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Portada del relato El reloj de los sueños
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Fragmento:


En las esquinas, los viejos hablaban consigo mismos. Sus voces eran huecas, dientes de madera mordiendo el aire helado de la mañana. Habían aprendido a desaparecer sin moverse, envueltos en periódicos amarillentos o bufandas heredadas de guerras que nadie recordaba. Su sabiduría era inútil, sepultada bajo sucesivas capas de indiferencia. Los jóvenes, en cambio, deslizaban el dedo sobre pequeños espejos luminosos; miraban su reflejo azul y lejano, esperando que la vida ocurriera en otra parte, siempre en otra parte.

Duración: 05:14

El reloj de los sueños
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La ciudad respiraba como una bestia dormida, sus pulmones metálicos llenos del humo que hacía vibrar a sus habitantes hasta convertirlos en meras sombras. Era una mañana que nadie recordaría. Las fachadas de las casas, idénticas en su cansancio, parecían musitar a los transeúntes una letanía de advertencias, pero nadie escuchaba. Nadie tenía oídos para el murmullo de los ladrillos o las grietas que se extendían, despacio, en un intento silencioso de libertad. La gente andaba, encorvada, sin mirar a los lados, atrapada en el ritmo casi militar de sus pasos, sincronizados por los semáforos y los relojes de pulsera.

En las esquinas, los viejos hablaban consigo mismos. Sus voces eran huecas, dientes de madera mordiendo el aire helado de la mañana. Habían aprendido a desaparecer sin moverse, envueltos en periódicos amarillentos o bufandas heredadas de guerras que nadie recordaba. Su sabiduría era inútil, sepultada bajo sucesivas capas de indiferencia. Los jóvenes, en cambio, deslizaban el dedo sobre pequeños espejos luminosos; miraban su reflejo azul y lejano, esperando que la vida ocurriera en otra parte, siempre en otra parte.

A lo largo de la avenida principal, carteles grandes y sombríos ofrecían soluciones: "Sé tú mismo", "La felicidad está al alcance de tu mano", "Tu mejor versión empieza hoy". En cada paso, una promesa de redención. La gente pasaba, apenas notando los ojos que los observaban desde las alturas, ojos de neón que no pestañeaban nunca. Siempre vigilantes, siempre esperando que alguien creyese de verdad en la salvación que vendían.

El gobierno, invisible pero omnipresente, había conseguido su mejor hazaña: convertir la voluntad en hábito y el hábito en resignación. Nadie protestaba, porque protestar era inútil y, sobre todo, inconveniente. Había un suave terror en el aire, algo tan habitual que era difícil distinguirlo del cansancio. ¿Quién podía rebelarse cuando era necesario levantarse temprano, firmar, sonreír y reprimir cualquier pensamiento ajeno al ciclo de trabajo y consumo?

Un hombre, el señor Alban, caminaba por la ciudad. Era una figura anodina, opacada por décadas de disciplina y autocensura. Alban solía recordar días más limpios y cielos menos densos, pero esas memorias eran cada vez más etéreas, como fragmentos de un sueño ajeno. Trabajaba en una oficina, donde su tarea consistía en trasladar números de una columna a otra, día tras día. Nadie sabía muy bien qué significaban esos números. Nadie preguntaba. Alban había intentado preguntar una vez, pero todos lo miraron con lástima y un poco de miedo. Luego aprendió a callar, como todos los demás.

En la hora del almuerzo, Alban atravesaba el parque central. Los árboles estaban recubiertos de una fina capa de polvo. Los pájaros, si los había, nunca cantaban. Vio a una mujer sentada en un banco, leyendo, pero no un libro: leía un listado de instrucciones de uso para algún aparato doméstico. Sus ojos se deslizaban por la página con devoción religiosa, como si buscara ahí un secreto vital o al menos una distracción del sonido monocorde de la ciudad.

Alban se sentó a su lado, ambos inmóviles, reflejos pálidos de seres humanos. “¿Sabe usted qué día es hoy?”, se atrevió a preguntar, no por interés real, sino por quebrar el silencio que pesaba sobre el mundo. La mujer lo miró con extrañeza, como si no entendiera el idioma, y luego volvió a sus instrucciones.

A su alrededor, los altavoces ocultos en los pilares del parque emitían una voz suave y repetitiva: “La seguridad es nuestra prioridad. Todo va bien. La ciudad cuida de usted.” Era un mantra que precedía a cada anuncio oficial y que la gente ya no oía conscientemente, como el ruido de fondo del corazón. Sin embargo, cada mensaje reforzaba los muros de la jaula invisible en la que vivían.

En la noche, las calles se vaciaban con una puntualidad casi patológica. La oscuridad era un espacio temido y respetado, no por lo que pudiera contener, sino porque era el único momento en que las máscaras caían, en que cada uno podía mirar su reflejo en los ventanales y preguntarse en voz baja quién era. Nadie respondía.

Alban, en su pequeño apartamento, encendió la televisión. La pantalla mostraba las mismas caras, los mismos gestos, las mismas noticias, idénticas a las del día anterior y a las de mañana. “Hoy hemos avanzado un paso más”, decía el presentador. “Hoy hemos hecho lo correcto.” Nadie sabía muy bien a qué progreso se referían, pero todos asentían en sus casas, agradecidos de no tener que pensar demasiado.

En la penumbra, Alban abrió un cartapacio polvoriento donde guardaba cartas antiguas, mapas arrugados, fotografías en blanco y negro. Era su único acto de rebelión: recordar. Recordar que una vez el aire había olido a tierra mojada. Que las conversaciones no eran sólo repeticiones. Que el futuro era un lugar desconocido, aterrador y brillante, y no solo una larga repetición del presente.

El reloj marcó las doce. Al otro lado del muro, alguien lloró en silencio.

Y la bestia de la ciudad siguió respirando, soñando con el día —quizás imposible— en que todos al fin recordarían cómo despertar.

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