En la aldea de Beaulieu, donde los bosques se desgarran en claros de niebla y los senderos crujen bajo la escarcha matinal, los hombres caminan con los ojos bajos. El invierno llega pronto, clava sus colmillos en la madera húmeda y hace que el hambre se abra paso entre las familias como una sombra hambrienta. Nadie habla de los desaparecidos con más palabras de las necesarias. Ni siquiera en la taberna de Huret, donde los secretos suelen derretirse en las copas de ron aguado.
Armand Valée se ganaba la vida como escribiente del alguacil o, más bien, la muerte, porque lo que mejor sabía hacer era registrar las pérdidas. A cada nombre anotado en sus grandes libros manchados de cera, se le pegaba una historia: la hija desvanecida con los castaños, el leñador que nunca regresó después de la tormenta, la anciana a la que seguían los perros pero nunca nadie más.
La víspera del Quinto Invierno, cuando el hielo helaba el aliento incluso en las casas de adobe, a la puerta de Armand llamaron tres golpes secos. Era Égide, el carcelero, alto y hundido en su abrigo de lana, que arrastraba el pasado como un segundo abrigo invisible. En sus palabras siempre anidaba un “quizás” que hacía sospechar a los niños de la aldea.
—Uno nuevo, —susurró Égide—. El cura. Ha desaparecido.
Se hizo un silencio corto; los ruidos de la noche se precipitaron entre ambos hombres, tan espesos como la escarcha fuera.
—¿Alguien vio algo? —preguntó Armand, aunque ya conocía la respuesta.
—En la iglesia, los cirios seguían encendidos —fue todo lo que el carcelero pudo aportar.
Así, ambos descendieron la colina hacia la vieja iglesia de piedra, que parecía más tumba que refugio. El interior olía a vino rancio, cera y, bajo todo, a un perfume más reciente y metálico: la sangre. Sobre el altar, entre páginas arrancadas de salmos, encontraron el pliego de sermones del cura, y un hilo oscuro que serpenteaba hasta la sacristía.
Allí, una pequeña puerta de roble cerraba la escalera al sótano, un lugar que hasta entonces ninguno de los dos había visitado. Égide sacó una llave de sus millares y, como buscando la cerradura adecuada en su propia memoria, la hizo girar. El chirrido rebotó en las murallas de piedra como un animal lastimero.
En el sótano, la luz de la linterna se quebraba contra decenas de espejos antiguos. Al principio, Armand sólo percibió reflejos: su cara alargada, el perfil ensombrecido de Égide, y detrás… una forma que no estaba entre ellos, ni tocando el suelo. Un movimiento falso, un instante en algo que parecía expectante.
Égide estudió el lugar con dureza; conocía demasiado de los hombres, y muy poco de sí mismo.
—Hace años, antes de ser carcelero, fui aprendiz aquí mismo. El cura anterior guardaba estos espejos. Decía que traían suerte, si se cubrían en las noches de luna nueva. Yo nunca entendí la razón.
Armand, siempre racional, siempre al filo de fe y escepticismo, se acercó a uno de los marcos. Vio su rostro, multiplicado en un abismo infinito por el reverso de los espejos. Y vio también—pero tampoco podría asegurarlo después—un par de ojos que no eran los suyos.
De pronto, la linterna tembló y el frío se hizo sapiente, como si alguien exhalara un invierno interior. Los espejos comenzaron, uno tras otro, a empañarse. Pero sólo uno permanecía claro, y en él, el cura miraba a ambos desde ese otro lado, con una mueca de súplica.
—No debemos mirar, —murmuró Égide—. Así empezaron a perderse los otros.
Demasiado tarde; Armand sentía ya el tirón invisible en el pecho, la certeza de que el frío venía ahora de dentro, de una parte de sí mismo que nunca había querido nombrar.
Subieron y cerraron la puerta con la sensación de que, en otro lugar, dejaban una franja rasgada de su alma. Cuando regresaron a la taberna, Armand anotó la desaparición del cura en el registro. Pero, cada noche desde entonces, veía en su vaso el reflejo de la pequeña puerta y, al fondo, la promesa de un lugar más allá del frío, donde acaso los desaparecidos aguardaban, eternamente expectantes, en la otra orilla del vidrio.
La escarcha persistió. El invierno siguió robando cuerpos y memorias. Y Armand entendió, demasiado tarde, que algunos registros nunca deben escribirse, porque al hacerlo no se salvan los nombres, sino que se los condena a vivir, atrapados para siempre, en el mundo gélido de las palabras no dichas y de los reflejos que nunca dejan de mirar.
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