Murmullos. La voz de la radio a la hora en que el sol se derrite como cera vieja, recogiendo advertencias, listas incompletas de cosas extraviadas y nombres olvidados en ventanillas de trenes sucesivos. Jim fumaba frente a una persiana deshilachada: el humo formaba espirales que trepaban por la pintura descascarada y luego desaparecían como si nunca hubieran sido imaginados. La taza de café temblaba en su mano, herida pequeña en el pulso. Afuera, la ciudad zumbaba, cables eléctricos cruzando como arterias expuestas, las líneas de un animal inquieto bajo la piel de concreto.
En la mesa, una carta que no se atrevió a abrir durante tres días y que, para ese momento, olía a ropa guardada en demasía, silencio y humedad. El remitente: sólo un rastro de tinta corrida. Cada vez que miraba el sobre, algo debajo de su piel zumbaba, larva agazapada: otro idioma. Otra posibilidad.
En la radio cuchichean fragmentos. La voz de una mujer: “una multitud de rostros, nadie es dueño del silencio”. Jim cambió de estación, como quien tapa un espejo.
Las calles se doblan sobre sí mismas. Caminó recordando la mano pegajosa en la infancia, el aliento amargo: la vez que esperó bajo la lluvia, las luces de neón escribiendo jeroglíficos en el parabrisas de un taxi. Nadie más recordaba eso, tal vez nunca ocurrió.
Cruzó por donde la memoria se fractura; fragmentos de una conversación:
“¿Tienes cambio?”
“No me quedan más fragmentos de mí para repartir.”
“Las ventanas escuchan todo.”
Saltó de la banqueta a la nostalgia, de la nostalgia a la sospecha. Una mujer con sombrero azul le sonrió desde la otra acera, sus labios chorreando una risa que no le pertenecía.
Recordó aquel cuarto en Varsovia, el papel tapiz con manchas de humedad como constelaciones irónicas. El reloj detenido a las 2:33, las sombras de los cables proyectándose sobre su pecho. Cuerpos enrollados, humo de cigarro y el sonido insistente de una gota en la pila de la cocina.
Nunca fue suyo el reloj. Ni el cuarto. Parte de su vida era una traducción fallida, fragmentos pegados sobre la tela de la nostalgia.
Jim regresó a su mesa, la carta esperando aún a ser leída. Tomó la tijera oxidada. La radio susurra: “El tiempo es una noción prestada”.
Abrió el sobre: dentro, cinco palabras escritas con una caligrafía desconocida:
“Repite, repite, repite, repite, repite.”
Todo alrededor giró un poco más rápido, el cuarto se encogió y luego se estiró como si fuera de goma vieja.
Se acostó sobre la cama sin desvestirse. Las palabras giraban en la distancia, eco de motores que nunca se apagan, repitiéndose entre las grietas del techo.
Sueños pelados, ruinas de imágenes:
el tren sin rumbo,
una mujer de sombrero azul,
la gotera,
la risa de los espejos rotos,
la carta vacía llegándole otra vez, otra vez,
la voz de la radio diciendo:
“En el limbo, todos los días son ayer.”
Afuera, las luces parpadeaban como un código que nadie llegó a descifrar.
Jim se levantó y caminó hasta la ventana.
La ciudad insomne, fragmentada, estaba ahí aún.
Juraría oír la risa de alguien en el edificio de enfrente, pero nunca pudo estar seguro.
La carta quedó abierta sobre la mesa, esperando, mientras la radio seguía hablando en murmullos ocultos:
“Repite, repite, repite. Todo será devuelto en piezas pequeñas.”
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