Fragmento:
“¿Qué, buscando entre las piedras, Stacha?”, llegó su voz, áspera, cargada de esa hostilidad sorda que brota cuando la vida amontona demasiadas desgracias en un mismo pueblo. Stacha no respondió; ni siquiera alzó la vista. Aprendió hacía tiempo que la violencia nace igual de la palabra que del puño.
Duración: 05:32
El rocío aún no se había evaporado cuando Stacha empujó la puerta de su choza. Ni rastro del sol, sólo un cielo gris e indiferente. Las nubes se agolpaban densas sobre los tejados; algunas llevaban días sin moverse, como si el pueblo hubiera ofendido a los dioses con alguna mediocridad cotidiana. La verdad era, pensaba Stacha, que a nadie le importaban estos campos ni sus gentes. Él lo sabía tan bien como los demás, pero en la escarcha del alba eso dolía menos que el hambre.
Los surcos estaban duros, la helada había mordido la tierra durante la noche. Stacha buscaba patatas, los restos que quedaban tras la cosecha raquítica de aquel otoño. Nada que pudiera alimentar a un hombre con dignidad, pero suficiente para prolongar el siguiente día. A lo lejos, oyó el ladrido de un perro; después, el gruñido de un hombre, voz que conocía demasiado bien: Olgierd, el campesino del límite, más bestia que vecino.
“¿Qué, buscando entre las piedras, Stacha?”, llegó su voz, áspera, cargada de esa hostilidad sorda que brota cuando la vida amontona demasiadas desgracias en un mismo pueblo. Stacha no respondió; ni siquiera alzó la vista. Aprendió hacía tiempo que la violencia nace igual de la palabra que del puño.
Olgierd se acercó, escupió junto al montón de vainas secas que el pobre hombre había recolectado. “Eso es robo”, le espetó. Nadie poseía esas tierras, no realmente; no desde que la guerra cortó las líneas del viejo conde y la autoridad se perdió entre la niebla y los recuerdos. Pero Olgierd gustaba de reivindicar posesiones, como tantos otros en tiempos de desesperación. Stacha decidió no replicar; murmuró una disculpa y se alejó, los pies hundiéndose en el barro, los dedos ateridos apretando el saco de retazos.
Volvió al pueblo mientras la bruma devoraba los campos. Una docena de chozas maltrechas, gallinas rondando por techos hundidos, algún niño con la mirada hueca. La taberna era el único refugio contra el viento. Allí entró, esquivando las miradas de quienes, como él, habían perdido demasiado en los inviernos pasados. Solo Daria, la dueña, se arriesgó a mirar a Stacha con algo parecido a amabilidad.
Sacó dos de las menguadas patatas y las puso sobre la mesa. Daria lo observó, con ese cansancio de quien ve el trueque siempre inclinarse a su favor. “Tengo sopa,” dijo. “Sólo agua y puerro seco.” Stacha asintió, se encogió en su banco y dejó que el calor a medias del cuenco le devolviera una ilusión de vida.
En la esquina, un hombre desconocido jugaba con una moneda sobre la mesa. La hacía girar y girar, el contenido de sus ojos tan frío como el amanecer. Nadie preguntó quién era, pero todos lo miraban de soslayo, como si en él hubiera una promesa de problemas nuevos o, quizá, de esperanza si tenía la decencia de gastar siquiera una moneda más.
El forastero levantó el rostro. Señaló a Stacha. “Busco a alguien,” dijo sin afecto. “Dicen que tú conoces todos los caminos, viejo.” Daria resopló, cierto, Stacha había sido guía en tiempos mejores, allá cuando el mundo aún necesitaba de quienes pudieran moverse entre pantanos y bosques, lejos de los caminos vigilados por la guardia empeñada en cobrar impuestos a quienes nada tenían.
“¿A quién buscas?”, preguntó Stacha, la voz entumecida como el resto de su cuerpo.
“No es cuestión de nombres. Es hombre pequeño, cojea de una pierna. Dicen que viene aquí.”
Stacha sabía, entonces, de quién hablaba. Pocas cosas habían cambiado desde el último saqueo, pero los del pueblo tenían memoria, y uno de los suyos había buscado refugio tras una pelea en la taberna, herido y febril, la pierna torcida por una patada de mula o algo peor.
“No lo sé. Hace días que no lo veo.” Era mentira, pero mentir era tan vital como respirar en aquellos días.
El forastero le sostuvo la mirada un instante. Luego sonrió, como un perro que ya ha olfateado la mentira pero tiene hambre y tiempo de sobra. “Ten cuidado a quién ayudas”, dijo. “En estos tiempos, la caridad se paga cara.” Sacó una moneda más, la dejó en la mesa como carnada, y se marchó.
Silencio. Los demás fingieron no haber escuchado.
Esa noche, Stacha caminó hasta el granero abandonado. Allí, entre las vigas podridas, encontró a Marek —temblando de fiebre, la pierna envuelta en harapos. “No puedes quedarte más. Saben que estás aquí”, susurró. Marek le miró, los ojos más cansados que el de cualquier viejo. “¿A dónde voy a ir?”
Stacha no tenía respuestas, solo un trozo de pan duro y otra mentira para cuando volvieran las preguntas.
Al amanecer siguiente, encontraron la puerta del granero abierta, la paja revuelta. Nadie preguntó por Marek. Nadie preguntó nada nunca. La vida seguía su curso de silencio, hambre y tierra fría. El recuerdo del forastero, de las advertencias, de la moneda sobre la mesa, se fue desvaneciendo en la rutina cotidiana. Stacha lo comprendió: no hacía falta más que seguir vivos, aunque fuera a costa de los demás, porque la vida, en esos días, era sólo eso: resistir, aunque el alma se pudriera en el intento.
Nunca hubo héroes en los campos de ceniza. Solo hombres y mujeres que aprendieron a soportar el peso de sus propias decisiones como una segunda piel. En la última línea de la linde del pueblo, cuando el sol por fin rompió el gris de las nubes, Stacha pensó en cómo la compasión se había vuelto tan escasa y preciada como el pan, y cómo, al final, el precio de cualquier elección lo paga siempre quién menos puede afrontarlo.
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