1. Fragmento de la casa despierta, cinco y treinta y seis. La claridad flota, danza sobre una mesa barnizada. El agua en el vaso apenas tiembla. Afuera, los gorriones, adentro, el reloj gime. Todo permanece, nada espera. En el alféizar hay u...
Piezas de tiempo colgaban del techo cuando entré en la peluquería, como si alguien hubiese decidido que la gravedad era una sugerencia más que una ley. Dos sillas de barbero giraban solas en la penumbra, atadas a la pared con cadenas de caucho ag...
Murmullos. La voz de la radio a la hora en que el sol se derrite como cera vieja, recogiendo advertencias, listas incompletas de cosas extraviadas y nombres olvidados en ventanillas de trenes sucesivos. Jim fumaba frente a una persiana deshilachada:...
La silla, siempre movida un poco hacia la izquierda cuando entraba. Marta cree que es Lucas, pero Lucas no pisa ese cuarto desde abril, o eso dice. Hay un olor en la madera que no acaba de irse. No es humedad. Marta ha olido suficiente humedad para ...
I La luz de la mañana tiene un modo extraño de entrar en la cocina. Del gris al ámbar: un corte impreciso, movimiento vago sobre los objetos alineados. En la mesa, tres tazas, el azucarero, la mancha de café que nadie ha limpiado y un periódi...
Muy apreciado lector, permítame, antes de tirar la primera palabra sobre este lienzo despeinado, advertirle que está usted a punto de ingresar en una casa de espejos rotos y pasillos demasiado estrechos para el decoro narrativo, donde los hechos, ...
I. En la caja amarilla de zapatos, junto al fondo de armario donde duerme el abrigo raído de tu padre, reposan las lentejuelas que sobraron del disfraz de payaso. Un inventario incompleto: tres postales sin dirección, una cuenta bancaria cancela...
1. Un hombre observa cómo el aire del mediodía ondula en un patio vacío. La luz convierte el polvo en partículas antiguas. Piensa en la mujer a la que perdió y en la que podría encontrar; piensa, sobre todo, en los breves intervalos entre esas...
Nadie ve el rascacielos azul reflejado sobre el parabrisas. Nadie, quizás salvo aquel hombre encorvado que, treinta y dos minutos antes de que estalle la bomba, cambia de acera con un ligero temblor en la mano. Porque esa clase de vibraciones —la Leer más...
Se mira al espejo. No el novelista, ni el lector abriendo este libro (o petición, o lo que diablos sea este artefacto), sino yo: Laurence Sterne. No estoy seguro en qué polvorienta biblioteca, en qué biblioteca digital, en qué párrafo exactamen Leer más...
Nadie ve el rascacielos azul reflejado sobre el parabrisas. Nadie, quizás salvo aquel hombre encorvado que, treinta y dos minutos antes de que estalle la bomba, cambia de acera con un ligero temblor en la mano. Porque esa clase de vibraciones —la Leer más...
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