvora, la mano áspera de su padre llevándola a una habitación sin ventanas, el crujir de piso bajo los pasos lentos de su madre. Se despertó con la respiración entrecortada y un sabor metálico en la lengua.

Esa misma noche, mientras cenaba, una llamada sin identificar hizo que el pasado se abalanzara: al otro lado, la mezcla extraña de su propia voz y la de su madre, distorsionada: “El verdadero enemigo viste tu piel”. Un escalofrío la recorrió. Buscó los viejos álbumes de fotos familiares y, con horror, notó que en cada imagen, reflejada en los espejos había una niña distinta, casi idéntica, pero con una expresión vacía, los ojos diluidos como manchas oscuras. Esa presencia en los reflejos era la misma que sentía frente al cristal; nunca estuvo sola.

Elena comprendió, entre palpitaciones y jadeos, que la fractura no era entre ella y el mundo, sino dentro de sí misma. Una grieta oscura, esa espiral de insomnio, le había robado algo y devuelto esa sombra subterránea: la porción de memoria que se niega a salir a la superficie. A partir de esa noche, la sombra comenzó a responder, ya no en sueños, sino en los minutos más callados, deslizándose bajo la piel, escribiendo con su mano mensajes que Elena leía con horror al amanecer, sabiendo al fin que nunca podría liberarse por completo de la verdad que su mente intentó protegerla: lo que ocultamos en la oscuridad puede, tarde o temprano, cruzar la puerta y quedarse.

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