En una ciudad que lamía sus propias heridas con algarabía, los habitantes habían aprendido el arte supremo de mirarse en el reflejo de los escaparates sin jamás descifrar su imagen. La calle principal era el escenario de una procesión diaria de rostros cansados, cada uno ataviado con una máscara de serenidad y una prisa minuciosamente orquestada. Las aceras, gastadas por el roce de miles de zapatos impacientes, parecían crujir en protesta muda contra el peso de tantas existencias sin rumbo. Nadie se conocía realmente, ni siquiera a sí mismo, pero la costumbre de intercambiar gestos educados tejía una red de aparente civilidad donde el olvido se sentía glorioso.
Entre estos fantasmas rutinarios, destacaba la figura del señor Alcedo, comerciante de reputación inmaculada. Su tienda, famosa por ofrecer productos que prometían resolver necesidades que nadie había formulado jamás, era un templo al consumo de lo innecesario. Alcedo había aprendido, muy joven, que la mejor estrategia de supervivencia era venderle al prójimo el sueño de una vida mejor, aunque él mismo viviera en constante insomnio. Un día, mientras ordenaba unas cajas de espejuelos mágicos —objetos cuyo valor intrínseco consistía en halagar la vanidad del comprador—, entró la señora Dávila, con el rostro crispado por alguna inquietud naciente.
—Buenos días, don Alcedo. Me han dicho que aquí uno puede encontrar soluciones y, al parecer, ya nadie espera eso en ninguna parte— empezó ella, con una sonrisa de sombra.
Alcedo, moviendo los labios como un charlatán experimentado, se apresuró a mostrarle sus mercancías más recientes: frascos de esperanza líquida, pañuelos para borrar remordimientos y una caja de identidades portátiles. Señora Dávila, indecisa, recorrió con la mirada aquellos trofeos de la desilusión e, impulsada por el rumor de su propia insatisfacción, compró el espejo más caro, ese que prometía revelar al usuario su mejor versión. Pocos minutos después, de camino a casa, la mujer no pudo resistir la tentación y miró su reflejo. Lo que vio no le complació: una figura correcta, opaca, aferrada a ambiciones que nunca le pertenecieron.
Esa noche, en la sala de estar, escuchó el zumbido ahogado de las noticias —esos cánticos hipnóticos sobre los triunfos de la ciudad, el civismo de sus gentes y la inquebrantable moral de los administradores públicos— e intentó encontrar alguna grieta en las palabras para atravesar con su cansancio. Fracasó. Su marido, otra víctima del automatismo social, roncaba dulcemente, ajeno a la fatiga de vivir bajo las reglas de una ética disecada.
Durante los días siguientes, el espejo ejerció sobre la señora Dávila un influjo feroz. Cada mañana, antes de enfrentar la jornada, posaba su mirada en la superficie pulida, rogando encontrarse menos mediocre, menos sumisa, menos alienada. Pero el vidrio le devolvía siempre la misma mueca, acentuada por la sospecha de que el verdadero crimen era fingir satisfacción en un mundo que lo exige como deber moral. Pronto, otros ciudadanos corrieron la voz sobre el prodigio de los espejos del señor Alcedo, y por las noches se formaban colas frente a su tienda. Nadie quería quedarse afuera de la última gran tendencia: descubrir, por fin, que todos eran igualmente desgraciados.
De repente, la ciudad entera quedó invadida por una epidemia de sinceridad involuntaria. Empleados derrumbados en las oficinas, madres lamentando el hastío de criar hijos sin esperanzas, políticos incapaces de sostener promesas sin tartamudear. Los habitantes hicieron lo único que supieron: acudieron en masa a las autoridades exigiendo restitución de su antiguo reflejo, ese que no los hería con la verdad de sus propias renuncias. Los alcaldes, alarmados, introdujeron una ordenanza: se prohibió la venta de todo objeto capaz de mostrar el alma, so pena de ostracismo.
El señor Alcedo, improvisando sobre la marcha, comenzó a comercializar vendas para los ojos y linternas que sólo proyectaban sombras agradables en las paredes. Pronto, la ciudad recuperó esa calma trágica que había aprendido a venerar. La gente dejó de mirarse, y, en consecuencia, dejó de verse. En las noches, la señora Dávila besa a su esposo con fingido amor, apaga la televisión y sueña con el día en que un espejo, aunque sea por error, le devuelva una desconocida y le permita, al fin, abandonarse en otra vida menos cuidadosamente resignada.
Pero eso —susurran los pocos que aún recuerdan— ni siquiera es necesario. Basta con cerrar los ojos y vivir como todos: creyendo que el brillo del escaparate es, efectivamente, la única luz de la existencia.
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