Fragmento:
La ciudad entera parece conspirar en contra de la memoria. Los carteles se superponen: farmacia, pizzería, se alquila. Imágenes cotidianas, frases fracturadas. Caminar equivale a recordar; cada esquina almacena una versión rota de lo que alguien fue. Un tren pasa lejos; los vagones lucen ventanas opacas, y a través de ellas solo se entrevé la posibilidad de otro inicio.
Duración: 04:13
1.
Un hombre observa cómo el aire del mediodía ondula en un patio vacío. La luz convierte el polvo en partículas antiguas. Piensa en la mujer a la que perdió y en la que podría encontrar; piensa, sobre todo, en los breves intervalos entre esas dos formas de vacío. El teléfono está apagado, la nevera emite un zumbido que parece flotar desde otra vida.
Hay un camión cruzando la calle. El hombre lo ve desde su ventana, tallando surcos de ruido sobre la imagen perfecta de la ciudad. Un insecto rodea el borde del vaso de agua junto al fregadero. A veces, todo lo que ocurre en un día parece ser preludio o eco.
2.
Elsa encuentra en una revista vieja la fotografía de una niña disfrazada de astronauta. Recuerda que de pequeña, antes de entender la gravedad, creía que el espacio era un charco negro donde todo flotaba suave. La niña de la foto podría ser ella o cualquier otra, eso no importa. El tiempo dispersa las identidades y, a veces, los sentimientos quedan atrapados en objetos que no nos pertenecen.
Sale del baño. Hay un mensaje sin abrir en su teléfono – número desconocido. Siente un impulso de mirar, pero resiste, como si retener la notificación fuera una forma de ordenar el caos, asignar un lugar a la incertidumbre.
3.
La ciudad entera parece conspirar en contra de la memoria. Los carteles se superponen: farmacia, pizzería, se alquila. Imágenes cotidianas, frases fracturadas. Caminar equivale a recordar; cada esquina almacena una versión rota de lo que alguien fue. Un tren pasa lejos; los vagones lucen ventanas opacas, y a través de ellas solo se entrevé la posibilidad de otro inicio.
4.
Él se sienta enfrente de ella en una cafetería – dos desconocidos con identidades recicladas. Intercambian frases sobre el clima, los precios, las series; nadie menciona el miedo, ni la fatiga sorda que gotea desde los noticiarios. Alguien deja caer una taza. Un niño mira fascinado los fragmentos en el suelo, convencido de que cada pedazo contiene una versión distinta de la misma taza.
Después, el hombre y la mujer caminarán juntos bajo un alero. Hablan de planes futuros, pero lo hacen en modo condicional. Ella piensa en la niña astronauta; él, en el camión cruzando, en el vaso solitario de su cocina.
5.
A veces hay retazos de algo parecido a la ternura: la mano rozando el abrigo antes de despedirse, un mensaje guardado en borradores. Elsa observa a través de una ventana empañada. Se imagina viviendo otra vida, en otra ciudad, usando otro nombre. Piensa: si los recuerdos pudieran ser reescritos, ¿elegiría otros?
El hombre, solo en su casa, hojea un libro viejo de química. Busca una palabra precisa que le explique por qué algunas cosas, al combinarse, pierden su propio significado. El teléfono sigue apagado.
6.
Hay sonidos de sirenas a lo lejos, interrumpiendo la apacible monotonía. Carteles ondean al viento, desfigurando y repitiendo las mismas consignas. En un banco, dos adolescentes se besan con ansiedad, como si el tiempo fuera una cosa tangible de la que hay que apoderarse rápido antes de que huya.
7.
No hay desenlace: apenas una suma de fragmentos, de gestos inconclusos y rutinas entrecruzadas. Lo esencial ocurre en las fisuras, en los pozos de silencio entre frase y frase. Una mujer trae el café en la cafetería, sonríe con una torpeza aprendida. Nadie pregunta nada verdadero.
8.
Por la noche, Elsa borra el mensaje sin abrir. No es importante. En la otra punta de la ciudad, el hombre deja correr el agua del grifo y se pregunta si ese sonido no será un mensaje, alguna forma cifrada de presencia. Piensa en la mujer de la cafetería: la sombra de ella en la mesa desierta, su risa breve suspendida en la luz artificial.
Las cosas no se unen. Tan solo se rozan y, por un instante, parecen crear un momento, una línea, antes de continuar cada una su deriva. La noche se instala en las calles y en las casas. Alguien duerme, alguien escribe, alguien espera una llamada que no llegará. Todo esto –las imágenes, los hechos mínimos, las voces entrecortadas– persiste, titilando, más allá de la comprensión.
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