En las costas frías del reino de Plenipol, donde los sauces lloraban tanto como los súbditos, se extendía un sistema de gobierno tan enredado y viscoso como el más antiguo de los pantanos. Gobernaba allí el excelentísimo Conde Basilio, de cabe...
Había una vez, en el país de los horarios flexibles, un gobierno tan ingenioso en sus métodos para hacer creer a todo el mundo que eran felices, que los ciudadanos solo se daban cuenta de su propio fastidio los lunes cada cuatro años, cuando, po...
En el centro de la vasta capital, un edificio resplandecía bajo mil luces, tan ocupado con sí mismo que parecía ignorar el polvo, la miseria y el tumulto que lo rodeaban. Era una colmena de mármoles, pasillos aterciopelados, y puertas de cedro r...
Era miércoles. Lo sabían los relojes de la plaza, las lágrimas sin razones vertidas en los cajones de los jubilados, y la sonrisa utilizada a medias por el Ministro de Asuntos Inaugurales. El clima, por razones obvias, permanecía indiferente, co...
Érase una vez en la excelsa nación de Adulonia, donde la hierba florecía por decreto, las nubes danzaban siguiendo partituras, y el pueblo, convencido por el rumor general, aplaudía incluso a la estatua del perro del primer ministro. Porque en A...
En algún recóndito rincón del Viejo Continente, lugar olvidado incluso por los mapas más generosos, yacía una nación prodigiosa llamada Clandenburgo. Llámesele así porque en ella aquello que debía permanecer oculto era siempre lo más visib...
En algún punto infinitamente improbable de la galaxia, existía un planeta extraordinariamente similar a la Tierra en casi todos los aspectos, salvo en uno fundamental: aquí, los políticos debían someterse a exámenes públicos de lógica y emp...
En la pálida mañana de un reino no muy distante, donde el sol titubeaba antes de rozar el horizonte, los ciudadanos habían aprendido el arte supremo de la satisfacción perpetua. Era un arte, se decía, incluso más valorado que la aritmética, la...
En una ciudad que lamía sus propias heridas con algarabía, los habitantes habían aprendido el arte supremo de mirarse en el reflejo de los escaparates sin jamás descifrar su imagen. La calle principal era el escenario de una procesión diaria de Leer más...
En una ciudad que lamía sus propias heridas con algarabía, los habitantes habían aprendido el arte supremo de mirarse en el reflejo de los escaparates sin jamás descifrar su imagen. La calle principal era el escenario de una procesión diaria de Leer más...
Se dice, y quien lo niegue sabrá de la ceguera voluntaria de la sociedad contemporánea, que la respetable Sociedad de Provechosos Inútiles se reunía todos los jueves en el vetusto salón de Willoughby, entre la indescriptible hedentina a cuero y Leer más...
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