Fragmento:
Era una noche que traía consigo el peso del invierno, y la bruma espesa descendía por las callejuelas de Gilead como una boca hambrienta. Entre las piedras húmedas y las ventanas enteladas, Rema avanzaba con sigilo, ocultando entre los pliegues de su capa aquello que había robado. No era oro ni una joya lo que llevaba—sólo una carta y, para Rema, la promesa de una libertad que no se atrevía ni a pronunciar. El campanario próximo marcó las once con el tono sordo de metal golpeado; cada campanada eran los latidos de su propia culpa, recordándole que Tralia, la ciudad de los condenados, no perdonaba a quienes quebraban su pacto en la sombra.
Duración: 03:09
Era una noche que traía consigo el peso del invierno, y la bruma espesa descendía por las callejuelas de Gilead como una boca hambrienta. Entre las piedras húmedas y las ventanas enteladas, Rema avanzaba con sigilo, ocultando entre los pliegues de su capa aquello que había robado. No era oro ni una joya lo que llevaba—sólo una carta y, para Rema, la promesa de una libertad que no se atrevía ni a pronunciar. El campanario próximo marcó las once con el tono sordo de metal golpeado; cada campanada eran los latidos de su propia culpa, recordándole que Tralia, la ciudad de los condenados, no perdonaba a quienes quebraban su pacto en la sombra.
En los zócalos de las casas se leían inscripciones gastadas por la lluvia, rezos o maldiciones que hablaban de un tiempo donde aún había esperanza. Ahora, cada farol alumbraba a duras penas rincones que ardían sólo de sospecha y miedo. Cuando Rema dobló la esquina de la Calle de la Seda, una figura surgió del recodo, envuelta en un abrigo militar, el rostro sombreado por una boina roja. Era Arel, antes su amigo, ahora el espía preferido del barón. El cruce de miradas fue seco y sin remordimientos. “No es tu asunto,” murmuró Rema, apretando la carta contra sus costillas.
Arel no asintió ni negó, sólo alzó la mano y en el lento gesto se leía la amenaza de la denuncia. “No eres la única con secretos”, dijo, “pero sí la única sin aliados.” Un trueno distante acompañó las palabras, y el aire olía a vapor y a óxido. Desde algún tejado un gato gritó, alguien tiró basura en un patio, y la ciudad—su ciudad—se retorcía sobre sí misma. Rema no se detuvo, sólo retrocedió un paso y giró, perdiéndose en la niebla, escuchando los pasos de Arel siguiéndola o simplemente el eco de los suyos propios rebotando contra las fachadas. No podía saberlo. Aquí nadie sabía nunca nada a ciencia cierta.
Más adelante, la posada de la Dama Gris filtraba una música mórbida, tan baja y arrastrada como el susurro de la lluvia. Tersio, el posadero, reconoció la prisa de Rema y no preguntó nada mientras la dejaba pasar. En la planta de arriba, una mujer esperaba junto a una lámpara apagada. Llevaba el cabello recogido y ojeras de semanas sin dormir. Sin mirarse, extendió la mano y Rema le dejó la carta. Por un momento, el tiempo tembló. “¿Lo has leído?”, preguntó la mujer. Rema dudó, luego negó. “No haría falta. Todos los rumores son ciertas, ¿verdad?”
La respuesta fue tan silenciosa como todo lo ocurrido en esa noche sin mitos. “No hay héroes. No hay monstruos. Sólo más calles y más secretos.” La mujer asintió y se perdió en la estancia, dejando la ventana abierta; la brisa helada agitaba el papel de la carta aún sin abrir. Rema descendió la escalera, cada peldaño tan duro e inapelable como el destino de quienes insistían en sobrevivir.
Fuera, la ciudad seguía respirando, coleccionando pecados y favores no pagados. El campanario silencioso y el paso de Arel fundiéndose en la neblina. No habría redención, sólo el alivio momentáneo de haber llegado a otro amanecer, furtivos y despiertos, en el interminable ocaso de Tralia.
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