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Fragmento:


La noche apretaba sobre la ciudad como una corbata mal ajustada; totalmente ajena, indiferente, pero sin dejar nunca de apretar. Bajo la pálida luz de los semáforos intermitentes, un puñado de sombras bien vestidas trepaban la escalinata de mármol del Club de Ciudadanos Responsables, una institución tan venerable como irrelevante, armada de sábanas de buenas intenciones planchadas con el apresto de la impostura. Allí, cada jueves, los miembros más exitosamente adaptados del sistema se reunían para degustar una cena que costaba el salario de una semana de cualquier trabajador del metro y, más importante aún, para hablar sobre la urgente necesidad de hacer algo, aunque fuese nada.

Duración: 03:36

La cena de los ausentes
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La noche apretaba sobre la ciudad como una corbata mal ajustada; totalmente ajena, indiferente, pero sin dejar nunca de apretar. Bajo la pálida luz de los semáforos intermitentes, un puñado de sombras bien vestidas trepaban la escalinata de mármol del Club de Ciudadanos Responsables, una institución tan venerable como irrelevante, armada de sábanas de buenas intenciones planchadas con el apresto de la impostura. Allí, cada jueves, los miembros más exitosamente adaptados del sistema se reunían para degustar una cena que costaba el salario de una semana de cualquier trabajador del metro y, más importante aún, para hablar sobre la urgente necesidad de hacer algo, aunque fuese nada.

Dentro, el salón brillaba con el reflejo de las copas de cristal y los dientes blanqueados, mientras una camarera joven y cansada —insignificante a los ojos de los comensales— rellenaba copas vacías sin llegar a conocer nunca el verdadero sabor de lo que vertía. El menú era variado en nombres y exiguo en imaginación: platos con aderezo de conciencia tranquila y postre de autocomplacencia. Los invitados saboreaban cada bocado de supremacía con el tenedor en una mano y la moral en la otra.

Alguien levantó la voz: “Algo habrá que hacer con los jóvenes que duermen en la plaza.” Todos asintieron, moviendo sus cabezas con tanta energía que podría haberse generado toda la energía eléctrica de la ciudad durante un minuto entero. Había consenso en la necesidad de una campaña de sensibilización; se barajó la creación de un hashtag noble y digno, que por supuesto nadie usaría después de la segunda semana. Se propuso —generosa de sí misma— una donación de abrigos viejos, lo cual sirvió para limpiar armarios y conciencias con igual eficacia.

En la mesa de al lado, una señora de pelo perfectamente rígido recordaba con emoción la vez que adoptó un árbol a través de la página web de una empresa ubicada a miles de kilómetros: “Fue tan satisfactorio recibir las fotos mensuales”, confesó entre risitas, “aunque confieso que no entiendo muy bien para qué sirve. Pero se ve bonito en mi perfil”. Frente a ella, un banquero que escribía ocasionalmente columnas de opinión para un diario progresista, reflexionaba sobre la cantidad de libros recién comprados para decorar su despacho, todos sobre temas de enorme relevancia social, todos intactos.

La conversación giraba en torno a la palabra “comunidad”, aunque ninguno recordaba la última vez que conversó con quien hacía la limpieza de sus portales. Pululaba la ilusión del cambio, tan etérea e intangible como los discursos de fin de año del jefe de estado. Sin embargo, hasta la más anodina de las asambleas necesita su pequeño conflicto: alguien, con demasiada sinceridad o con algún trago de más, se atrevió a preguntar si no era hipócrita disfrutar tanto del sistema mientras se simulaba querer cambiarlo.

El silencio cayó como cuchillo en mantequilla caliente. Las miradas cruzaron la mesa de manera incómoda, como si buscaran en los ojos ajenos el coraje para confesar una verdad que nadie quería oír en voz alta. Por fin, un notario jubilado —experto en firmar sin leer— resolvió la tensión con un brindis por el esfuerzo colectivo. Las copas tintinearon alegres, sonando a hueco.

Aquella noche, al salir, ninguno miró al hombre que dormía en el banco frente al club, bajo cartones que todavía llevaban impresos lemas de campañas benéficas de años pasados. Cada cual se fue a su hogar con la sensación de haber cumplido con su deber cívico, seguros de que el mundo estaba, por fin, un poco mejor. Y a la mañana siguiente, la ciudad volvió a apretarse su corbata, unos lazos más indolente, otro día más difícil de respirar.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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