Fragmento:
En la caja amarilla de zapatos, junto al fondo de armario donde duerme el abrigo raído de tu padre, reposan las lentejuelas que sobraron del disfraz de payaso. Un inventario incompleto: tres postales sin dirección, una cuenta bancaria cancelada, el eco del primer grito de tu hijo. Los objetos respiran un polvo que lo es todo menos antiguo; es el polvo de lo que no se ha dicho, de lo que no encajó en las frases a media voz de la cocina.
Duración: 04:47
I.
En la caja amarilla de zapatos, junto al fondo de armario donde duerme el abrigo raído de tu padre, reposan las lentejuelas que sobraron del disfraz de payaso. Un inventario incompleto: tres postales sin dirección, una cuenta bancaria cancelada, el eco del primer grito de tu hijo. Los objetos respiran un polvo que lo es todo menos antiguo; es el polvo de lo que no se ha dicho, de lo que no encajó en las frases a media voz de la cocina.
II.
Marta cruza la galería, cuenta los pasos: siempre once, nunca doce. La mancha de vino en la pared es un hemisferio, de un planeta sin nombre. Nadie le dijo que el marido no volvería, pero los armarios vacíos son más elocuentes que las cartas. Sumergida en la rutina de la plancha, mete la cabeza en vapor y notas recordatorias: comprar pan, ordenar fotos, recordar cómo sonreír.
III.
"¿Qué haces?", pregunta la madre desde el umbral, pero la pregunta flota entre dos habitaciones, nunca aterriza. El hijo garabatea un animal imposible en la pared, mitad rinoceronte, mitad orquídea, y dice “Estoy recordando a papá”. Hay algo definitivo en ese trazo torcido, el sí y el no de la infancia vaporosa; incrustado en la cal lo que no se quiere olvidar ni del todo recordar.
IV.
Bajo la mesa del comedor, los calcetines desparejados presentan su propia lógica: uno azul, uno a rayas, uno rojo encallado tras la pata. La madre recoge los hilos sueltos de un jersey, encuentra el botón de nácar que perdió haciendo la mudanza hace cuatro años. Nada se ha ido realmente. Las conversaciones delatadas en las huellas de la alfombra deben ser traducidas por quienes aún saben escuchar el idioma de los objetos.
V.
“Hoy tampoco ha llamado”. Nadie responde, pero la tetera canta un si bemol agitado. En la nota pegada al espejo: “No olvidar: devolver libro a Nuria”. En la tapa del libro una fecha y un nombre subrayados con rabia antigua. El reloj del pasillo insiste en las nueve y cuarto mientras los minutos se deslizan por las rendijas del parqué, donde una vez desapareció un anillo.
VI.
En la memoria, los domingos son siempre grises, aunque la fotografía del álbum muestra una claridad indecente. Tres niños, un triciclo, la risa congelada de la madre sorprendida de tener aún espacio entre los brazos para todos. Detrás, alguien que apenas se insinúa, su sombra alargada presagia la página no escrita.
VII.
El cartero entrega una carta sin reverso, un silencio postal. Abajo, en la acera, una mujer con abrigo rojo espera el ascensor. ¿Sube? ¿Baja? No se sabrá nunca. Su destino está suspendido entre plantas como la duda en que viven los recuerdos huérfanos. Hay posibilidades infinitas, pero sólo una se realiza, quedando las demás disueltas en el aire frío junto al portero automático.
VIII.
En el cajón del baño, el borde afilado de la hoja de afeitar refleja un rostro desmembrado: la sumatoria de cenas en soledad, de frases incompletas, de nombres anotados y tachados en la agenda. “¿Dónde puse las llaves?” se pregunta a gritos la mujer del abrigo rojo antes de abrir la puerta que da a la memoria colectiva del edificio.
IX.
En el parque, una niña arroja trozos de pan a palomas que nunca llegan. El banco vacío bordea la alegría de un domingo prematuro, los árboles miran para otro lado, cómplices de una espera. Debajo del banco alguien grabó con una navaja: “En esta madera se esconde el lunes”. Nadie se ha atrevido a buscarlo.
X.
Hay fragmentos de canciones en la ducha. Las notas reptan por los azulejos, inventan historias de amores imposibles, de tardes mejores en otros idiomas que también se han ido marchitando entre los labios. En el vapor, por un momento, los cuerpos vuelven a reunirse: el hombre, la mujer, los niños, quizá un perro. Pero solo por un momento: luego, la puerta se abre, la realidad entra con el frío, y todo se disipa en gotas sobre la toalla.
XI.
A las tres de la mañana, alguien enciende la luz del pasillo. Por debajo de la puerta, una línea dorada divide el sueño y la vigilia, el ayer y el ahora. Nadie recuerda ya quién ocupa el cuarto del fondo, ni por qué permanece cerrada la puerta. En la penumbra, flotan partículas de conversación mal acabadas —esbozos, apenas murmullos— el reducto final de un hogar.
XII.
Del cuaderno escondido entre las sábanas se desprende una hoja: “Inventario de lo que no se tira”, dice el título. Hay listas: nombres propios, direcciones, promesas, abrazos incumplidos, recibos de luz vencidos, esa fotografía donde casi nadie sonríe del todo, ese deseo que asoma y se escurre. Un inventario de ausencias, más real quizás que cualquier presencia.
XIII.
La última escena es incompleta: una puerta, un grifo que gotea, la sombra de un gato que se escurre bajo la mesa con la cola en alto. Afuera, la ciudad late un rumor de fonda cerrada. Adentro, cada objeto encuentra su eco: el vaso astillado, la cuchara que falta, el abrigo del padre. El relato termina como empezó, dejando que todo permanezca abierto, suspendido a medio camino entre el recuerdo y la invención, donde nada se asienta.
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