Fragmento:
No esperaba encontrarla allí, estacada bajo la cornisa de un comercio cerrado, con las manos envueltas en su capa trenzada de lana. Sabía que los amores de juventud son espejos rotos, pero cada añico retenía un reflejo peligroso. El cabello de Liv todavía bailaba luz roja bajo el farol gastado y sus ojos, oh sí, aquellos ojos no eran menos oscuros que el corredor.
Duración: 06:27
El cobre de su lámpara arañaba apenas la neblina del callejón. Donde las losas se confundían con la sombra, Marías sentía el temblor oculto de la ciudad, la respiración contenida entre ladríos saturados de agua y promesas de moho. Había dejado la posada de Akim bajo la amenaza de la lluvia, con el estómago medio lleno y el cinturón bien ajustado. La daga perdía el filo, pero la enfundó de todos modos: era un talismán más que un arma, y tal vez los dioses perdidos del sur aceptaran cualquier cosa a cambio de un poco de suerte.
No esperaba encontrarla allí, estacada bajo la cornisa de un comercio cerrado, con las manos envueltas en su capa trenzada de lana. Sabía que los amores de juventud son espejos rotos, pero cada añico retenía un reflejo peligroso. El cabello de Liv todavía bailaba luz roja bajo el farol gastado y sus ojos, oh sí, aquellos ojos no eran menos oscuros que el corredor.
—No sueles venir tan lejos de los muelles —su voz tenía esa aspereza de la sal, mezclada con cierta suavidad, como arena pulida entre los dedos—. ¿Buscas algo? O a alguien.
Marías mantuvo la cautela. —Trabajo. O, más precisamente, noticias de trabajo —respondió, dejando que la necesidad amargara su tono.
Liv rio, un sonido extraño, casi afilado. —Se han ido muchos, los que tenían algo que perder. Solo quedamos los supervivientes y los buitres —lanzó una mirada a la daga—. Yo pensaba, quizás, que estabas entre los últimos.
Marías negó con la cabeza, incapaz de decidir si la broma era un guiño o una advertencia. Liv se apartó de la cornisa y comenzó a caminar, como si no hubiera allí más que penumbra y un futuro líquido.
El distrito de los Fundidores era un laberinto de pasarelas y charcos brillando como acero fundido. Las persianas cerradas de las tiendas parecían párpados de cíclopes cansados, y los techos, una boca dispuesta a devorar a quien no cuidara sus pasos. A cada vuelta Marías sentía el rumor de otros caminantes, ecos de proyectos y amenazas, de hambre y promesas.
—Dicen que la duquesa paga monedas de bronce a quienes se atreven a buscar las raíces del templo viejo —dijo Liv. Se detuvo bajo una gárgola con musgo. El agua goteaba sobre su bota izquierda.
—También dicen que quienes entran no vuelven —murmuró Marías.
Liv le sostuvo la mirada. —Tal vez no quieren volver. Quizá encuentran algo mejor que esto.
La neblina apagó su sonrisa. Salieron juntos a la plaza de las Estatuas, lugar donde los puesteros de día se disputaban los restos del mercado y la autoridad del terrateniente se percibía solo en la ausencia de guardias. Una humedad densa empapaba el aire, y la estatua mutilada del antiguo rey parecía custodiar nada más que recuerdos partidos.
Allí, Liv se sentó sobre el pedestal, recogiendo las piernas como una niña. —Los trabajos decentes se han acabado. A la duquesa solo le queda rebuscar entre lo que otros han dejado sin tocar. Tú y yo, con nuestras historias… —hizo una pausa, remordida de duda—. ¿Aún tienes miedo a los muertos?
La pregunta era más directa que cualquier cuchillo. Marías desvió la vista, notando el sudor frío entre omóplatos y el tirón familiar de la memoria. Sabía, como todos en los Fundidores, que el templo viejo era más antiguo que la ciudad misma, que sus cimientos hurgaban la tierra como raíces ciegas, y que bajo la piedra y el barro se guardaba algo peor que cadáveres: secretos, pactos sellados bajo juramento de bronce. Y sin embargo, la necesidad empujaba más duro que el terror.
—Puedo acompañarte —dijo Liv—. Las sombras no siempre atacan de frente.
Ese era el primer pacto, y ambos sabían cuán frágiles eran las alianzas de la noche. Se adentraron por la calzada del Norte, allí donde el empedrado se desmoronaba y las casas replegaban ventanas como oraciones a medias. El olor a lixiviado, a grasa rancia y especias podridas, se mezclaba con un perfume más sutil y perverso: la leyenda del templo tenía su propio aroma, una promesa que envenenaba a quien la respiraba demasiado tiempo.
El acceso estaba custodiado solo por el viento. El portón de bronce tenía nuevas cicatrices, hongos verdes ascendían por sus bisagras y las aldabas eran garras de león, manchadas de óxido. Nadie los detuvo cuando Liv empujó la hoja pesada con un susurro de queja metálica. El interior mordió sus sentidos; el frío era físico, casi una mano sobre la boca.
Descendieron los escalones con el ritmo extraño de dos que quisieran alejarse y acercarse a la vez. Un altar devorado por la humedad y el olvido se alzaba al fondo de la nave; las columnas torcidas formaban a su alrededor un círculo desigual, y bajo cada una de ellas, la oscuridad jugaba a esconderse y aparecer según la dirección de la lámpara.
Liv enmudeció. Marías sintió el desgarro de lo imposible: bajo la losa del altar, el bronce estaba limpio. Librado de la humedad, brillaba con un resplandor propio, señalando un círculo de símbolos y viejas oraciones en una lengua que solo los sabios y los locos se atrevían a pronunciar. Nadie sabía ya qué decían, pero los grabados parecían retorcerse con la luz, anhelantes, recordando a quienes se asomaron sin permiso al umbral de lo prohibido.
—Aquí dejaron sus promesas los primeros fundidores —dijo Liv casi en un gemido.
Un silencio aplastante. La sospecha de que bajo sus pies el eco de viejas traiciones todavía respiraba. Marías avanzó, las manos temblando. Sintió, más que oyó, el latido: algo mecánico, antiguo, un corazón encapsulado en bronce.
—¿Pagarán lo suficiente para olvidar lo que hallamos? —susurró. Sabía que para la duquesa, el precio de la memoria era bajo, pero la de la conciencia podía ser más alta que ninguna bolsa de monedas.
Liv no respondió. Se sentó en cuclillas y miró a la nada. Afuera la ciudad seguía temblando, viva y sucia, ajena a los pactos y las sombras. Adentro, solo importaba el ahora: el hambre, la compañía imprevista, y la certeza de que ningún dios se asomaría a salvarlos de sí mismos.
En ese rincón donde el bronce no se oxidaba y la oscuridad era más densa que la propia noche, Marías comprendió aquello con lo que los fundidores habían sellado su destino: no hay promesas que duren, ni memoria que no se corrompa con el tiempo. Solo la necesidad persiste, vieja como el miedo, sorda como la lluvia. Y se preguntó, al fin, si acaso vivir demasiado no era también una forma de quedar atrapado para siempre, como un eco, entre las raíces y la penumbra.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.