Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
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Tras la puerta
Portada del relato Terracota y Agua Salada
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Fragmento:


Domitila se levantaba cada mañana antes del alba, con los huesos rechinando en el frío que se colaba desde la laguna hasta su chabola de adobe. A menudo era la primera en poner los pies en la orilla húmeda, pisando la arena negra y desparramada de objetos arrastrados por la corriente. Nadie recordaba, ni siquiera los más viejos, cuándo la laguna dejó de ofrecer sus peces, pero todos sabían que algo la vigilaba, algo muy humano y al mismo tiempo ajeno.

Duración: 03:08

Terracota y Agua Salada
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Domitila se levantaba cada mañana antes del alba, con los huesos rechinando en el frío que se colaba desde la laguna hasta su chabola de adobe. A menudo era la primera en poner los pies en la orilla húmeda, pisando la arena negra y desparramada de objetos arrastrados por la corriente. Nadie recordaba, ni siquiera los más viejos, cuándo la laguna dejó de ofrecer sus peces, pero todos sabían que algo la vigilaba, algo muy humano y al mismo tiempo ajeno.

El mercado se armaba poco a poco, con barricadas de canastos y mantas. Bajo la sombra del puente viejo, las mujeres reunidas vendían sal, hierbas recogidas en la ladera, o guijarros pulidos con formas inexplicables. Domitila no vendía nada. Solo buscaba entre el silencio y el rumor, entre miradas eludidas de quienes conocían su historia. Algunos decían que era bruja; otros, que hablaba con los espectros de la laguna. Ella misma no se atrevía a decir lo que escuchaba por las noches, cuando el aire parecía vibrar con nombres olvidados y promesas incumplidas.

Una madrugada, mientras recogía madera seca, Domitila tropezó con un objeto enlodado. Era un pequeño cuenco de cerámica, decorado con garabatos que semejaban olas o alas. Lo sostuvo entre las manos, y el frío le caló hasta los codos. Lo llevó consigo, presintiendo en ese gesto la gravedad de un ritual. Por la tarde, se lo mostró a la anciana Candelaria, quien, al verlo, cerró la boca en una línea austera. "Desde antes de que llegásemos aquí, los de la laguna daban cosas así. Para ver si somos dignos o si aún les tememos."

Domitila durmió esa noche con el cuenco junto a la cabeza. Soñó con brazos que surgían del agua, una mano pequeña y firme poniendo el objeto en sus palmas, y unas palabras en una lengua espesa: "Llénalo." Despertó sudando. El aire olía a sal seca, y la levedad de la bruma insinuaba que algo la esperaba sobre la superficie quieta. No fue difícil decidirse. Al alba, con pasos deliberados, descendió hasta la orilla.

Se inclinó y recogió agua. Bajo la piel, presentía los ojos invisibles de la laguna. Dolly, la niña que a veces la seguía en el mercado, la miraba desde lejos, con la incertidumbre de quien asiste a un sacramento desconocido. Domitila alzó el cuenco, vertiendo el agua sobre la raíz expuesta de un fresno. Esperó.

La respuesta llegó dos días después: hubieron huellas diminutas a lo largo de la arena, y los perros no se acercaban al árbol. Pero la noticia más grande fue que, en los puestos del mercado, las ristras de sal ya no se desplazaban con el viento, no silbaban las sombras entre las mantas. Un murmullo de alivio recorrió el pueblo.

Sin embargo, la vieja Candelaria advertía: "La laguna devuelve lo que no se nombra. El peligro nunca es evidente, Domitila. Lo has sosegado, por ahora. Pero solo por ahora." Domitila comprendió. Seguiría levantándose antes del alba, rastreando la orilla por fragmentos de barro, callando a veces, pero siempre escuchando. En el estado de vigilia, la magia era la costumbre, y la costumbre, la memoria, porque la laguna nunca olvida a quienes buscan significados en los residuos del silencio.

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