Fragmento:
En el metro, la multitud se empuja como si intentara deshacerse de sí misma. Miradas que no buscan ser devueltas. Auriculares, teléfonos, la cabeza agachada. Te sorprende pensar cómo todos saben que este ritual es absurdo, pero nadie dice nada. Mejor el silencio, piensas, porque si empiezas a enumerar lo que falla quizás no termines nunca y podrían confundirte con un loco o, peor aún, con alguien que todavía espera algo.
Duración: 04:22
Te despiertas con la boca llena de polvo. El sabor del lunes. Fuera, alguien grita el titular del día—un trabajo sustituido por una máquina, el alquiler de una vida pagadero en cuotas de resignación. Intentas sentarte, los resortes del colchón, cómo no, te saludan como amigos que nunca cambian, que siempre esperan más peso. En el techo, el círculo de humedad late como un ojo ciego, vigilante, justo encima de donde duermes.
Te vistes para la ocasión, como todos: un uniforme de resignación y alguna prenda con un agujero pequeño que juras arreglar algún sábado. La radio escupe la letanía de horrores: sube el pan, baja la dignidad, ese tipo de cotizaciones que nadie pone en las noticias, pero que sentimos bajo la piel. Caminas arrastrando los pies por el pasillo hasta la cocina, donde el café sabe a pasado, a lo que pudo haber sido. Las paredes, pálidas por la luz de neón, tienen grietas minúsculas; cicatrices de discusiones, risas huecas, promesas de que mañana será distinto.
En el metro, la multitud se empuja como si intentara deshacerse de sí misma. Miradas que no buscan ser devueltas. Auriculares, teléfonos, la cabeza agachada. Te sorprende pensar cómo todos saben que este ritual es absurdo, pero nadie dice nada. Mejor el silencio, piensas, porque si empiezas a enumerar lo que falla quizás no termines nunca y podrían confundirte con un loco o, peor aún, con alguien que todavía espera algo.
Vas a la oficina, ese limbo de cubículos alineados, donde las plantas plásticas parecen más vivas que los empleados. Un correo, un formulario, una llamada en la que finges ser útil. El jefe encarna el vértigo del sistema: nadie lo ha visto sonreír, pero todos conocen su firma en la nómina y la sensación gélida cuando se acerca demasiado. El aire acondicionado intenta esconder el olor rancio del miedo y la competencia, pero no lo consigue del todo.
En la pausa para el almuerzo, tres compañeros debaten sobre cuál influencer de vida artificial se ha hecho más rico. Cuchicheos sobre dividendos y aplicaciones milagro. Piensas en la cantidad de horas que invertiste en el colegio creyendo que esto era el premio. Quieres decir que nada de esto era lo prometido, pero muerdes tu sándwich y tragas la protesta junto a la lechuga mustia.
En el baño, el espejo muestra una cara ampliada por la fatiga—ojos como dos monedas gastadas. Juegas a imaginar quién serías si te atrevieras a caminar en la dirección opuesta, si juntaras todos los No y los gritaras en todas las bocas de metro, en todos los despachos, en cada tramo de acera. Pero en el bolsillo solo tienes las monedas suficientes para el pan de mañana. Y las facturas llegan con puntualidad quirúrgica.
Evitas el televisor por la noche. En su lugar, miras por la ventana los fuegos fatuos de la ciudad: taxis buscando pasajeros que buscan sentido, chimeneas como dedos que apuntan al futuro, basura apilada en las esquinas como pequeñas biografías comprimidas. Cada bolsa una historia. Te gusta pensar que algún día alguien escribirá la crónica de todo esto, de esta vida de fragmentos apilados, de la dignidad desmenuzada en cuotas iguales, de pequeños gestos de rebelión que apenas valen un guiño en la multitud.
Lees un mensaje que apenas entiendes, un meme con fondo de colores chillones y promesas de felicidad en tres pasos. Cierras el móvil. Repasas la lista mental de cosas pendientes y sueñas con la mejor forma de perder el tiempo. Mañana, te dices, vas a dejarlo todo. O el martes. O cuando arreglen el ascensor. Mientras tanto, sigues ahí, multiplicando excusas, esperando el momento exacto en que dejarás de tener hambre. Pero, secretamente, sabes la verdad: aquí nadie se desintegra de golpe. Aquí, todo ocurre a un ritmo tan lento, tan civilizado, que los remiendos son invisibles y los trozos que faltan, nadie los echa de menos.
La alarma suena de nuevo y el polvo se acumula en la comisura de tu boca. Un nuevo día. La misma batalla silenciosa que nunca sale en las noticias, pero que escribes, sin darte cuenta, en cada paso, cada sorbo de café amargo. La ciudad nunca duerme porque nunca está del todo despierta—y tú, sigues en el centro de tu propio manual para no desintegrarte, página a página, respirando apenas, esperando a que alguien recuerde decirte que aún existes.
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