Fragmento:
La noticia del día —copiosa como la niebla en las decisiones— describía una propuesta de transparencia universal: todo el mundo tendría acceso a las razones, miedos y conveniencias detrás de cada acción pública. El alcalde, que aspiraba a ser recordado por su indolencia metódica, la celebró con declaraciones tan blandas que ni los caracoles se molestaron en detenerse a escuchar. “Que todos sepan lo que nadie desea saber: he ahí el progreso”, dictaminó, y fue aplaudido por un batallón de periodistas armados con grabadoras apagadas.
Duración: 04:11
En la ciudad de Formol, donde las estatuas discutían entre sí a la medianoche y las farolas ignoraban cualquier súplica después de la una, vivía Don Jacinto, un hombre bajo, de barba seca y dignidad enjuta, cuya mayor pasión era contemplar la mañana descubriéndose a sí misma en titulares amarillos y columnas que parecían clavos en ataúdes intelectuales. Jacinto, después de todo, era subdirector de Obviedades en el diario más leído por quienes no podían o no querían leer otra cosa. Su vida desfilaría ante algún tribunal cósmico, creía él, como una fila de trajes grises explicando por qué preferían no destacar.
Cierta mañana —tibia y predecible como el menú del hospital— Don Jacinto se detuvo frente a la nueva estatua de la Plaza del Pan, erigida en honor al Desconocido Notorio, aquel que durante años había hablado sin decir nada y, por ello, logrado una reverencia popular inaudita. En la base, una inscripción tallada en bronce rezaba: “Por mantener la compostura mientras el mundo bailaba en llamas”. A Jacinto le pareció un resumen respetable de su propia carrera.
La noticia del día —copiosa como la niebla en las decisiones— describía una propuesta de transparencia universal: todo el mundo tendría acceso a las razones, miedos y conveniencias detrás de cada acción pública. El alcalde, que aspiraba a ser recordado por su indolencia metódica, la celebró con declaraciones tan blandas que ni los caracoles se molestaron en detenerse a escuchar. “Que todos sepan lo que nadie desea saber: he ahí el progreso”, dictaminó, y fue aplaudido por un batallón de periodistas armados con grabadoras apagadas.
No obstante, algunos ciudadanos estaban inquietos. Una mujer llamada Lucía —enérgica y temida, debido a su fe inquebrantable en la educación— organizó tertulias clandestinas en la trastienda de una librería donde los libros estaban sellados para evitar que los clientes se contaminaran con sus propias interpretaciones. Allí, hombres y mujeres se atrevían a preguntarse por qué la ciudad de Formol parecía perpetuamente dormida, incluso cuando se debatía alrededor del sueño mismo.
En una de esas reuniones se coló Don Jacinto, movido más por curiosidad autoinmune que por indignación real. Observó cómo los tertulianos relataban pequeñas obsesiones: la hipoteca del tiempo, la gentrificación de la memoria, la obesidad mórbida de las opiniones vertidas sin digerir. Uno de ellos, con voz entonces minúscula, osó hablar de la necesidad de una “mínima honestidad”, y la sala se estremeció como si acabara de irrumpir una manada de mastines en una exposición de jarrones chinos.
Esa noche, Jacinto decidió escribir una columna secreta, una confesión sin destinatario ni posibilidad de publicación, en la que relataba el éxodo masivo de las ideas hacia el desierto de los lugares comunes. Describió, sin compasión, la pasividad recubierta de civismo y la versión diluida de la ética, vendida en frascos con etiqueta de compromiso. “Evita sobresalir —anotó al final— y tendrás siempre compañía”.
Entretanto, la comisión de Transparencia Absoluta prosperaba. Los ciudadanos recibieron la inesperada bendición de saber que la corrupción era, en efecto, connatural, y los sobresaltos propios de quienes aún esperaban que la decencia cayera del cielo pasaron a ser síntomas de una enfermedad rara. La vida diaria comenzó a ser narrada como una miniserie de repeticiones: la indignación se dosificaba para los domingos, la generosidad se repartía en cuotas transparentes, y el amor… el amor se reservaba para las encuestas anónimas, donde decir la verdad era la mayor de las transgresiones.
Jacinto, testigo y cómplice, fue envejeciendo con dignidad y aburrimiento. Supo que jamás sería una estatua, pero tampoco una sombra. ¿No era eso, acaso, la mejor manera de sobrevivir en la casa donde nunca llueve, pero todo huele a humedad?
Cuando murió, nadie se atrevió a malinterpretar su epitafio. Quizás por eso, todavía hoy, entre las ruinas de lo previsible, hay quien jura oír a medianoche el eco de una pregunta sencilla, como una moneda aún sin cara ni cruz:
“¿Por qué, si esto lo sabemos todos, nadie se atreve a decirlo en voz alta?”
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