Fragmento:
Había una bruma terca esa mañana, abrazando cada esquina de Berden, el pequeño burgo acurrucado entre colinas fatigadas y árboles raquíticos que parecían rezar por un poco más de sol. La vida era un trueque perpetuo, y los inviernos como ese hacían que cualquier ofrenda —un saco de nabos, una manta, media promesa de lealtad al corregidor— costara más cara que años atrás.
Duración: 04:34
Había una bruma terca esa mañana, abrazando cada esquina de Berden, el pequeño burgo acurrucado entre colinas fatigadas y árboles raquíticos que parecían rezar por un poco más de sol. La vida era un trueque perpetuo, y los inviernos como ese hacían que cualquier ofrenda —un saco de nabos, una manta, media promesa de lealtad al corregidor— costara más cara que años atrás.
Yskel levantó la recia madera de la trampilla, asomando la cabeza a la taberna aún desierta. El humo de la víspera seguía colgado en el techo, y el olor a cerveza rancia competía con el frío; dos adversarios empecinados. Yskel era menuda, aunque las manos, agrietadas y firmes, contaban una historia de días sin elección y noches sin sueños. Caminó con sigilo entre las mesas, recogiendo un cinto olvidado, una daga malenvainada, una moneda rechinante y marrón.
—Llegas temprano —gruñó Leron, el dueño, sacando un cuchillo para raspar el moho de un queso viejo—. Nadie espera a quien limpia el desorden de otros, ¿sabes?
—Lo sé, pero hoy vendrá la recaudadora. —La voz de Yskel apenas era viento.
Leron escupió en el suelo. La recaudadora. Una mujer enviada de la urbe más al sur, en nombre del Marqués, para cobrar impuestos y mangar el miedo de la gente sencilla. La última vez había dejado tras de sí una deuda y dos camas vacías. Sus ojos de lagarto le habían cortado las palabras a la mitad hasta a los más bocones de la villa.
El amanecer trajo consigo el retumbar de cascos. Dos hombres y ella, montando un caballo canelo, con abrigo de lana negra y botas altas. Cabellos recogidos en trenzas, piel donde el frío guardaba secretos. Yskel fue quien les sirvió el tazón de caldo, manteniendo baja la mirada. Nadie en Berden tenía várices de soberbia para enfrentarla con chispa en los ojos.
La recaudadora habló: —El Marqués perdona poco y recuerda mucho.
Silencio. En Berden, el aire era tan pesado a veces que uno sentía que la garganta se llenaba de piedras con cada aliento.
—No podemos pagarlo todo —masculló Leron, sin pedir permiso al miedo—. Se ha perdido cosecha, se han ido hombres. Quedamos gente y apenas comida.
Uno de los hombres de la recaudadora depositó un puño de anillos viejos en la mesa. No eran de oro ni plata; todos, anillos de cobre, alguno manchado de óxido, otros con la huella de haber estado largamente en un dedo. Yskel no tuvo que mirar de cerca para entender: cada uno correspondía a un ausente. Un hermano. Un esposo. Un hijo. La recaudadora los devolvía para que Berden recordase a quién perdió.
—El Marqués exige cuarenta sacos de grano y cinco cestos de raíces —dijo ella, bebió de la jarra, y con gesto preciso secó el borde—. Si cumplen, no habrá castigos extra. Si no…
Dio igual el “si no” no dicho. Todos conocían el olor del acero reciente, la medida sorda de un látigo.
La jornada siguió áspera. Los hombres de Berden se reunieron en el salón comunal, chalecos remendados, palabras quebradizas. Unos querían resistir, otros suplicar. Yskel, viendo el tablero de la vida, no era de los que jugaban por coraje, y ofreció una tercera vía: “Si compartimos el alimento de las bestias y lo rebajamos con agua, quizá… quizá demos la cantidad justa. Después, ya veremos.”
No era una solución, más un remiendo, pero en Berden hasta la idea de mañana se pagaba cara.
La recaudadora aceptó el compromiso: los sacos de grano, apenas llenos, revisados por su mano sin temblor. Cada mujer que los entregaba sentía escurrírsele un año de vida entre los dedos. Cuando el último saco salió de la villa, la recaudadora extrajo una pequeña bolsa, la arrojó a Leron.
—Por el alquiler de su hospitalidad. —Otra deuda para el burgo, que caería sobre alguno el próximo invierno.
Se marcharon poco después. El silencio que quedó era el de los cementerios: completo, inapelable.
Yskel esa noche caminó hasta la casa de su madre a través de una Berden exhausta y hambrienta. La niebla se había disipado; sólo quedaban los huesos del día, las cicatrices recientes sobre un pueblo al que nunca le llegaban las historias de reyes y dragones. Y pensó, sin esperanza ni desesperación, que a veces vivir era sólo sostenerse un día más, cuando todo lo demás parece abandonarte.
El frío no cedía, pero en la taberna Leron dejó el fuego encendido por unas horas más de lo habitual, un pequeño soborno contra la larga incertidumbre. Afuera, sobre la calzada, la primera nevada del año cubría las huellas, borrando las señales de cualquier redención.
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