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Portada del relato La Balanza del Sastre Ciego
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Fragmento:


Un día, en medio de esa rutina que confundía la compostura con la virtud, llegó a la ciudad un vagabundo. Nadie supo su nombre, aunque muchos aseguraron haberlo reconocido en otros desórdenes, en otras caídas. El vagabundo traía consigo un saco raído y una risa impertinente que usó para pedir limosna, pero también, cosa imperdonable, para mirar a la gente a los ojos. El primer sobresalto se produjo cuando saludó efusivamente al alcalde, deteniéndolo frente a la estatua del Digno. El edil, amante de los discursos vacíos y de las promesas embalsamadas, no supo cómo devolver el saludo sin dejar escapar su desprecio –y eso era, en Plutomares, un peligroso acto de sinceridad.

Duración: 04:28

La Balanza del Sastre Ciego
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En la ciudad de Plutomares, ilustre por sus relojes que marcaban la misma hora sin detenerse jamás, amaneció un día repleto de serenidad artificial. El sol, que apenas se atrevía a mirar el empedrado pulcro, rayaba los balcones entoldados tras las persianas cerradas de quienes, por costumbre y decoro, solo respiraban cuando alguien los miraba. No era la virtud la que los mantenía en ese estado de existencias pulidas, sino el pudor cultivado del egoísmo. En Plutomares, el escándalo más grave era la sinceridad y el crimen de mayor condena, la duda. La prensa entonaba cada mañana la letanía de buenas obras de los mercaderes venerables, de las doncellas caritativas, de los políticos sobrios; pero nadie leía el periódico.

En una esquina se levantaba la estatua del Digno. A pesar de que el bronce empezaba a desteñirse bajo la lluvia de los cumplidos, nadie recordaba ya a quién representaba. Los paseantes a veces se detenían ante el pedestal –no por homenaje, sino por miedo a que no hacerlo los excluyera de alguna lista de buenos ciudadanos. La vida en Plutomares era una procesión interminable de pequeños rituales cívicos: donaciones públicas acompañadas de certámenes privados de mezquindad, ayunos convocados por el obispo y opíparos banquetes celebrados por quienes rezaban en la primera fila. En ese lugar, la única pobreza tolerada era la del alma; la única miseria, la de quienes exponían el engaño.

Un día, en medio de esa rutina que confundía la compostura con la virtud, llegó a la ciudad un vagabundo. Nadie supo su nombre, aunque muchos aseguraron haberlo reconocido en otros desórdenes, en otras caídas. El vagabundo traía consigo un saco raído y una risa impertinente que usó para pedir limosna, pero también, cosa imperdonable, para mirar a la gente a los ojos. El primer sobresalto se produjo cuando saludó efusivamente al alcalde, deteniéndolo frente a la estatua del Digno. El edil, amante de los discursos vacíos y de las promesas embalsamadas, no supo cómo devolver el saludo sin dejar escapar su desprecio –y eso era, en Plutomares, un peligroso acto de sinceridad.

Los comerciantes cruzaban la plaza con la cabeza gacha, acelerando el paso para no toparse con ese forastero. Y sin embargo, una inquietud nueva, una comezón que no podían rascar sin ensuciar sus reputaciones, recorría la ciudad. Los niños preguntaban por qué el hombre no tenía casa; las madres respondían con parábolas sobre la pereza y la mala fortuna. Los ancianos, sentados tras las ventanas, recordaban antiguas historias de expulsados y penitentes, y sentían en secreto una nostalgia grasa por esos tiempos en que la apariencia no los encadenaba aún del todo.

Al segundo día, el vagabundo recorrió el mercado. Observó cómo los mendigos eran apartados a escobazos de las puertas de las iglesias, cómo los pesos de las balanzas se inclinaban generosamente al bolsillo del tendero. Parado frente a una charcutería, fue testigo de una asamblea de rostros dignos: discutían la conveniencia de enjaular a los perros callejeros para mantener la decencia del vecindario. Nadie sugirió alimentar a los perros. Nadie, salvo el vagabundo, que preguntó con gravedad si la decencia era una cuestión de hambre o de higiene.

La pregunta reverberó en la ciudad como los ecos de una blasfemia. Los comerciantes dejaron de fiar esa tarde. Las damas caritativas pospusieron su té. El alcalde convocó, entre susurros, una sesión extraordinaria del Concejo. “Plutomares debe proteger su imagen”, declaró: “en situaciones excepcionales, es preferible despilfarrar la caridad que perder la compostura.” Y así, ordenaron a los gendarmes que expulsaran al forastero con discreción, depositándolo en los lindes del pueblo, no sin antes retratarse entregándole una cesta de miga y promesas; la fotografía apareció en la portada del periódico, el único día que todos leyeron el periódico.

El vagabundo se fue, o eso aseguraron. Sin embargo, en las noches sucesivas, cuando el viento azotaba las contraventanas y sólo los más pobres andaban a la intemperie, muchos juraron ver en los charcos de la plaza el reflejo sonriente de un hombre de saco raído. Otros sostuvieron que era el mismo Digno bajando del pedestal, ávido de pasear entre quienes alguna vez fueron capaces de mirar y ver. Nadie se atrevió a preguntar en voz alta si el hambre y el frío seguían, si los perros continuaban sueltos o si las balanzas aún pesaban diferente de un lado que del otro.

Plutomares, desde entonces, amaneció cada mañana con sus relojes tan exactos como su silencio.

FIN.

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