I
La luz de la mañana tiene un modo extraño de entrar en la cocina. Del gris al ámbar: un corte impreciso, movimiento vago sobre los objetos alineados. En la mesa, tres tazas, el azucarero, la mancha de café que nadie ha limpiado y un periódico arrugado por las esquinas. De pronto, el teléfono suena y nadie lo atiende. La voz metálica de la grabadora: “Deje su mensaje después de la señal…”. Hay una pausa, y después el clic. El mundo repite su presencia mínima, cotidiana y disimulada, envuelto en rutinas apenas perceptibles.
II
Helena encuentra en el bolsillo de su abrigo una hoja de papel doblada en cuatro. No la recuerda, la abre despacio. Es una lista: cebollas, arroz, membrillos, algo que no puede descifrar. A un lado, una fecha tachada con gesto frenético. Le falta el aire un instante, cierra el papel, lo devuelve al bolsillo como si no hubiera existido. La rutina la empuja: dientes, zapatos, cafetera. Una mariposa muerta sobre el alféizar, la examina, busca señales de vida. Nada.
III
En otro piso, en otro barrio, Paul juega al borde de la cama deshecha. Sostiene firmemente un botón perdido, palpitante amuleto. Enciende la radio, una voz impostada pronuncia titulares y números. Piensa en el botón: ¿de dónde fue arrancado?, ¿por quién? Se pregunta si la cama volverá a estar lisa, si las sábanas tendrán algún día olor distinto.
IV
Una escalera. Pasos que resuenan en el hueco de la escalera, eco de un tacón diferente al tuyo. Te detienes, escuchas. Esas escaleras llevan a puertas iguales a la tuya, pero la pegatina de aquella vecina aún está intacta: “Silencio, niño duerme”. Un gato se desliza sinuoso, no se sabe si sube o baja.
V
En el vagón del metro, otra mujer saca un cuaderno y anota palabras dispersas: “paraguas, umbral, promesa, lámpara, cruzar”. Son fichas de un juego inventado; lo que escribe no son recuerdos, sino el esqueleto de recuerdos que tal vez nunca existieron. Levanta la vista del papel, ve su reflejo en la ventana, marcado por el paso de la ciudad oscura, fugaz.
VI
En una caja de madera, en un armario, un hombre guarda facturas ordenadas, cartas sin abrir, postales antiguas que no se atreve a mirar. Mira la fecha: “15 de marzo de 1984”. ¿Quién era entonces? La pregunta es un puñal sin filo. Hoy ha perdido otro calcetín, se ha manchado la camisa de vino y ha olvidado qué soñó la noche anterior.
VII
Un rumor en el patio, breves voces. Alguien tiende sábanas blancas, signo de que el día avanza. El viento derrumba la ropa, la historia se repite. Helena mira la mariposa, aún inmóvil, y piensa en lo que no hará. Piensa en la hoja de papel. Piensa en la voz grabada en el teléfono. Piensa en la posibilidad de poner la mesa aunque nadie venga.
VIII
Un perro ladra distante. Otro día comenzaba, piensa alguien sin rostro. Pasan los automóviles bajo las ventanas. Las persianas están a medio bajar. Una puerta se cierra. Alguien enumera objetos en silencio: tres vasos, dos platos, un reloj roto. Todo parece una espera, una promesa breve y rota que circula por los pasillos, sostenida apenas por instrumentos de la costumbre.
IX
Por la tarde, la ciudad es otra. Cambia el color de los semáforos y la aparición de las sombras en el asfalto. En una cafetería, alguien lee la nota de una agenda: “No olvidar leche y paciencia”. Siente que las palabras se disuelven rápidamente, que no hay una secuencia lógica entre las cosas, que todo es un mosaico de fragmentos, ruinas íntimas e irreparables. De ese desconcierto nace un pequeño placer: mirar por la ventana y aceptar que no hay relato completo, solo trozos de tiempo y deseo, dispersos, enumerados, sueltos.
X
Ya de noche, el viento trae olores lejanos. En una habitación se apaga la luz, en otra la mesa sigue puesta. La voz grabada de la contestadora suena una vez más, repitiendo su invitación al vacío. En alguna parte, Helena recuenta mentalmente la lista y se pregunta si la vida, al final, no consiste en ir tachando objetos a medida que se olvida para qué eran.
El resto son pasos, ventanas, papeles arrugados y mensajes sin responder. La narrativa se diluye, cada uno lleva en sus bolsillos algo que quizá nunca recuerde haber puesto allí.
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