La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nom...
La lluvia habÃa caÃdo toda la noche, incesante y morosa, dibujando surcos en el lodo del poblado. Allá, acurrucado bajo un alero desvencijado, se encontraba Édrik, con la capucha empapada cubriéndole el rostro y los dedos entumecidos por el frÃ...
En una ciudad donde la fiscalidad era cosa seria y los ladrones nunca mentÃan sobre sus ingresos, la vida se levantaba cada mañana justo un poco fuera de la legalidad, pero claramente dentro del margen concedido por la costumbre. Ralph era portero...
La puerta se cerró con más suavidad de la que pensaba. HabÃa dejado atrás el eco extenuante de las calles, el burbujeo tÃmido de la lluvia sobre los árboles. En el recibidor olÃa a lino húmedo y a cera de abejas, y una alfombra de nudos torp...
En la aldea de Beaulieu, donde los bosques se desgarran en claros de niebla y los senderos crujen bajo la escarcha matinal, los hombres caminan con los ojos bajos. El invierno llega pronto, clava sus colmillos en la madera húmeda y hace que el hamb...
El rocÃo aún no se habÃa evaporado cuando Stacha empujó la puerta de su choza. Ni rastro del sol, sólo un cielo gris e indiferente. Las nubes se agolpaban densas sobre los tejados; algunas llevaban dÃas sin moverse, como si el pueblo hubiera o...
HabÃa una bruma terca esa mañana, abrazando cada esquina de Berden, el pequeño burgo acurrucado entre colinas fatigadas y árboles raquÃticos que parecÃan rezar por un poco más de sol. La vida era un trueque perpetuo, y los inviernos como ese ...
Las montañas del norte sirvieron de frontera durante siglos. No una frontera de esa clase que los cartógrafos dibujan, no una raya que se rompe en triángulos bajo la lupa de los hombres de leyes. Sino la frontera que marca el miedo y el frÃo, el...
Domitila se levantaba cada mañana antes del alba, con los huesos rechinando en el frÃo que se colaba desde la laguna hasta su chabola de adobe. A menudo era la primera en poner los pies en la orilla húmeda, pisando la arena negra y desparramada d...
Era una noche que traÃa consigo el peso del invierno, y la bruma espesa descendÃa por las callejuelas de Gilead como una boca hambrienta. Entre las piedras húmedas y las ventanas enteladas, Rema avanzaba con sigilo, ocultando entre los pliegues d...
El cobre de su lámpara arañaba apenas la neblina del callejón. Donde las losas se confundÃan con la sombra, MarÃas sentÃa el temblor oculto de la ciudad, la respiración contenida entre ladrÃos saturados de agua y promesas de moho. HabÃa deja...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. SabÃa que al cruzar la esqu Leer más...
HabÃa una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. Leer más...
La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabÃan, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olÃa a vino Leer más...
Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oÃda en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios Leer más...
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupià Leer más...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. SabÃa que al cruzar la esqu Leer más...
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