Fragmento:
El tabernero, por supuesto, tampoco pregunta. Lleva decenios sirviendo comida aguada y cerveza tibia, aprendiendo a reconocer en los clientes la señal inconfundible de problemas que es mejor no saborear. Esta noche, sin embargo, algo distinto repta en el aire, una quietud demasiado afilada para ser sólo el invierno.
Duración: 05:21
La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nombre que conoces por el olor a humo y cuero mojado en las botas. Dentro, la lumbre apenas alumbra, pero nadie necesita ver más de la mitad de lo que ocurre.
En una mesa junto a la pared, una mujer de rostro pálido observa a los demás con la paciencia de quien ya ha esperado demasiado. Su copa aún contiene un poco de vino, girando en espiral con cada temblor mínimo de su mano. Se llama Iskra, o al menos así prefiere que la llamen aquí. Carga con el abrigo apagado de quienes aún recuerdan cómo vivir sin esperanza, y sin embargo en sus ojos hay un brillo recóndito, de vida preservada bajo toneladas de frío.
Junto a ella, un hombre enorme, inmóvil como una estatua. Su brazo izquierdo termina en una muñeca limpia donde falta la mano. Nadie le pregunta nada; nadie pregunta, en realidad, porque en el barrio uno aprende a aceptar las vidas rotas como parte de la escenografía. Él guarda silencio, y quizá agradece que lo hagan invisible con la cortesía de la costumbre.
El tabernero, por supuesto, tampoco pregunta. Lleva decenios sirviendo comida aguada y cerveza tibia, aprendiendo a reconocer en los clientes la señal inconfundible de problemas que es mejor no saborear. Esta noche, sin embargo, algo distinto repta en el aire, una quietud demasiado afilada para ser sólo el invierno.
La puerta se abre y una ráfaga de nieve impone un breve silencio; entra un joven, mal abrigado, con manos que tiemblan, pero no exactamente de frío. Su nombre, sabremos más tarde, es Roche. Trae algo bajo el abrigo, un bulto amorfo que todos notan pero nadie reconoce. Iskra alza apenas la vista y susurra algo a su compañero mutilado.
Roche cruza el local sin mirar a nadie, confiando en la ceguera fingida de los clientes, pero la atmósfera se tensa como la cuerda de un laúd bajo el peso de una canción que nadie quiere oír. Se detiene junto a la mesa y, sin preliminares, deja caer sobre la madera oscura un objeto envuelto en trapos. Los ojos de la taberna, movidos por una curiosidad visceral, se clavan en la mesa.
El objeto, al descubierto, es una piedra, pero no común. Irregular, de un color indefinido, parece absorber la débil luz, como si quisiera tragarse el fuego. Roche apenas susurra: “Con esto se compran las deudas, ¿no?”
Iskra la mira con una mezcla de alivio y recelo. El hombre sin mano aprieta los labios, soltando un gruñido sordo. La piedra, simple en apariencia, atraviesa el escudo de escepticismo práctico que protege a toda superviviente de la ciudad. Nadie se atreve a tocarla.
Se dice, en murmullos que sólo se oyen de madrugada, que ciertas piedras son más que simples rocas, que en el subsuelo de la ciudad late un recuerdo antiguo y problemático, y que quienes cargan objetos como ese acarrean también algo del peso de ese olvido. Los viejos del barrio saben que las deudas nunca se pagan con cosas fáciles de contar o pesar, y que lo que se entrega—sea piedra, carne o secreto—nunca es suficiente ni es sólo tuyo.
Iskra observa a Roche con atención, como si midiera en su historia la magnitud del riesgo. El joven no aparta la mirada, queriendo mostrarse más fuerte que el temblor de su cuerpo y el color liviano de la desesperación reciente. Iskra asiente, sólo una vez, y hace una pregunta terrible y pequeña: “¿A quién pertenece esto?”
Roche duda. “A los de abajo,” murmura. Nadie en la taberna necesita saber más, porque todos entienden a qué se refiere: a las viejas organizaciones, a la colecta invisible de quienes habitan las catacumbas y túneles, donde aún se celebra la miseria como un culto secreto. Nadie debe llevarse nada de abajo, ni siquiera el rumor de algo, y mucho menos un objeto.
El hombre mutilado pone su antebrazo sobre la piedra, sin tocarla pero reclamando la promesa de protección, sin que nadie circule ese acuerdo en palabras. El pacto implícito se carga en la taberna: la piedra se va con ellos, aunque todos perciban que el precio acabará pagándose también en los sueños y recuerdos de los que han visto demasiado. Durante un largo minuto, pesa más que la propia escarcha fuera, y los parroquianos no pueden beber, no pueden reír, sólo aguardan.
Cuando Iskra y su compañero se levantan, Roche tras ellos, el tabernero limpia la mesa con un trapito raído, esperando que el contacto lo libre de algún mal. Afuera, la nieve cae con renovado ímpetu, disolviendo huellas casi antes de que se formen. Detrás de la puerta, voces discrepan en la oscuridad; se negocian fragmentos de futuro a cambio de un pasado nunca confesado. Mientras los tres atraviesan callejones serpenteantes, cada sombra parece distinguir la piedra y juzgar a quien la lleva.
Esta noche, el peso de lo inexplicable promete seguir a quienes lo han tocado, pero la ciudad duerme tras su costra de silencio, esperando el siguiente temblor bajo la tierra. Nadie habla de lo que han visto, pero todos sienten que la deuda, como la escarcha, regresa siempre. Y así, el eco de la piedra reverbera por calles gastadas, dibujando erráticamente los nuevos caminos del deseo y el temor, mientras la noche, implacable, sigue cayendo.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.